112. El Regreso… (3) 28 mayo 2009
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Algún fin de semana de mediados de marzo de 2008.
Seguíamos bailando y charlando con El Lento, pero no pasaba nada. Me cansé de esperarlo y me fui a bailar con mis amigas, pero él andaba por ahí, con los suyos. Cada tanto pasaba y me hacía algún comentario y volvía a irse. Un buen rato más tarde volvió y seguimos hablando un rato. Nos fuimos a sentar juntos a un silloncito. Hablamos de la vida de cada uno, de lo que es vivir solo, hasta me mostró fotos de su gato, y yo de la mía. Ya estaba empezando a hartarme de tanto blablabla. Me le quedé mirando fijamente, entre los ojos, y nada. Me acerqué un poco… y nada. No había caso, definitivamente era un Lento. Y cuando estaba a punto de levantarme e irme, me agarró de la mano y me dió un beso. Al fin! Era un beso suavecito, casi tímido, se podría decir. Estuvimos besándonos un rato hasta que le dije que me tenía que ir, al otro día como siempre (bah, en un rato…) me tenía que ir a trabajar. Se ofreció a acompañarme y se lo agradecí. Después de lo que había pasado la semana anterior casi que me daba un poco de miedo volver sola a casa. Durante el camino le conté un poco la historia del enfermito. Tuve que hacerlo cuando sin darme cuenta de lo que decía, le estaba hablando del terror que me daba encontrarme con un auto blanco en la puerta de mi casa. Y así, charlando y caminando, llegamos hasta la esquina de mi casa. Era una noche fresca, todavía no amanecía. Cuando cruzamos la calle y nos aproximamos a la puerta sentí que de golpe empezaba a faltarme el aire. Ahí, a dos pasitos adelante mío, el maldito auto blanco. Sentí que se me aflojaban las rodillas y la angustia se apoderaba de mí. Me agarré de el como pude y a las puteadas, como podía, llegué hasta la puerta de mi casa. Casi sin poder hablar me senté en los escaloncitos de la puerta y le hice señas para que se sentara al lado mío.
-Es ése EL AUTO…
Le dije, señalando a la esquina en cuanto pude articular palabra. Todavía con las rodillas temblando, no estaba en condiciones de subir a mi casa. Nos quedamos ahí, hablando. Me pidió que le contara un poco más de la historia, de cómo habíamos llegado a esto pero no se si se habrá entendido algo, no estaba muy lúcida en ese momento. Lo que si creo que se entendió fue que estaba angustiada, que en ese momento odiaba a mi ex más que a nada en la tierra, pero que no podía hablar de otra cosa. Pobre El Lerdo, no le dí mucha bola, solo lo necesitaba ahí para acompañarme en ese mal momento. Se quedó un rato más dándome charla.
-¿Será que se mudó por acá? ¿Estará saliendo con alguna vecina? ¿O sólo se viene hasta acá para molestarme?
Me preguntaba yo, en voz alta.
-¿Él vive lejos? -me preguntó.
-Hasta donde yo sé, vive con su mamá en la otra punta de la capital, pero no sé que puede haber pasado en estos meses, supuestamente se iba a quedar en España, pero yo ya no le creo nada. -contesté.
-Vos decime el nombre y apellido completo de él y yo te averiguo… -dijo él.
- … ¿Qué??
-Que me des los datos de él y te averiguo… -repitió.
-¿Qué querés averiguar???
Le pregunté, cada vez más angustiada. Yo salgo de un loquito y caigo en otro, pensaba…
-No sé, lo busco a ver que sale, si trabaja, si se mudó, si vendió el auto… -contestó él como si nada.
-Nooooo… te agradezco, prefiero que lo dejemos así. Gracias por acompañarme. Me voy a dormir…
Le contesté. ¿Que quería decir “yo averiguo”? ¿A que tipo de información tenía acceso este flaco? La verdad no lo conocía, y por más que odiara al enfermito no le iba a dar sus datos a alguien que no conocía…
-Ok, ¿me das tu mail? -me preguntó.
Se lo dí y me fui a dormir, o a intentarlo al menos…
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111. El Regreso… (2) 27 mayo 2009
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Esa noche como contaba no pude relajarme, ni siquiera ingiriendo cantidades exageradas de alcohol. Intenté la mezcla pero nada me hizo efecto, así que me cansé y me fui a dormir. Tampoco me resultó facil, pero finalmente lo logré. Unos días más tarde recordé que hace unos meses El Enfermito me había enviado la dirección de un blog en el que supuestamente escribía para mí. No había vuelto a ingresar desde noviembre, pero se me ocurrió que podía haber escrito algo que me confirmara o descartara algunas ideas. Busqué la dirección e ingresé. En aquella época yo no tenía ni la menor idea de lo que era un Blog, pero entré y leí con mucha curiosidad y un poco de morbo. Lo que el posteaba eran poemas más o menos horrorosos (debería aclarar que me rompe la paciencia la poesía, y más cuando la escritura es retorcida y complicada) en castellano y algunos en inglés y hasta alguno en un intento de francés. No me gustaba, sonaba muy pretencioso. En fin. Encontré exactamente lo que buscaba. Cerca de la fecha en la que lo había visto al lado del colectivo encontré un poema titulado “la puerta azul” o algo por el estilo, en el que contaba algo así como que había estado dando vueltas por ese barrio en el que había sido feliz, pasando por esa puerta por la que había entrado y salido tantas veces y “le pareció verse salir de ahi, todavía enamorado” y blablabla…. Y unos días después de aquel incidente de la puerta de mi casa salía publicado otro poema bastante incomprensible, pero en el que lo único que se llegaba a entender era que le hablaba a una mujer, a la que insultaba bastante y la llamaba mentirosa, supuse que iba dirigido a mi, aunque hubiera preferido no hacerme cargo. Pero… ¡yo no te mentí! -pensaba para mi- Aunque me debe haber visto saliendo de noche, muerta de risa con mis amigas, con la pollera corta, el escote y los tacos altísimos. ¿Justo esa noche tenía que estacionar en la puerta de mi casa? Que se joda, -pensé- se lo merece por pelotudo. Cada vez me ponía más nerviosa. Encima mi amiga Caro me insistía en que hiciera la denuncia, que me cuidara, a ver si me pasaba algo… Cada vez que entraba o salía de mi casa miraba para todos lados a ver si veía su auto por ahí. Estaba empezando a sentirme perseguida. Pero por unos días no volví a tener noticias suyas y todo se tranquilizó.
Al fin de semana siguiente volvimos a salir con mis amigas, esta vez sin novedades en la puerta de mi casa, aunque yo seguía bastante loquita por lo sucedido el fin de semana anterior. Bailando empecé a charlar con un morocho, medio petisito, que parecía muy simpático. Tenía una sonrisa hermosa, y hablaba con mucha tranquilidad. Me contó que era del interior, que vivía solo acá hace unos años, y que trabajaba en una empresa que hacía catering de eventos y tenía un par de restoranes. Le iba bien. Bailamos un rato más, y charlamos, pero no avanzaba demasiado. Parecía medio lento. A mí me estaba empezando a gustar, aunque estaba perdiendo la paciencia. Casi podría decir que tenía ganas de transarme a alguien, solo para quitarme el recuerdo de la semana anterior de la cabeza, y el mal gusto de la boca…
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110. El regreso… 26 mayo 2009
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Primeros días de Marzo de 2008
Un día como cualquier otro, salía del trabajo, tarde como siempre. Me tomé el colectivo de siempre, en la esquina de siempre y viajaba tranquilamente, hasta que algo raro me nubló la vista. Me refregué los ojos para ver nuevamente: no podía ser. Justo al lado del colectivo de siempre, en la calle de siempre, veo una auto que me resultaba llamativamente familiar. Era el auto del Enfermito. No podía ser, me fijé de nuevo, solo para estar segura. Pero ese auto era inconfundible. Blanco y viejo, bastante roto y con detalles claramente reconocibles. Tenía los faroles de atrás pintados de plateado y recordaba de memoria la patente. Definitivamente era él. Y yendo para el lado de mi casa. El corazón se me salía del pecho de la angustia. ¿Estaba yendo para mi casa? ¿Qué hacía? ¿Me seguía? ¿Tendría la llave de abajo todavía? ¿Me estaba volviendo paranoica? Me paré y me fui para el lado de adelante del colectivo, para ver que hacía. Seguía derecho por la misma calle del colectivo hasta que lo pasó y lo perdí de vista. Al bajar del colectivo en la esquina de mi casa miré para todos lados, para ver si lo veía. Pero no lo ví. Seguía angustiada. Era como ver un fantasma, después de tanto tiempo. Bah, en realidad no era tanto, solo un poco más de tres meses. Pero había pasado tanta agua debajo del puente que creí que no iba a volver a saber de él. En realidad después de los mails no había vuelto a tener noticias suyas. Solamente algunas madrugadas en las que el telefono de mi casa sonó y al atender, solo silencio del otro lado. Solamente podía ser él. Pero nada más. Después de unas horas de asustarme y putearlo y pensar que hacer me tranquilicé y decidí no hacer nada. Por ahora no había pasado nada, solo verlo. O a su auto más bien. ¿Y si lo había vendido? Ahí quedaron las cosas hasta ese mismo sábado. Habíamos quedado en salir con las chicas y nos juntamos en casa. Comimos algo, tomamos unos vinos, nos pusimos lindas y nos divertimos. El plan era ir a bailar a un bolichito cerca de casa en el que conocíamos a uno de los rrpp y entrabamos siempre gratis. Salimos a eso de la 1 y pico con rumbo al boliche y en cuanto abrí la puerta… casi me muero. Ahí nomás, estacionado en la puerta de mi casa, su auto. Se me aflojaron las rodillas y me quedé petrificada mirándolo, mientras mis amigas me preguntaba qué pasaba.
-Colo, haceme el favor, no puedo ni mirar, fijate si la patente es la de él.
Le dije a mi amiga y le indiqué el número de patente. Después de escuchar su confirmación me angustié más todavía.
-¿Qué hace acá? ¡Justo acá! ¡En la puerta de mi casa!! ¿Qué hago? ¿Hay alguien en el auto?
-No hay nadie amiga, lo ves por ahí? -Me preguntó La Colo…
Miré a mi alrededor, la vereda de enfrente y las esquina y no vi ninguna silueta conocida..
-No, no lo veo… andará por ahí? ¿Tendrá la llave de abajo de casa todavía? ¿Estará dentro del edificio?? -pregunté.
-Nena tendrías que ir a hacer la denuncia, mirá si te hace algo?? -dijo Caro.
-No, Caro… ¿qué me va a hacer? Es un enfermito pero no es un violento… No creo que me haga nada. Tal vez vendió el auto y no es él… Aunque sería mucha casualidad que se lo haya vendido a algún vecino…
Con la ayuda de mis amigas junté fuerzas, respiré hondo y salimos para el boliche, aunque la onda ya no era la misma. No podía dejar de pensar en distintas hipótesis y el efecto del alcohol se había desvanecido como un suspiro. Y por más que lo intenté y lo intenté, esa noche no hubo caso de volver a emborracharme…
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109. Volviendo a la rutina (2) 21 mayo 2009
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Última semana de febrero de 2008
Ya había vuelto a la rutina y el lunes había que volver a trabajar. Tenía mis dudas que El Rey Leon volviera a llamarme y la idea que me rondaba la cabeza era que hacer con el Cacho de Carne. ¿Llamar o no llamar? Por un lado me daba bastante bronca su actitud de no contestar mi mensaje despues de tanto tiempo y ni dar señales de vida. Por otro lado habíamos quedado en que lo llamaba yo, no podía esperar que él lo hiciera. Lo iba a llamar, pero no pensaba hacerlo ese mismo lunes. No quería quedar como una desesperada. Aunque la cabeza me carcomía. Así que esperé. De paso esperaba a ver si él se decidía a aparecer, pero no. Pasó el lunes, pasó el martes y llegó el miércoles. Cada vez me daban menos ganas de llamarlo, pero habíamos quedado en algo y yo siempre cumplo con mi palabra. Así que el miércoles a la noche agarré mi celular y marqué su número. Sonó, una, dos, tres veces… nadie atendía. Dejé sonar una cuarta y quinta… nada. No le iba a dejar un mensaje en el contestador. Odio los mensajes grabados. Corté. Y lo odié. Mientras pensaba que hacer hablaba con mis amigas por msn.
Des
-Es un hijo de puta, no me contestó el mensaje, ahora no me atiende. ¿A qué está jugando?
La Morocha
-No seas tonta, esperá un rato y volvelo a intentar, capaz que está ocupado…
Des
-Puede ser amiga, pero no creo. Igual lo voy a volver a intentar. Esperame ahi…
Y volví a intentarlo, habían pasado unos 20 minutos. Volví a marcar, desde mi celular, él debía tener registrado el número. Y otra vez sonó, una, dos …cinco veces, y corté.
Des
-Otra vez no me atiende Morocha! Ya fue. Se está haciendo el lindo conmigo y eso a mí no me va…
La Morocha
-Y… quien sabe, no? Pero no habían quedado bien la otra vez?
Des
-Sí! Por eso no entiendo nada, había estado re cariñoso cuando se fue… parecía que daba para…
La Morocha
-Estos hombres, Des… ¿Quién los entiende?
Des
-No se, amiga. A mí me suena a que me está queriendo demostrar algo. Primero me dice que “él no es un cacho de carne” y después me coge y desaparece…
Ahora el “Cacho de Carne” soy yo???
La Morocha
Jajajaja…. Bueno, no te lo tomes así, él se la pierde..
Des
Más vale qué él se la pierde! Yo no soy un Cacho de Carne de nadie!!! Además ni siquiera me cogió tan bien…
Igual voy a hacer un último intento y lo doy de baja…
Le dije a La Morocha. Y Lo intenté por última vez. Volví a marcar su número pero esta vez desde el teléfono fijo de casa. Él no tenía ese número y quería ver si atendía, al menos por curiosidad. Pero fue igual. Sonó, sonó, y nunca atendieron. Eso es todo, me dije. No pienso llamar a nadie más de tres veces sin que me contesten, si le intereso, tendrá registradas las llamadas perdidas y me llamará él. Lo que es yo, esa historia ya la di de baja en mi cabeza, a otra cosa…
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108. Volviendo a la rutina 19 mayo 2009
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Domingo 24 de febrero de 2008
Se habían acabado las vacaciones, eso era todo. Después de dormir un par de horas nos levantamos, desayunamos y armamos los bolsitos. El día estaba lindo así que nos fuimos para la playa, nuestro micro salía a la tarde. Les conté toda la aventura de la noche anterior, que no había resultado tal como la imaginaba. Igual seguía pensando en esos ojitos verdes. Hacía un tiempo que venía rondandome la idea de que un hombre casado era lo mejor que podía conseguir: No me iba a volver loca, ni a hacer escenitas de celos, para eso tenía a la otra. Conmigo solo sexo y pasarla bien, una vez cada tanto. La idea sonaba bien, era una fantasía interesante. Total enamorarme no estaba en mis planes. Ya me estaba dando miedo que cada vez que me enamoraba de alguien terminaba siendo un idiota o un enfermito. Pero las dudas rondaban mi cabeza. ¿Qué onda este flaco? No me había dado su número, ¿Me llamaría? No me quedaba otra que esperar. Respecto al sexo… sólo pensaba que podía mejorar, y mis amigas estaban de acuerdo en eso. En la playa nos encontramos con Toto y Ricardo, que seguían intentando levantarse a La Colo y la Morocha, pero esta vez traían refuerzos. Estaba el hermano de alguno de ellos, un flaco musculoso y de pelo largo, que se la pasó toda la tarde mostrando lo marcaditos que tenía los abdominales y contando que era profe de gimnasia (como si a mi me importara… Yo había empezado el profesorado en algun momento y lo había dejado poco antes de recibirme, conozco el ambiente y no me tienta!). Tenía novia además, pero no parecía importarle demasiado. O sí, no sé. Porque lo que es yo, no le di ni bola, pobre flaco. Mi cabeza rondaba entre El Rey Leon, y El Cacho de Carne. La cercanía a la vuelta a Buenos Aires me había recordado mi promesa de llamarlo a la vuelta. Pero él no había respondido mi mensaje en casi diez largos días. ¿Qué tenía que hacer? ¿Llamar o no llamar? Dudas y más dudas. Me daba tanta bronca llamarlo, pero sabía que iba a terminar haciéndolo. Finalmente Toto y Ricardo, jugando a los noviecitos con mis amigas nos pasaron a buscar con el auto por el hotel, cargaron los bolsitos y nos dejaron en la estación. Nunca me cayeron del todo bien, pero debo confesar que se portaron como dos caballeros. Subimos al micro rumbo a Baires y al fin de nuestras vacaciones. La habíamos pasado muy bien juntas y se había empezado a afianzar lo que sería una larga amistad. Fue un viaje largo, y como suele pasar no me pude dormir. Tenía muy pocas ganas de volver a mis actividades laborales rutinarias y muchas dudas en la cabeza, pero ya las resolvería en el transcurso de esa semana. En el medio del viaje, ahora recuerdo, pasó algo muy raro. Mientras todos dormían, ya tarde a la noche, dos señoras al otro lado del pasillo hablaban y hablaban mirando unas fotos. En un momento una de ellas se acerca y me muestra una foto, y me dice:
-Mirá esta foto, las sacamos con un celular, ¿Vos que ves acá?
-Hay dos personas de frente, y una medio de espaldas entre los dos, con capucha…
Era un figura blanca medio borrosa que se veía en el medio…
-¿Viste?? Nosotras vemos algo parecido, pero ahí solo estaban mi nieta y su marido, será un fantasma?
-Que raro… ¿La habrán revelado mal?
Fue lo único que atiné a decir, y preferí no decir más nada. Yo no creo en esas cosas…
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107. El Rey Leon (3) 19 mayo 2009
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Advertencia: no apto para menores…
Estábamos en el estacionamiento del boliche, sin un solo auto alrededor. Estaba muy oscuro todavía, serían las cuatro y algo de la madrugada. Nos acomodamos en el asiento de atrás y empezamos a besarnos y a tocarnos con mucha intensidad: teníamos algo pendiente de la noche anterior. Me saqué las sandalias de taco alto que tenía y las revoleé por ahí, junto con mi cartera, de la cual solo saqué un preservativo y se lo dí. Lentamente le abrí el cierre del pantalón y me agaché. Empecé a chupársela mientras él me quitaba parte de la ropa. Las cosas estaban un tanto complicadas porque él tenía una rodilla lastimada y casi no podía flexionar la pierna, y en un auto no da para sacarse toda la ropa. Así que nos acomodamos como pudimos, así a medio vestir. Yo me flexioné hacia adelante, en el espacio entre los dos asientos delanteros apoyandome como podía y el empezó a penetrarme por atrás, todavía medio sentado, obviamente, después de ponerse el preservativo. Se movía como podía, un tanto descoordinadamente, pero cada vez con mayor intensidad, hasta que en pocos minutos acabó. No estaba mal, pero tampoco era maravilloso y debo decir que fue bastante más breve de lo que me esperaba. La noche anterior había sido más prometedora. Apenas terminó empezó a vestirse nuevamente, así que yo hice lo mismo, juntando mis pantalones y mis zapatos que estaba desparramados por todo el auto. En cuanto terminó me dió un beso y dijo:
-¿Vamos?
Le contesté que sí, bastante desilusionada de que eso fuera todo. Pero suponiendo que en una situación más cómoda las cosas podían ser mejores. O al menos eso quería creer. Me llevó hasta la avenida y abrió la puerta para que me subiera en uno de los remises que esperaban en la puerta del boliche. Me dió un beso y dijo:
-Hablamos.
Le contesté que sí, aunque sabía que finalmente no me había dado su teléfono supongo que por temor a que una llamada mía lo metiera en problemas. Así que tendría que esperar un llamado de él. Me bajé del auto, con una sensación agridulce en la garganta. A veces no sé qué es peor, si desilusionarse o quedarse con las dudas. Pero veamos los aspectos positivos: la noche anterior me había quedado con las ganas, al menos me había sacado de encima esa sensación. Y por otra parte a mis 29 años, nunca lo había hecho en un auto, ¡siempre hay una primera vez! Había conseguido lo que creía que quería, pero ¿Estaba satisfecha? A decir verdad las cosas no habían resultado tal como esperaba, y lo más probable era que nunca me llamara, para comprobar si de alguna manera podía ser mejor. Con esa sensación ambigua en el pecho me subí al taxi y me fui al hotel, a dormir un par de horitas antes de levantarme para armar el bolsito y partir, esta vez de vuelta a Buenos Aires y la rutina de todos los días…
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106. El Rey Leon (2) 17 mayo 2009
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Entramos al salón principal del boliche, donde había conocido al Rey Leon la noche anterior. Lo busqué por todos lados, pero no lo vi. Nos quedamos bailando por ahí un rato, pero seguía sin aparecer, y como era temprano, la música que pasaban era medio horrible, pura música electrónica. Salimos al patio central y entramos a otro salón, que tenía un restoran, y después de cenar se armaba para bailar. Había poca gente ahí, pero la música era más divertida. Nos quedamos bailando ahí. Y ahí lo ví, tomando algo con sus amigos a unos pocos pasos. Lo ví, me vió, pero no dijo nada, ni se acercó. Yo tampoco lo hice, solo le sostenía la mirada y seguía bailando. Bailé con algún pesado que andaba cargoseando por ahí, mientras él me miraba, fijamente. Yo no entendía mucho qué pasaba, pero sabía que estaba ahí, mirando, así que esperé. Al rato vino a saludarme y me dio un beso en la mejilla. -Qué raro…- pensé. Pero bailamos juntos un rato, mientras sus amigos daban vueltas por ahí. Mientras bailaba me dijo al oído:
-Nos vemos más tarde en la pista, mis amigos van para allá.
Y se fue. Me quedé medio perpleja, pero no me quedaba otra que seguirle el juego. Nos quedamos bailando un rato por ahí, y luego le pedí a La Colo y La Morocha que me acompañaran de nuevo a la pista central. Ahí estaba él, bailando cerca del lugar de la noche anterior. Nos quedamos bailando cerquita, y de vuelta, miraba, pero no se acercaba. Yo ya no entendía nada. Un rato más tarde sus amigos se fueron a comprar algo para tomar y él se acercó, y me dijo:
-Perdoname, pero estoy con mi cuñado acá, vino hoy… en cuanto pueda zafar te busco.
Y volvió a irse. Y ahí entendí todo. No quedaba otra que esperar. Que mierda esto de la clandestinidad, pero no pensaba perderme esos ojazos verdísimos por ese detallito, en fin. Un rato más tarde me agarró de la mano y me llevó para afuera.
-Ya se fue a dormir, por suerte.
Dijo, y me encajó un beso que me dejó sin aliento.
-¿Dónde vamos?
Preguntó. Yo esa noche me había puesto un par de preservativos en la cartera, para evitar el problemita de la noche anterior. Pero no tenía ni la menor idea de cómo resolver el problemita del lugar.
-Ni idea, ¿qué se te ocurre?
Le pregunté.
-Vos seguime…
Dijo, y volvió a llevarme hacia el camping, pero esta vez con las llaves de la camioneta en la mano. Subimos al auto, arrancó, puso algo de música y empezó a manejar. Dió un par de vueltas hasta que llegó al estacionamiento del boliche, que estaba bastante vacío, y muy oscuro. Todavía no amanecía y la camioneta tenía vidrios polarizados…
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105. El Rey Leon 15 mayo 2009
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Sábado 23 de febrero de 2008
Me tiré a dormir una horita y ya había que levantarse a hacer los bolsos. Era nuestro último día en el hotel, aunque habíamos decidido quedarnos hasta el domingo para aprovechar el fin de semana. Así que hicimos el bolsito y nos mudamos a un hotelito a 2 cuadras que habíamos reservado por esa noche. Desayunamos después de armar los bolsos y caminamos las dos cuadras, hasta el otro hotel. Era un hotel barato, pero tolerable, aunque los colchones dejaban mucho que desear. Apenas llegamos al hotel, lo primero que hice fue meterme en la cama. Estaba muerta de cansancio y el día estaba horrible, nublado y con pinta de largarse a llover en cualquier momento, así que me metí abajo de las sábanas y ahí me quedé hasta la tarde, por primera vez en todas las vacaciones. La Colo y La Morocha se habían ido al centro a comprar alfajores. Cuando volvieron, les conté toda la historia del Rey Leon, con una sensación muy ambigua en el pecho. Por algún motivo, creía que éramos una especie de alma gemela, estaba totalmente embobada con sus ojos verdísimos y con la afinidad que creía que teníamos. Por otro lado recordaba que era casado y que me había pedido mi número pero no me había dado el suyo, con lo cual, existía la posibilidad de que desapareciera de golpe y sin avisar.
-No seas boluda, nena, seguro lo vas a ver hoy a la noche…
Me decían mis amigas, y yo les contestaba que sí, pero tenía algunas dudas. Supongo que todavía me duraba la inseguridad despertada de un largo letargo por la escenita con el rubio y los recuerdos posteriores. La Colo y La Morocha me pusieron al día de sus aventuras de la noche anterior. La Colo había terminado con el pendejo en alguna habitación del hotel, pasandola bien. Se pasaron los teléfonos pero el pendejo vivía en el sur, por lo cual, la historia quedó ahí. La Morocha… había tomado de más, y no se acordaba de lo que había pasado, así que estuvimos riendonos gran parte del día conjeturando que pudo haber sucedido. Por ahora me reservo de contar cómo la encontré aquella noche, ya veremos si ella se anima a contarlo… Nos duchamos y nos cambiamos para salir. Era la ultima noche de vacaciones teníamos que aprovecharla, además con la excusa de la carrera de golpe la costa se había superpoblado de hombres, y esa era un oportunidad que no podíamos dejar pasar así nomás. Cenamos en el centro y nos fuimos a tomar algo, y más tarde al boliche. Llegamos temprano pero ya había bastante gente…
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104. Ella baila sola (3) 13 mayo 2009
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Salimos del boliche de la mano, ante la mirada atónica de Juanjo, que me vio entrar sola y de mal humor. No me importó nada. Seguimos caminando y justo al lado del boliche estaba la entrada de un camping. Estaba a punto de amanecer. Caminamos hasta donde estaban acampando El Rey Leon y sus amigos, entre los arbolitos. Eran varios en dos carpas y había una camioneta estacionada cerca de la entrada de las carpas. Me quedé ahí esperandolo mientras el chequeaba cual era la situación, esperando que alguna de las dos estuviese desocupada. Aunque la experiencia de tener sexo con un desconocido en una carpa, mientras sus amigos estaban en la otra, justo al lado, no me parecía demasiado tentadora. Volvió al rato contándome que los amigos ya estaban dormidos, las dos carpas estaban ocupadas y no tenía la llave de la camioneta. Nos dimos unos besos ahí, apoyados sobre la camioneta, amparados en la media luz. Todavía no terminaba de amanecer. Los besos se fueron poniendo cada vez más intensos y algunas manos se iban deslizando por aquí y por allá. Le pregunté si tenía preservativos y me dijo que no. Yo tampoco tenía encima, y a partir de ese momento me hice una nota mental de no volver a salir sin al menos un preservativo en la cartera, aunque debo confesar que casi nunca lo cumplí. Puedo ser muy osada para algunas cosas, pero soy prudente: le dije que no. No parecía un lugar muy apropiado, pero aún así, sin un preservativo no me iba a dejar tocar ni un pelo: así no. Hay que cuidarse. Apenas lo conocía y lo poco que sabía de él era que era casado. No cerraba por ningun lado. Pero lo odié un poco, la verdad, me habían dado ganas, y la situación aventurera del camping era de alguna forma tentadora. Hubiera sido un broche de oro para terminar de una vez por todas con mi mal humor. Seguimos franeleando un poco contra la puerta de la camioneta, pero yo ya sabía que no iba a pasar. En cuanto terminó de amanecer le pregunté:
-¿Qué hacemos?
-Me muero de ganas de… -Me contestó.
-Si, yo también, pero así no. -le dije- ¿Querés que nos veamos mañana?
-Dale, pasame tu teléfono
lo anotó en su celular, y me acompañó hasta la avenida, donde me tomé un taxi para ir hasta el hotel. Quedamos en vernos a la noche siguiente en el mismo boliche, para terminar lo que habíamos empezado. No me dió su número, pero prometió avisarme si por algun motivo no podía ir. Me subí al taxi y me dejé llevar hasta el hotel. En cuanto entré a la habitación me encontré con La Morocha, totalmente dormida, y La Colo no estaba por ningún lado. Me imaginé que debía estar pasándola bien, y me acosté a dormir…
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103. Ella baila sola (2) 12 mayo 2009
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Bajé a bailar con él, y hablamos un rato mientras bailábamos. Seguía mirándome fijo con sus ojos verdísimos, y una sonrisa picarona. Me contó que tenía 33 años y que trabajaba en una empresa grande. Le pregunté si estaba ahí de vacaciones y me dijo que no, que había venido a la carrera, era fanático de las motos. Le pregunté entonces a dónde se había ido de vacaciones y me dijo:
-Estuve en Cariló unos días.
En pocos segundos mi cabeza empezó a trabajar. Cariló es un lugar muy familiar, tenés 33 años, dudo que te hayas ido con tus papás… entonces… lo que seguía era casi obvio.
-En familia, ¿no?
-Sí…
-Dudo que la familia sean papá y mamá, estás casado?
-…
-Estas casado… ok.
-Bueno, casado no… pero…
-Ok, se entiende. De última es problema tuyo, a mí no me importa…
Seguimos bailando y charlando de otros temas. Me contó que había tenido un accidente con su moto, y tenía la pierna lastimada, le costaba un poco bailar. Pero seguía haciendolo. Estaba parando con unos amigos en un camping cercano al boliche. Un rato más tarde me invitó a tomar algo. Le dije que sí, pero que fuéramos a la barra de afuera, que era más tranqui. Adentro hacía mucho calor. Nos sentamos a tomar algo afuera, mirando la luna. Él pidió una cerveza, yo un agua mineral. Y seguimos charlando. Teníamos mucha afinidad en algunas cosas. Hablamos de los signos, de características de personalidad, que teníamos muy en común. Y no se cómo terminamos hablando de gatos. Siempre me gustaron los gatos y ya dije que tengo uno tatuado en el homóplato derecho, se lo mostré y se rió.
-No te lo puedo creer, yo tengo una pantera tatuada en el mismo lugar, me encantan los felinos…
Dijo, y empezó a hablar de la personalidad de los felinos, casi me muero porque sentí que me leía el pensamiento
-Me encantan, son super inteligentes, muy independientes, sensuales…
Decía que se sentía identificado con la personalidad de los felinos, las mismas boludeces que yo a veces digo, los gatos y yo nos entendemos.
-De hecho, las iniciales de mi nombre son R E Y, como el rey león
Dijo, y nos reimos bastante, su nombre no me gustaba mucho, así que a partir de ese momento le dije “gatito” o “rey leon” medio en broma. Cada vez me gustaba más, y odiaba más el hecho de que fuera casado, pero esa noche estaba solo, y yo no engañaba a nadie. A todo esto “el cacho de carne” nunca había contestado mi mensaje, asi que… libertad total. Nos dimos unos cuantos besos y me seguía mirando con sus ojos verdísimos hasta que me dijo:
-¿Vamos?
El problema era a dónde. Yo estaba en una habitación de hotel con dos amigas, él en un camping con otros tres. Y encima tenía que levantarse tempranito para ir a la carrera. Pero me agarró de la manito y me dijo:
-Seguime…
Y no pude negarme…
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