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Ilegalmente triste.

Mañana es el Día de la Madre, día en el que, salvo que hayas perdido recientemente a tu madre, no está permitido ponerse triste. Mi Madre está viva y goza de buena salud. No tengo “motivos” para estar triste. Pero como a mi me chupa un huevo lo que piense el resto del mundo lo digo igual.

El día de la Madre me pone triste.

       JÓDANSE.

Y si les molesta no sigan leyendo.

Si les interesa les cuento porqué.

Tengo recuerdos. Muchos recuerdos. De muchos Días de la Madre. Recuerdo levantarnos temprano con mi Papá y mi Hermana. Luego con mi Papá y mis dos Hermanas. Mientras Mamá dormía, en voz baja y cuchicheando preparar un buen desayuno, con bandeja para comer en la cama. Con la complicidad y la alegría de preparar una sorpresa, de agasajar a alguien querido. Recuerdo a Papá salir despacito a comprar medialunas. O Flores. O las dos cosas. Recuerdo ir caminando los tres o los cuatro, entre risitas ahogadas y cuchicheos, llevando la bandeja, las flores, el regalo. Recuerdo despertar a Mamá con el desayuno en la cama, las flores y el regalo cantando todos a coro

Felíz Día, Mamaaaaaa, Feliz Diiiiiaaaa mamaaaaaaaaaa, Feliz Diiiiiiiaaa, Feliz Diiiiiaaaaa, Feliz Diiiiaaa Mamaaaaaaaaa

Son recuerdos felices, cálidos y alegres. Mucho antes de las peleas y los gritos, mucho antes de que mis padres se separan. Todo eso tan lindo y tan pegado en mi memoria al “Día de la Madre”, eso que me gustaría experimentar, al menos una vez en la vida.

Eso que SE BIEN que NUNCA me va a pasar.

Déjenme estar triste en paz.

Y no me jodan.

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(des) Moro (nada) …IV

Agosto de 2013.

Siguieron unos cuantos mensajes en los que intentamos ponernos de acuerdo, pero era al pedo. Parecía que hablábamos dos idiomas diferentes. Yo intentaba explicarle que no iba a ir a su casa porque no lo conocía, que me parecía bastante cómoda su postura y que de última yo iba a ir a su casa cuando estuviera segura de lo que quería hacer, y no antes. Que invitarme a su casa para mi era casi, casi como citarme en el telo. El me decía que no era tan así, que por ir a su casa no estaba obligada a nada y que si yo quería cenaba y me iba. Pero no entendía que yo no lo conocía. Y que no iba a ir a su casa. Yo le decía que hagamos algo antes. Y que si nos daban ganas no iba a tener problema en ir a su casa. El se puso en cabezadura. Que no, que ya nos conocemos, que no es necesario.

Y así siguió la conversación un rato hasta que me harté, puteé, revoleé el teléfono, lloré. Si, como ustedes bien leen. Lloré. Me juré que no iba a llorar por el padre-de-mi-hijo y estaba llorando (de bronca) por un pelotudo que ni siquiera conocía. Así de chiflada estoy.

No le contesté más. Y no nos vimos.

No voy a ir a la casa de un tipo que no conozco.

Es el colmo de la comodidad y yo no soy el delivery del 0-800-Minita.

He dicho.

(des) Moro (nada) …II

Agosto de 2013

(ya pasó tanto?)

Subí a su auto con algo de desconfianza. Hacía siglos que no salía con nadie y resonaba aún en mi cabeza aquel cuentito de “no te subas al auto de un desconocido” pero en el fondo ya no me importaba. Al fin y al cabo ¿Qué podía pasar?

El Moro empezó a dar vueltas por el barrio, que yo aún no conocía tanto. Manejó unas cuadras para un lado, unas cuadras para el otro. Dimos vueltas, charlamos, escuchamos música. Era agradable. Me sentía cómoda con él aunque apenas lo conociera. Después de unas cuantas vueltas finalmente estacionó a la vuelta de mi casa.

Nos miramos.

Se acercó muy lentamente, olió mi perfume.

Y me dió un beso suave y dulce, de esos que hacía tanto que no me daban.

Era una sensación tan agradable…

Me dejé llevar, me relajé. Me perdí en ese beso que era casi casi lo que estaba necesitando. Pero no pude evitarlo, las lágrimas vinieron corriendo al encuentro, aunque nadie quisiera encontrarlas en ese preciso momento. Me las tragué como pude, pero ya no pude seguir.

Para disimular un poco lo que me estaba pasando lo abracé. Me quedé un rato con la cabeza apoyada en su hombro, pensando. O tratando de pensar. En realidad mi cabeza era una licuadora de pensamientos, recuerdos, sensaciones agradables y angustias todo mezclado.

Seguimos un rato mas así, besandonos por momentos apasionadamente, por momentos yo me separaba para tomar aire y no largar toda la angustia que me comía por dentro.

Hasta que El Moro, en uno de esos besos cada vez más intensos que nos dejaban sin aliento preguntó

-¿Querés que vayamos a otro lado?

Quería. Si quería. Pero a la vez no quería. No era el momento. Era mucho, demasiado para un solo día.

-Me parece que es mucho para hoy. Si querés lo dejamos para la próxima… ¿querés que nos veamos la semana que viene?

-Si te pones ese perfume y me besas así, ningún problema…

Dijo, y me bajé. Entré al edificio, temblando. Lloré como una estúpida en el ascensor. Me quedé parada en la puerta de mi casa con la llave en la mano pensando cómo hacer para entrar y verlo a él.

Hasta que finalmente respiré hondo y abrí la puerta.

Lo encontré, como era esperable sentado frente al televisor.

Y ahi dije la frase más estúpida que podría haber dicho en ese momento. Me permití una última debilidad.

-¿Me podés dar un abrazo?

Le pedí. El sin preguntar nada se acercó y me abrazó. Y lloré, lloré y lloré. Lloré a lágrima viva, lloré a chorros. Dejé salir todas las lágrimas que tenía atragantadas. Y me fui a dormir llorando.