24. En el horno… (4)

Mientras íbamos para mi casa veníamos hablando de cómo habíamos sido de chicos. Él me contó que en el colegio había sido bastante quilombero. Que lo habían echado de algún colegio, que era muy deportista (jugaba al rugby) y que había tenido muchas novias, desde muy chiquito. Que incluso en alguna época había salido con más de una a la vez. Yo, en cambio le conté que desde chiquita había sido “la de anteojos”, que era una nena buena y estudiosa, que siempre me habían tratado de “traga” y nunca había tenido mucho éxito con los varones. Que siempre había odiado los deportes y había preferido encerrarme en mis libros. Que no le daba mucha bola a nadie… y nadie me daba bola a mí. Que por eso siempre me había creído fea…

-La verdad es que nunca, nadie me dijo -¿Querés ser mi novia?

Le dije, y seguí contándole que recién en el último año había empezado a superar un poco mi timidez y mis complejos y había empezado a divertirme un poco más. Él me miraba atónito, cómo sin entender:

-¿En serio nunca te dijeron eso? ¡Pero si sos hermosa! -me contestó.

Y nos reimos. Subimos a casa, matándonos a besos en el ascensor, y no podría contarles claramente qué pasó después. Fue una de esas noches en las que uno entra en una especie de transe, ese estado de semiinconciencia en el que lo único que importa es el cuerpo del otro… y el propio. De alguna manera llegamos al dormitorio y en algún momento nos sacamos la ropa. Seguimos besándonos y tocándonos y recorriéndonos los cuerpos, conociéndonos. Esta vez sin frenos ni límites. En casa había preservativos y eso era para mí la única condición. Se lo dije y lo aceptó, pero no era algo que le resultara demasiado cómodo. Me aclaró:

-Es que hace más de diez años que no uso uno. Y hace al menos dos años que no estoy con nadie.

-¿No tuviste sexo con nadie en dos en dos años??

Le pregunté, casi como pensando en voz alta.

-No -me contestó- la verdad es que no tuve ganas…

Y ésta vez era yo la que no podía creer lo que escuchaba.

Empezamos a besarnos nuevamente mientras él se ponía el preservativo y continuamos lo que habíamos empezado un rato antes. Empezamos y paramos muchas veces, por momentos impetuosamente, por momentos con una calma tranquilidad, probando distintas posiciones, jugando, experimentando. De tanto en tanto hacíamos un recreo para recuperar el aliento, descansábamos un rato acariciándonos y conversando. Había muchas cosas dando vueltas por mi cabeza en esos momentos de calma: todo lo que me gustaba de él, y todo lo que no me gustaba. La posibilidad de que esta historia tuviera alguna continuación, pero también la posibilidad de que él se volviera a Brasil y todo quedara ahí: yo no estaba dispuesta a dejar todo por seguirlo, mi vida se estaba empezando a encaminar por acá. El hecho de que él no tuviera trabajo, ni casa, ni plata, tampoco me resultaba una idea muy seductora. Sin embargo había algo, llamémoslo intuición o como más les guste, que me decía que ahí podía haber algo más.

En un momento, entre beso y beso se me quedó mirando fijamente y me dijo:

-Te tengo que contar algo que me pasó en París….

Ir a Post siguiente: 25. Que las hay, las hay…

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16 comentarios en “24. En el horno… (4)

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Ayyyy no me dejes asiiiii!!! Que me da algo!!!! Qué le pasó en Paris??????
    Espero la continuación… Muy buen comienzo de semana =D
    Besos

  3. Preservativos es algo que nunca debería faltar en la casa de una mujer, sin importar que tan activa sea su vida sexual. ¡Bien por vos!
    Muchas no lo consideran necesario, ya sea por la baja frecuencia o por no estar en una relación, y cuando la oportunidad aparece, la calentura del momento las lleva a preferir tener sexo sin protección, antes que considerar las otras dos alternativas: ir a comprar y romper el clima, o simplemente dejarlo ahí.
    Nuevamente ¡bien por vos!

  4. Lo unico que no me gusta de tu blog, es que los comments esten ahi arriba, el resto creo que es genial. Esta historia me tiene atrapada.
    Y nada, cosas que pasan, uno no elige de quien enamorarse, como primer paso, que importa que no tenga casa, ni laburo. Despues ves.

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