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Oda al amor virtual.

Y mientras tanto en mis incursiones en Badoo, en esos raros intercambios, idas y venidas. En las lecturas de perfiles ridículos. En las visitas a esas fotos incomprensibles. En esas charlas inverosímiles y todas esas cosas que pasan cuando uno visita el Zoo virtual que es Badoo y otras páginas semejantes se fue gestando este pequeño puema, esta Oda al amor virtual que desde aquel entonces ilustra mi perfil y por la que tantas puteadas gratuitas me he comido.

Con ustedes, mi arte (?)

No Suma.

No suma que no sepas escribir, que escribas todo con MAYÚSCULAS o todo kon ka.

No suma la autofoto en el baño, o sin remera… o con tu auto, moto, etc. No suma la foto con el bicho que acabas de pescar, por el amor de Jebús!

No suma que andes de pirata, que vivas en la concha del pato o que andes cantando tu amor a “La Mujer” o regalando rosas y poemas a todas las que pasan.

No suma que me pidas el teléfono en la segunda frase, que me invites a tomar mate a tu casa y que te ofendas porque digo que no.

No suma que me declares tu amor incondicional sin conocerme, ni que estés tan asquerosamente seguro que suspiro por vos.

No suma que copies y pegues mensajes que mandas a todas por igual. Que mientas a cuatro manos por quedar bien ni que quieras contarme tu vida en un mensaje tan largo que se me quiten las ganas de leerlo.

Y no suma ¡menos que menos! que te esfuerces por cambiarme, que carezcas por completo de sentido del humor o que me escribas si no te interesa mi perfil.

Desgraciadamente basado cien por ciento en sucesos reales.

No se ha lastimado (demasiado) ningun animalito virtual en la realización de ésta obra! 😛

Neeeext… (5)

Septiembre de 2013.

Él parecía muy entusiasmado y con ganas de probar todo su repertorio conmigo. Yo… mmmm… Yo estaba con un pie acá y otro allá. Medio desconectada con lo que estaba haciendo y disfrutándolo a medias, pero sentía que era algo que tenía que pasar. Como una prueba. El no paraba de proponerme cosas, que nalgadas, que si te acabo acá, que si la querés ver, que si te la meto por ahí. Y yo pensaba, pará flaco, sos un desubicado, me acabas de conocer, para algunas cosas hace falta confianza…

En fin. Terminamos lo que había que hacer, nos vestimos y nos fuimos. No fue la gran cosa, pero prueba superada -pensaba-.

Me dejó en la esquina de mi casa, lo saludé con un beso que no parecía tener muchas ganas de recibir, y no volví a saber más de él. No me sorprendió demasiado su desaparición, en el fondo todo lo que me había contado de su “ex” sonaba bastante a chamuyo y era bien posible que fuera un senior casado, de trampa y encima mentiroso. Tampoco me moría de ganas de volver a verlo, había sido un sexo bastante mediocre.

Ahora venía la parte difícil.

Volver a entrar a mi casa, después de haber tenido sexo con un tipo, y encontrarme con el-padre-de-mi-hijo.

Como dije, era un día de semana y era tarde. Entré tratando de no hacer ruido. Estaba todo oscuro. A tientas llegué hasta mi dormitorio. Él en ese entonces, aún dormía en mi cama. Hacía demasiado frío para mandarlo a dormir al living y yo no tenía ni una frazada extra. Así que me acosté en mi lado de la cama sin tocarlo, sin hacer ruido para no despertarlo. Me dí vuelta para dormir y…

…Me vino automáticamente el impulso de abrazarlo.

¿Abrazarlo?

Refrené el impulso con todas las fuerzas de mi voluntad.

Fue una sensación muy bizarra, no porque quisiera abrazarlo A ÉL, pero supongo que después de una buena sesión sexo lo más natural es querer abrazar a alguien antes de dormir. Ésto está muy mal, pensé. No puedo seguir durmiendo con este Senior en mi cama…

Me di vuelta para el otro lado, y finalmente, después de pensar y pensar, logré dormirme.

Al día siguiente, en el desayuno miré al padre-de-mi-hijo y le dije:

-Cuando vayas a la casa de tu mamá traete una frazada. A partir de ahora dormís en el living.

Neeeext… (4)

Septiembre de 2013.

Y fue un beso bastante bueno. Lo suficientemente bueno como para que en el momento en que me miró y me dijo -¿Vamos a otro lado? yo entre miedos y dudas contesté que sí.

Subimos a su auto y me preguntó

-Vos sabes donde hay…? Por acá…?

Pero la verdad no sabía. No tenía ni la menor idea. Se puso a buscar en Google desde su teléfono y en ese momento empecé a dudarlo un poco. Era un día de semana, y era tarde. Tampoco era tan urgente, podíamos dejarlo para otro día. Pero él parecía estar decidido a no dejar pasar la oportunidad. (Nota mental: Flaco, para la próxima que salgas con alguien en una zona que no conoces, googlealo antes…) Arrancó y encaró para el fondo, mirando su teléfono de tanto en tanto, mientras tanto las cosas se iban enfriando y yo tenía cada vez más dudas. El flaco me gustaba, pero la situación era cada vez menos tentadora. Se sentía casi forzada. Pero como me digo siempre: Ya estás en el baile, bailá.

Paró en una estación de servicio y se bajó a preguntar. ¡Se bajó a preguntar! Me quiero morir de la vergüenza. Esto ya es cualquiera, pensaba. Dejame-en-mi-casa-ahora….

Pero desde el auto ví como le daban indicaciones con grandes gestos y unas sonrisas cómplices que prefería ni mirar. Volvió al auto decidido y arrancó para donde le habían indicado. Ni un beso, nada.

Llegamos. Era un Telo mediopelo, en una zona horrible. Estacionó su auto mediopelo en la entrada de la habitación y entramos. Yo estaba bastante nerviosa. Hacía mil años que no entraba a un telo ni me acostaba con alguien que no fuese el Padre-de-mi-hijo, y a esta altura tampoco sabía si tenía tantas ganas. Encima no había tomado ni una gota de alcohol, así que tenía plena conciencia de lo que estaba haciendo. Para peor la habitación era bastante feita, de esas con espejo en el techo y luces rojas por doquier. Bien de telo berreta. En fin. Cerré los ojitos y me dejé llevar.

Se acercó y me dio un beso, y las cosas se fueron dando, de a poco, tranquilamente. Para ser la primera vez en mucho tiempo… no estaba tan mal. Me relajé todo lo que pude e intenté disfrutar. No había tanta química como me hubiera gustado y evidentemente teníamos estilos bastante diferentes…

La cosa venía bastante bien hasta el momento en que intentó penetrarme sin ponerse un preservativo. Stop. Puedo ir a un Telo con un x que no conozco a pasar un buen rato, pero de ahí a coger sin forro? Nonono. Te pones un preservativo ya o me visto y me voy. Se lo dije.

-Sin forro, no. Ponete uno.

Por suerte se lo puso, y seguimos en lo nuestro. En un momento, en la mitad del acto abrí mis ojitos y me vi reflejada en el espejo del techo, mirando el culo de un senior arriba mío, y no pude evitar notar lo bizarro de la situación. ¿Qué hago acá? y ¿Quién es éste?

Neeeext… (3)

Septiembre de 2013.

Obviamente no volví a salir con el Boga, hablamos una o dos veces más, amablemente y le hice saber como pude que no estaba interesada. Aunque siempre me quedaré con la intriga de saber qué edad tenía realmente. Uno de esos días, boludeando en Badoo para evitar las conversaciones incómodas con mi ex, me encuentro con la foto de un senior muy interesante. Morocho, de cara agradable y una mirada intensa filtrada por unos anteojitos que le le daban un look intelectual muy sexy. Y a mi me pierden los seniores intelectuales. Cruzamos un par de palabras y empezamos a chatear. Venía bien, cocinero, pero ya no ejercía y se había montado una pyme con un amigo que parecía andar bien, separado, con un hijo chico, vivía solo, escribía sin faltas de ortografía y parecía haber leído al menos un par de libros. Como la charla venía interesante arreglamos para vernos. Un día de semana a la tarde me pasó a buscar por mi casa y fuimos a tomar algo en un bar de mi barrio. El pidió una gaseosa, yo un café, y empezamos a hablar. Cara a cara no era taaan sexy como en sus fotos, pero era claramente un senior interesante. Le conté un poco de mi situación mientras él escuchaba tranquilamente emitiendo de vez en cuando algún juicio de valor ante las actitudes de mi ex (-Ah… tu ex un pelotuuudooo, eh?). Después le pregunté por su separación. Su hijo era aun más chico que el mío y el decía haberse separado a fines del año pasado, cuando aún era un bebito de meses. Eso me sonaba un poco raro. Me contó una historia complicada. Su ex era adicta y paciente psiquiátrica y las cosas ya no andaban del todo bien cuando ella quedó embarazada. Que él se había hecho cargo del nene y que en realidad vivía con él y ella lo veía de vez en cuando, pero que ésta noche estaba con ella. Mientras hablaba de vez en cuando relojeaba su celular, al que le llegaban de tanto en tanto mensajes de WhatsApp de ella, hablando del nene. Todo un poco raro…

Pero seguimos hablando de todo un poco mientras las miradas comenzaban a hacerse un poco más intensas y yo empezaba a ponerme un poco nerviosa…

Le pregunté sobre su trabajo y porqué no ejercía más su profesión y me contó que le encantaba cocinar, que había trabajado en un hotel importante y le iba bien, pero que ya no se bancaba el ritmo loco de la cocina y que había elegido invertir en otra cosa y vivir un poco más tranquilo. Y yo que tengo la mala costumbre de decir lo primero que me viene a la cabeza, sin pensar, le solté:

-Viste lo que dicen de los cocineros…

-¿Qué dicen?

-Que son todos Putos o Borrachos…

-Pero yo no tomo alcohol… y lo de puto…

Dijo, mientras se acercaba y me comía la boca de un beso…

Neeeext… (2)

Pero definitivamente no me atraía. No sabría decir si era por su cara de señor mayor que me chocaba un poco (no le creía ni un poquito que tenía 45) o por su discurso tan…. como decirlo? Me daba la sensación de que las mujeres que pasaban por su vida eran meros objetos decorativos y acompañantes… y yo nunca me vi en esa posición. Yo soy protagonista en mi vida, no me veo en el rol secundario en la vida de otro.

En fin. Igualmente terminamos nuestros cafés, pedimos unos tragos, y seguimos hablando un rato más, hasta que se hizo la hora de irnos y nos subimos a su auto. “Caballerosamente” se ofreció a dejarme en la parada del colectivo… (Si, qué galán!!!) Dimos unas vueltas en su auto mientras hablábamos de literatura y poesía y ponía unos temas de Luis Miguel, cosa que a mis ojos lo hacía cada vez más incogible. En un momento estacionó el auto y seguimos hablando y escuchando música hasta que se me tiró encima para darme un beso…

Me agarró totalmente desprevenida porque no lo esperaba (ni lo quería…) pero una vez más pensé, estás en el baile, ahora bailá. Cerré los ojos y lo dejé hacer. Pero no fue un beso muy agradable. Tenía una boca enorme y me babeaba toda la cara, parecía que quería comerme. Además no dejaba sus manos quietas y en un momento la cosa se empezó a poner pesada. No me estaba gustando ni un poco y el parecía diferir completamente. Intenté pararlo dos o tres veces pero no hacía caso y seguía poniéndose pesado. Empecé a asustarme un poco de su insistencia y me enojé. Le dije que parara o que me iba a bajar ahí nomas. Que en ese momento no tenía ganas de seguir con eso.

Por suerte en algún momento entró en razón, me llevó a la parada del colectivo, le di un besito y me bajé, mientras lo escuchaba decir -me gustaría volver a verte alguna vez…

-si, claro- pensaba mientras sentía el viento fresco en la cara y respiraba aliviada.

Me esperaba un largo viaje en colectivo hasta mi casa.

Neeeext…

Agosto-Septiembre de 2013

Obviamente no me iba a quedar de brazos cruzados llorando por nadie que no mereciera una lágrima mía (ni de nadie). Tenía pensado empezar a salir y disfrutar de la vida y si no era con el Moro iba a ser con algún otro. Así que seguí chateando. De paso me mantenía distraída y con la atención puesta en el celular más que con lo que pasaba en mi casa, dónde la convivencia se tornaba algo cada vez más insoportable. Un día apareció Richard. Un abogado que decía tener 45 añitos, Rubio, canoso y con unos ojos verdes más que interesantes. Después de un par de buenas charlas quedamos en vernos el fin de semana siguiente. Yo había quedado en encontrarme con dos amigas en el Botánico y el señor se ofreció a pasar a buscarme por ahí más tarde.

Y así fue. Me junté con las amigas, charlamos, despotricamos contra los hombres como siempre hacemos cuando nos encontramos y cuando empezaba a bajar el sol nos sentamos a tomar un café en el bar que está justo enfrente. Le mandé un mensaje para avisarle dónde estaba y un rato después, cuando mis amigas ya estaban por irse me manda un mensaje.

Estoy llegando, es un auto negro.

Nos quedamos mirando y de golpe aparece un auto negro impresionante. Yo no se nada de autos, pero éste de lejos se notaba que no era un autito cualquiera. Saludo a mis amigas y con un poco de nervios me acerco a su auto. No estoy acostumbrada a subirme al auto de un tipo que no conozco y la verdad es que me da un poco de miedito. Pero me hago la valiente y subo. Nos saludamos. Es un tipo agradable, elegante, pero parece tener diez o quince años más que el de la foto que vi en su perfil. Y mi cabeza no para. Pienso. Yo tengo 34, el dice tener 45, pero ¿será verdad? ¿O se le habrán caído algunos por el camino? ¿Y si tuviera diez más de los que dice? Es casi la edad que tiene mi papá….

Arranca el auto y vamos a tomar algo en un bar de Palermo. Tenemos una charla muy agradable a pesar de que yo estoy algo nerviosa. Me cuenta de sus viajes, de su hija, de su trabajo. Yo le cuento algunas cosas también. Y lo escucho contar sus viajes por el mundo, sus gustos caros, sus insinuaciones de cómo le gusta agasajar a la mujer que está con él mientras me mira fijo… y pienso -puta madre, porqué no me podré sentir atraída por un tipo así alguna vez….

(des) Moro (nada) …IV

Agosto de 2013.

Siguieron unos cuantos mensajes en los que intentamos ponernos de acuerdo, pero era al pedo. Parecía que hablábamos dos idiomas diferentes. Yo intentaba explicarle que no iba a ir a su casa porque no lo conocía, que me parecía bastante cómoda su postura y que de última yo iba a ir a su casa cuando estuviera segura de lo que quería hacer, y no antes. Que invitarme a su casa para mi era casi, casi como citarme en el telo. El me decía que no era tan así, que por ir a su casa no estaba obligada a nada y que si yo quería cenaba y me iba. Pero no entendía que yo no lo conocía. Y que no iba a ir a su casa. Yo le decía que hagamos algo antes. Y que si nos daban ganas no iba a tener problema en ir a su casa. El se puso en cabezadura. Que no, que ya nos conocemos, que no es necesario.

Y así siguió la conversación un rato hasta que me harté, puteé, revoleé el teléfono, lloré. Si, como ustedes bien leen. Lloré. Me juré que no iba a llorar por el padre-de-mi-hijo y estaba llorando (de bronca) por un pelotudo que ni siquiera conocía. Así de chiflada estoy.

No le contesté más. Y no nos vimos.

No voy a ir a la casa de un tipo que no conozco.

Es el colmo de la comodidad y yo no soy el delivery del 0-800-Minita.

He dicho.

(Des) Moro (nada) …III

Agosto de 2013.

Mientras mi vida seguía cayéndose a pedazos y la convivencia con El padre-de-mi-hijo se hacía cada vez más insoportable, yo pensaba en los besos del Moro, y en la salida que íbamos a tener el siguiente fin de semana. Me preguntaba como sería estar en la cama con otra persona después de tanto tiempo. Si me iba a animar, si iba a poder disfrutarlo o me iba a angustiar más.

Durante esa semana esos pensamientos me mantuvieron a flote. Había decidido que no estaba en condiciones de deprimirme. Tenía un hijo y una casa que mantener, un laburo del que ocuparme y que no podía darme el lujo de tirarme en la cama a llorar. Así que había que seguir adelante como fuera. Entonces en los pocos ratos que tenía libres, fui, me depilé, me compré algo de ropa decente para salir (con lo poco que podía gastar) y me preparé mentalmente para el fin de semana.

Los mensajes con el Moro iban y venían al principio de la semana y hacia mediados de la semana empezaron a espaciarse cada vez más, hasta que finalmente dejó de responderme. Se iba acercando el fin de semana y yo me ponía cada vez más ansiosa. ¿Será que se va a borrar? pensaba. Y sí, podía ser que se borrara, pero ¿antes de coger? eso era raro.

Ya casi llegando el fin de semana no pude soportar más mi propia ansiedad y le mandé un mensaje. Si me iba a dejar colgada necesitaba saberlo. Escribí:

Y? que hacemos el finde?

Al rato el Moro me respondió

Si querés traete una botella de vino y yo te cocino.

Lei y releí su mensaje una y mil veces. ¿Me estaba invitando a su casa, directamente? ¿Y encima esperaba que fuera sola, que llevara un vino? Me parecía la respuesta más cómoda que podía haber. Vení. Vení vos. Ah y traete un vino. Daaaaale, ¿Y no querés que lleve los forros también?? Dejate de joder….

Me enojé. Dudé varias veces entre responderle, ver si podía proponer alguna otra cosa o mandarlo a la reconchadesumadre, pero despues me acordé de esos besos tan suavecitos, tan dulces… Me tomé un rato largo para pensar mi respuesta y finalmente escribí:

Me estás diciendo que vaya yo a tu casa? ¿Eso es lo más interesante que tenés para proponerme?

A lo que el respondió

Bueno, si querés te paso a buscar.

(des) Moro (nada) …II

Agosto de 2013

(ya pasó tanto?)

Subí a su auto con algo de desconfianza. Hacía siglos que no salía con nadie y resonaba aún en mi cabeza aquel cuentito de “no te subas al auto de un desconocido” pero en el fondo ya no me importaba. Al fin y al cabo ¿Qué podía pasar?

El Moro empezó a dar vueltas por el barrio, que yo aún no conocía tanto. Manejó unas cuadras para un lado, unas cuadras para el otro. Dimos vueltas, charlamos, escuchamos música. Era agradable. Me sentía cómoda con él aunque apenas lo conociera. Después de unas cuantas vueltas finalmente estacionó a la vuelta de mi casa.

Nos miramos.

Se acercó muy lentamente, olió mi perfume.

Y me dió un beso suave y dulce, de esos que hacía tanto que no me daban.

Era una sensación tan agradable…

Me dejé llevar, me relajé. Me perdí en ese beso que era casi casi lo que estaba necesitando. Pero no pude evitarlo, las lágrimas vinieron corriendo al encuentro, aunque nadie quisiera encontrarlas en ese preciso momento. Me las tragué como pude, pero ya no pude seguir.

Para disimular un poco lo que me estaba pasando lo abracé. Me quedé un rato con la cabeza apoyada en su hombro, pensando. O tratando de pensar. En realidad mi cabeza era una licuadora de pensamientos, recuerdos, sensaciones agradables y angustias todo mezclado.

Seguimos un rato mas así, besandonos por momentos apasionadamente, por momentos yo me separaba para tomar aire y no largar toda la angustia que me comía por dentro.

Hasta que El Moro, en uno de esos besos cada vez más intensos que nos dejaban sin aliento preguntó

-¿Querés que vayamos a otro lado?

Quería. Si quería. Pero a la vez no quería. No era el momento. Era mucho, demasiado para un solo día.

-Me parece que es mucho para hoy. Si querés lo dejamos para la próxima… ¿querés que nos veamos la semana que viene?

-Si te pones ese perfume y me besas así, ningún problema…

Dijo, y me bajé. Entré al edificio, temblando. Lloré como una estúpida en el ascensor. Me quedé parada en la puerta de mi casa con la llave en la mano pensando cómo hacer para entrar y verlo a él.

Hasta que finalmente respiré hondo y abrí la puerta.

Lo encontré, como era esperable sentado frente al televisor.

Y ahi dije la frase más estúpida que podría haber dicho en ese momento. Me permití una última debilidad.

-¿Me podés dar un abrazo?

Le pedí. El sin preguntar nada se acercó y me abrazó. Y lloré, lloré y lloré. Lloré a lágrima viva, lloré a chorros. Dejé salir todas las lágrimas que tenía atragantadas. Y me fui a dormir llorando.

(des) Moro (nada)

Agosto de 2013.

Me metí en la ducha y lloré mientras el ruido del agua que caía me amparaba. Salí tragándome las lagrimas y me vestí como pude. Hacía milenios que no salía con nadie y no tenía la más mínima idea de cómo había que vestirse para salir en pleno invierno. Me puse algo que me pareció medianamente decente, me perfumé, me peiné y salí rumbo al bar de la esquina. Llegué bastante antes de la hora que habíamos acordado. Me senté, pedí un café y mientras lo tomaba y ojeaba el reloj me preguntaba ¿Qué carajo hago acá? A lo que rápidamente me respondía -Salir de ahí. En mi casa el aire era irrespirable y yo definitivamente necesitaba una bocanada de aire fresco. O pensar en otra cosa o como carajo quieran llamarlo.

El Moro llegó relativamente puntual, vestido de negro, con lentes oscuros y una gorra, que se sacó apenas llegó hasta la mesa. Era tal cual lo había visto en sus fotos. Un tipo común, flaco alto, con la cabeza rapada y una cara que no era ni fea ni hermosa.

Nos saludamos y me preguntó

-Me vas a contar que pasó que te decidiste a encontrarnos así de un día para el otro?

Lo dudé un poco antes de responderle, porque no me parecía que era el tema apropiado para hablar en una primera salida, pero siendo un poco sincera conmigo misma, no creía que pudiera hablar de otra cosa en ese momento. Apreté la garganta para no llorar, y como pude le conté los eventos de ese mismo día. Él escuchó respetuosamente intercalando algunas preguntas de vez en cuando hasta que terminé de contar.

-O sea que ésta es una cita por despecho? -Preguntó a continuación

-No… no… lo sé -dije -Si fuera así… ¿Te molestaría?

-No -dijo riendo -Sólo quería saberlo

Seguimos hablando un rato más, de otras cosas. Me contó de su hija, algo de su vida, yo le conté algunas cosas de la mía. Terminamos nuestros cafés y pedimos otros mientras seguíamos hablando. Era agradable pensar en otras cosas por un rato que no fueran las miserias de mi historia, aunque no podía dejar de tenerlas presentes a modo de nudo en la garganta. Un rato más tarde salimos y el aire frío en la cara fue una sensación muy interesante. Caminamos un poco hasta que llegamos a su auto y me invitó a subir.

Lo dudé…