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Un Millón de Primeras Citas

Hace más o menos un año que vivo de primera cita en primera cita. Me aburren. Cuando no me aburren se comportan como ratas, o como pelotudos, o no me gustan ni un poco, o besan como el culo, o cogen peor. A esta altura ya no sé, si son ellos o soy yo. Que digo que quiero conocer a alguien que valga la pena, que me interese para algo más, pero a la vez no hay uno que me venga bien. Me pasé el invierno prácticamente encerrada, mirando pelis y comiendo, sin ganas de un pelotudo más, sin ganas de salir a cagarme de frío al pedo. Ahora que volvió el calorcito volvieron las ganas de salir, pero parece que no tanto. Parece que estuviera todo el tiempo buscando la excusa para tacharlos de la lista, para volver a casa con mis pelis, mis libros, mi paz. ¿Será que me estoy volviendo demasiado exigente? ¿Será que en el fondo no tengo tantas ganas de salir de la cueva? ¿Será que al final me da miedo darle una oportunidad a alguien?

Tal vez sea, un poco, en parte.

Tal vez que sea que las experiencias pasadas dejan aprendizajes, pero también miedos. Miedo a repetir los errores, miedo a volver a elegir como el culo. No tengo apuros, estoy bien sola, no me jode la soledad, son las frases que me repito como un mantra.

Pero a la vez extraño.

Extraño la complicidad de fundirse en un abrazo de esos que parecen arreglarlo todo por un instante. Extraño esos besos que te quitan la respiración, extraño las risas compartidas, las noches largas, las caminatas bajo la luna.

Pero como viene la mano todo eso va a tener que esperar, un poco más.

Quién sabe cuanto más.

Lo sigo intentando a pesar de todo. Parece que soy más optimista de lo que pensaba.

Miguel Angel -El Ansioso- III

Agosto de 2015

Después nos dio hambre y salimos a caminar buscando algun lugar en el barrio donde sentarnos a comer. Ibamos caminando de la mano como dos viejos conocidos. Nos sentíamos cómodos. Nos sentamos en una pizzería cerca de mi casa y esperamos que nos atendieran, mientras charlabamos. Él me agarraba de la mano y me miraba, embelesado. Yo trataba de sostener su mirada, pero en el fondo me era imposible. Me intimidaba su intensidad, recién nos estabamos conociendo. Finamente nos cansamos de esperar que nos atendieran y pedimos la pizza para llevar.

Volvimos para su casa caminando despacio, disfrutando el fresco de la noche. Una vez que entramos a su departamento el hambre y la pizza quedaron enfriándose sobre la mesa.

A los besos me empujó hacia la cama y yo me dejé llevar. Empezó a sacarme la ropa despacio y a besarme lentamente, de arriba hacia abajo. La cosa se ponía interesante y lo dejé hacer sin oponer la menor resistencia. Al fin se había acordado que el sur también existe!

Cuando empezaba a entusiasmarme con la situación se alejó para buscar un preservativo. Contuve un gemido por la mitad y no dije nada, solo esperé. Una vez que se lo puso volvió rápidamente a la cama y repitió su rutina, casi de la misma manera. Tal vez duró un minuto o dos más. Me aguanté el -¿Yaaa? que tenía atragantado y lo abracé. Así nos quedamos abrazados un buen rato en la cama. No pregunté. Ni preguntó. Compartimos un rato de silencio y paz, hasta que le recordé que se enfriaba la comida.

Comimos la pizza fría, mientras hablábamos de nuestras vidas, acompañándola con jugo de manzana. El me hablaba de sus hijas y su familia, yo de la mía. Nos reíamos.

Después de comer me abrazó por atrás y empezó a hacerme masajes. Y yo que vivo contracturada, jamas me niego a un masaje. Fuimos de vuelta a la cama y me acosté mientras él me masajeaba la espalda. La cosa empezó a ponerse más caliente y yo estaba entre dejarme llevar, para ver si al fin mejoraban las cosas, o irme a la mierda para no pasar otra vez por lo mismo. Ya estás en el baile -pensé- y me deje llevar una vez más. Nos besamos y nos entrelazamos y mientras empezamos a sacarnos la ropa una vez más me dijo

-Estás bastante cómoda, vos… no?

Era cierto, hasta ahora solo lo había dejado hacer, y la verdad es que no me había dado tiempo de nada, pero bueno… Esta vez hice caso de sus palabras y lo intenté. Nos sacamos la ropa y lo besé de arriba a abajo, deteniéndome en el abajo. Su reacción fue buena, sus gestos y sonidos parecían indicar que le gustaba lo que estaba pasando así que le puse onda y seguí… hasta que me frenó, una vez más, buscando un preservativo. Se lo puso y esta vez fui yo la que subió arriba de él y dominó la situación. A ver si así logramos que la cosa dure un poco más -pensaba- Pero me agarro de la cintura y empezó a moverse a su ritmo, mucho más acelerado que el mío. En un momento me acerqué y se susurré al oído…

-¿Qué apuro hay?

Acusó recibo, frenando la intensidad un poco y dejándome hacer, y empecé a jugar un poco a mi ritmo, despacito yendo y viniendo, sintiéndolo y disfrutándolo lentamente… pero ni había empezado a entusiasmarme cuando el se impacientó y volvió a dominar la situación. Me rindo -pensé- ésto no tiene caso. Y lo observé acabar debajo mío en menos de dos minutos.

Eran cerca de las 3 de la mañana y yo lo único que pensaba era que tenía sueño. Mucho sueño.

(Des) Moro (nada) …III

Agosto de 2013.

Mientras mi vida seguía cayéndose a pedazos y la convivencia con El padre-de-mi-hijo se hacía cada vez más insoportable, yo pensaba en los besos del Moro, y en la salida que íbamos a tener el siguiente fin de semana. Me preguntaba como sería estar en la cama con otra persona después de tanto tiempo. Si me iba a animar, si iba a poder disfrutarlo o me iba a angustiar más.

Durante esa semana esos pensamientos me mantuvieron a flote. Había decidido que no estaba en condiciones de deprimirme. Tenía un hijo y una casa que mantener, un laburo del que ocuparme y que no podía darme el lujo de tirarme en la cama a llorar. Así que había que seguir adelante como fuera. Entonces en los pocos ratos que tenía libres, fui, me depilé, me compré algo de ropa decente para salir (con lo poco que podía gastar) y me preparé mentalmente para el fin de semana.

Los mensajes con el Moro iban y venían al principio de la semana y hacia mediados de la semana empezaron a espaciarse cada vez más, hasta que finalmente dejó de responderme. Se iba acercando el fin de semana y yo me ponía cada vez más ansiosa. ¿Será que se va a borrar? pensaba. Y sí, podía ser que se borrara, pero ¿antes de coger? eso era raro.

Ya casi llegando el fin de semana no pude soportar más mi propia ansiedad y le mandé un mensaje. Si me iba a dejar colgada necesitaba saberlo. Escribí:

Y? que hacemos el finde?

Al rato el Moro me respondió

Si querés traete una botella de vino y yo te cocino.

Lei y releí su mensaje una y mil veces. ¿Me estaba invitando a su casa, directamente? ¿Y encima esperaba que fuera sola, que llevara un vino? Me parecía la respuesta más cómoda que podía haber. Vení. Vení vos. Ah y traete un vino. Daaaaale, ¿Y no querés que lleve los forros también?? Dejate de joder….

Me enojé. Dudé varias veces entre responderle, ver si podía proponer alguna otra cosa o mandarlo a la reconchadesumadre, pero despues me acordé de esos besos tan suavecitos, tan dulces… Me tomé un rato largo para pensar mi respuesta y finalmente escribí:

Me estás diciendo que vaya yo a tu casa? ¿Eso es lo más interesante que tenés para proponerme?

A lo que el respondió

Bueno, si querés te paso a buscar.

Leyes de Murphy de las Citas.

¿Viste cuando salís con alguien y te quedas pensando -Qué al pedo esta salida, me hubiera quedado en casa mirando una peli y durmiendo…- ojalá que no me llame ni me mande un mensaje?

¿Viste cuando pensas -si no me hubiera tomado media botella de vino no lo tocaba ni con un palo- y encima para colmo de males el fulano la tenía diminuta?

Bueno, ese, justo ese, es el que SI llama.

Seguro.