Archivo de la etiqueta: El Rey Leon

07. Reflexiones…

En el post anterior mencioné como al pasar que para ese momento muchas cosas habían cambiado para mí. Que ya estaba cansada de la joda y las aventuritas de una noche. Pero me parece que no termina de quedar claro porqué y hay muchas cosas que todavía no conté. Voy a intentar explicarlo un poco, si es que se puede. Hubo muchos sucesos en la historia de ese año y medio que relato acá que me hicieron detenerme y pensar un poco. Primero, la historia del “Cacho de Carne” que me hizo pensar que a veces hablar de más no está tan bueno, y también que ir tanto al frente es una buena forma de evitar (conciente o inconcientemente) empezar una relación con alguien, conocer y dejarse conocer. Una especie de auto complot. Después, la historia con “El Rey León“, me hizo entender que no tengo ganas de estar en el último lugar en la vida de alguien. Que no tengo ganas de ser la que espera que el otro disponga de un mínimo ratito para mí. Así no me dan ganas. Pero hay otras cosas que todavía no conté y me gustaría desarrollar un poquito más. Una historia que me marcó mucho y me hizo cambiar mi forma de pensar fue la que pasó a fines de Junio de 2008. Era el cumpleaños de La Morocha, y yo venía viéndome con un flaco cada tanto, en una relación “sin compromiso”. Al menos así lo planteaba él, porque a decir verdad, no cumplía ni el más mínimo de los compromisos, ni siquiera el llamarme cuando me decía -Te llamo-. Sin embargo, cuando se dignaba a aparecer, y después que a mí se me pasara el enojo, se tomaba el atrevimiento de quedarse a dormir en mi casa. Esta situación estaba empezando a hartarme. Primero porque si hay algo que odio es que me dejen plantada. Y quedarme esperando que alguien me llame cuando en realidad nunca tuvo la más mínima intención de hacerlo ya me parece una tomada de pelo. Y encima… ¿dormir en mi casa como si fuera un hotel? Esto ya era demasiado. Para peor cuando él se quedaba a dormir no había forma de que yo pegara un ojo, y ya estaba cansando de ir a trabajar sin dormir. Ese sábado que La Morocha festejaba su cumpleaños, por supuesto había quedado en llamarme. Ya me había colgado la noche anterior, y ese mismo sábado me avisó, por mensaje de texto:

Tengo ensayo, termino tarde. Te llamo cuando salgo a ver si te paso a buscar por el cumpleaños.

Así que me fui al cumpleaños de mi amiga, enojadísima y sabiendo de alguna manera que el flaco no iba a aparecer en toda la noche. Aunque de rato en rato miraba mi celular para ver si había alguna novedad. Obviamente sin resultado alguno. Entonces, comí y bailé y tomé con mis amigas, tratando de olvidarme del celular, del idiota en cuestión y de mi propio malhumor. Estaba enojada conmigo misma por darle más importancia de la que tenía a semejante tarado. Hasta que lo conocí a Valentín…

Ir a Post siguiente: 08. Will you be my Valentine?

Anuncios

123. Y después…

Principios de Mayo de 2008

Finalmente El Rey León entendió y no volví a tener noticias suyas. Y no me arrepentí. Pero las cosas que me pasaron con él me hicieron repensar bastante mi posición, al menos en lo referido a los hombres. Si bien todavía no me sentía preparada para empezar una nueva pareja, me daba cuenta que había cosas que ya no me servían de la misma manera. Que si alguna vez había tenido la fantasía de estar con alguien casado, para tener una relación mas “libre”, ahora veía que eso era pura fantasía, en la realidad las cosas eran muy diferentes Que no era solo una relación “libre” también era una relación muy pobre.  y eso de hecho nunca me había servido demasiado. Siempre fui una persona sin muchos grises, las cosas para mí son claras, blanco o negro. O estoy a full y doy todo lo que tengo… o no estoy. Aunque estaba aprendiendo a reconocer algunas escalas de grises definitivamente ésta no era la mía. Sí estaba aprendiendo a tener relaciones más ocasionales y divertirme de otra manera, pero ésto no me llenaba del todo. De lo que sí estaba segura era de que no quería volver a tener otra relación como la que había tenido con mis ex, en las que yo me entregaba al 100% y del otro lado… bueno, del otro lado no era lo mismo, o simplemente no podían darme lo que yo necesitaba. O lo que estaba empezando a creer que merecía. Pasaron entonces un par de semanas un poquito más reflexivas, en las que sin embargo, seguí saliendo a divertirme con mis amigas, pero un poco más tranquila. Una noche de mayo, creo que era el primer viernes del mes, nos reunimos en la casa de La Colo para festejar su mudanza e inauguración del departamento. Éramos varios, amigos, ex compañeros y compañeros de trabajo, y por supuesto, Las Divinas. No me acuerdo si estábamos todas. Escuchamos música, tomamos, bailamos, cantamos hasta que se quejaron los vecinos, y finalmente nos dispusimos a salir, a un barcito de la zona. Ahí seguimos bailando un rato más, y tomando unas cervezas. Estabamos todos bailando en una ronda, con las carteras y los abrigos en el medio, muriéndonos de risa. Mirando a nuestro alrededor, no se veía nada interesante. El lugar estaba lleno de pendejos y la verdad a mí, los pendejos nunca me atrajeron. Hasta que en un momento aparece en escena un par de ojos verdes muy llamativos encima de una sonrisa blanca, en una cara que no parecía de un pendejo. Obviamente capturó mi mirada. No era hermoso, pero me llamaba la atención. Esos ojos se dirigían directamente a la ronda que habíamos armado. El lugar estaba muy lleno y no era fácil pasar, y él estaba intentando pasar justamente por el medio de la ronda. En el medio de su camino sus ojos se dirigen hacia mí y me dice:

-Perdón…

Había pisado algun bolso o algo así.

-Y la verdad no sé si te voy a poder perdonar así nomás, vamos a tener que hablarlo un poco…

Le contesté y empezamos a hablar. Supongo que el alcohol me ayudó a desinhibirme, nunca había sido tan caradura. Pero ya no me importaba…

Ir a Post siguiente: 124. Y después… (2)

122. Hakuna Matata (5)

Fines de abril de 2008

Por unos días no volví a tener noticias suyas. No me preocupaba demasiado, en realidad, ya prefería no volver a saber de él de una vez por todas. Lo había pensado mucho y eso no me cerraba por ningún costado, así que tanto mejor si desaparecía el solito. Me la hacía más fácil. Pero no fue así. Unos días más tarde recibo un mensaje suyo en mi celular:

-¿Cómo andás bombón? Nos vemos?

Decía. Y la verdad preferí no responderle. Pasaron unos días más y seguía insistiendo, no se daba por aludido. Mandó un mensaje más, nuevamente sin respuesta. Y luego un tercero. En general pensaba que era más fácil hacerme la boluda, que los tipos entendían las indirectas. Que si no te responden al tercer mensaje entendés que no da. Pero evidentemente no era el caso porque éste flaco seguía insistiendo. Evidentemente algunos no entienden las indirectas, habrá que ir al grano y decir las cosas claritas. Le contesté entonces:

-Todo bien, pero preferiría que no nos vieramos más, para serte sincera…

Pocos minutos más tarde recibo su respuesta

-Eh! ¿Pero porqué? ¿Pasó algo?

-No pasó nada. Simplemente me doy cuenta que no es lo que necesito.

Le contesté, suponiendo que había sido lo suficientemente clara. Que iba a entender y no iba a seguir insistiendo. Lamentablemente no fue así, y unos segundos más tarde, su respuesta:

-No te entiendo, qué es lo que necesitas?

Que te importa! -pensé para mi- claramente no algo que vos puedas darme! Pero me sentí en la obligación de contestarle, no se bien por qué, así que lo hice

-No quiero encuentros a las escondidas al mediodía, ni quiero estar con alguien que tiene cero interés en conocerme y con el que no puedo ni soñar con ir a tomar un café, creo que me merezco otra cosa!

Le dije, omitiendo algunos datos. Para qué hacerlo sentir mal agregando lo más importante, que haría tolerable todo el resto: Si por lo menos me cogieras bien…. Pero creo que la idea básica se entendía. No era de los que se daban por vencidos facilmente, y creo que ya empezaba a sonarme a caprichito. Alcanza que no puedas tenerlo para que empieces a insistir? Me respondió:

-No sé porqué pensas eso, sí tengo ganas de conocerte, y nada nos impide tomar un café…

Y ya me hinché la paciencia. Caprichitos no, que para caprichosa estoy yo, eh! Un tanto más cortante esta vez le contesté, ahora sí por última vez:

-La verdad que prefiero que no. Disculpame pero en esto decido yo y lo sentí así. Dejemoslo ahí. Te mando un beso.

Unos minutos más tarde recibí la respuesta. La última de su parte:

-Ok, voy a respetar tu decisión, aunque no la comparta. Si cambias de opinión avisame. Besos.

Lo leí, todavía sin poder creer en su insistencia. Pero había tomado una decisión, y aunque me cuesta mucho llegar a hacerlo, una vez hecho rara vez cambio de idea. La verdad es que a veces a los hombres no los entiendo. Si yo me hubiera puesto insistente, seguro desaparecía él, pero alcanza que yo me haga la difícil para que de golpe se acuerde que casi no puede vivir sin mí? Definitivamente, cada vez los entiendo menos…

Ir a Post siguiente: 123. Y después…

121. Hakuna Matata (4)

Con el Rey león nos vimos una vez más, la semana siguiente. Y fue más de lo mismo, ni vale la pena contar los detalles. Lo único relevante de ese encuentro fue que me tomé un poco más de tiempo para hablar con él, escucharlo. Necesitaba entender qué era lo que me atraía de él, cuando todo indicaba lo contrario. No encontré la respuesta que esperaba, pero sí me enteré que tenía una hijita de pocos meses. -Qué hijo de puta que sos- pensé para mí -tu mujer cuidando a la beba y vos acá… Pero según él me contó no era ni la primera ni la última vez que lo hacía, así que definitivamente yo no hacía la diferencia. No había motivo para sentirme culpable, aunque un poco de bronquita me dio. Respecto al sexo… No era maravilloso, tampoco horrible. Simplemente termino medio. En principio no estaba mal para pasar el rato, y porque no había otra cosa. Pero tampoco era algo que me entusiasmara demasiado. Y además estaba la cuestión del horario. Eso de estar saliendo de la cama temprano, solo para arreglarme para él no me cerraba para nada. Para un tipo que nunca iba a tener tiempo para mí. Tiempo para llamarme, hablar un rato, preguntar cómo estás, ni para ir a tomar algo, ni hablar de ir al cine… La semana que siguió a nuestro último encuentro no tuvimos ningun tipo de contacto. Él ni llamó, ni mandó mensajes, y por supuesto que yo tampoco lo hice. La verdad, estaba empezando a pensar que era mejor así. Vernos empezaba a parecerme una perdida de tiempo, casi que prefería dormir un ratito más. Pero las cosas no quedaron así. El miercoles siguiente, dos semanas después de nuestro último encuentro, seguía sin noticias de él, y ya casi me había olvidado del asunto. Estaba terminando de bañarme y cambiarme para ir a trabajar, al mediodía, cuando de golpe escucho sonar el timbre de mi casa. Eso era raro. No el portero eléctrico de abajo, sino el timbre de mi departamento. Solo podía ser el portero… y yo estaba vestida solo con una toalla y el pelo mojado. Me acerqué a la puerta y pregunté:

-¿Quién es?

Mientras miraba por la mirilla. Solo ví una gorrita, era él. Le pedí que me espere mientras me cambiaba. Fui a mi cuarto y me puse lo primero que encontré, para salir a abrirle.

-¿Qué hacés acá? No te esperaba…

-Es que perdí el celular y no tenía más tu número… Venía a dejarte esto… (me muestra un sobre blanco) pero tu vecina me abrió y subí a ver si estabas…

Mmmm… que raro todo, pensaba para mí, suena a puro chamuyo…

-¿Mi vecina te abrió? Qué peligro ¿Qué le dijiste? ¿Y como pensabas salir si yo no estaba??

No estaba muy contenta con su visita, así, sin avisar. Y no le creía demasiado. Le ofrecí un vaso de agua mientras hablamos un ratito. Me pidió que le repitiera mi teléfono y volví a dárselo mientras le decía:

-La próxima avisame así arreglamos con tiempo, ahora me tengo que ir  a trabajar…

Y lo acompañé abajo, para abrirle la puerta. La verdad, todavía tenía algo de tiempo, pero lo que no tenía eran ganas. No me gustaba que fuera él el que tomaba todas las desiciones, y menos que yo tuviera que aceptarlas así como venían. El sobre no me lo dejó, asi que no sé que decía. Pero lo que sí sabía era que no tenía muchas más ganas de esto…

Ir a Post siguiente: 122. Hakuna Matata (5).

120. Hakuna Matata (3)

Los besos fueron subiendo en intensidad mientras nos sacábamos la ropa, ya tirados en el sillón. Le pregunté si había traido preservativos y me contestó que no, que se los había olvidado. Por suerte yo siempre tengo, así que fui a mi cuarto a buscar un par y volví. Los hombres están cada día más estúpidos. ¿O habrá creído que yo iba a acceder sin…? Ya desnudos en el sillón, empezamos a tocarnos mientras él se ponía el preservativo. Las cosas se estaba poniendo interesantes, aunque debo confesar que el sol del mediodía entrando por la ventana me sacaba un poco de clima. Cuando terminó de ponerse el preservativo, y después de tocarme un poco más, me la puso, y empezó a moverse encima mio. Eran movimientos lentos y profundos y de a poco iban aumentando la intensidad. La verdad, estaba empezando a gustarme mucho la situación, asi que me relajé y lo dejé hacer. Sus movimientos eran cada vez más intensos, tal como a mí me gustaba, hasta que de pronto y sin avisar, se quedó quietito sin hacer ni un sonido. ¿Eso es todo amigos? Pensé para mí, pero no dije nada. Me quedé en silencio y lo abracé, esperando a ver cual era un reacción. Él tampoco dijo nada. Se quedó un rato más conmigo hasta que se levantó y me pidió permiso de ir al baño. Obviamente que yo me había quedado por la mitad, pero no le dije nada. Lo dejé levantarse e ir al baño, mientras lo esperaba desnuda y acostada en el silón, tal como había quedado, con la esperanza que cuando volviera tuviera ganas de seguir un poco más. Vanas esperanzas las mías. En cuanto volvió del baño, sin tocarme ni decir palabra, empezó a juntar sus prendas del piso y a vestirse, mientras yo lo miraba. Así que me levanté y empecé a hacer lo mismo, sin muchas ganas. Le pregunté:

-¿Ya te tenés que ir?

-Sí, tengo que volver a trabajar, estoy atrasado y tengo una reunión en …

Me contestó, como si a mí me interesara lo que él tuviera que hacer. Yo también tenía que irme a trabajar, y sin embargo estaba ahí. En fin. Terminé de vestirme, compartimos un vaso de agua y un par de besos y bajé a abrirle. Antes de irme me dijo:

-Hermosa, si te parece te llamo la semana que viene…

-Ok, vemos

Le contesté y se fue, dándome un beso en la mejilla. No fuera cosa que alguien lo viera. Subí a casa a prepararme para ir a trabajar, ligeramente decepcionada y sin entender que era lo que encontraba atractivo de este tipo. ¿Era lo prohibido, el que estuviera casado? ¿El no saber si iba a aparecer o no? ¿Qué mierda le encontraba? Porque después de todo lo decepcionante que había sido la experiencia me quedaba todavía la duda de si quería volverlo a ver…

Ir a Post siguiente: 121. Hakuna Matata (4).

119. Hakuna Matata (2)

La mañana del miércoles en que habíamos quedado en encontrarnos me levanté temprano y ansiosa. Me tomé mi tiempo para bañarme, hacerme un baño de crema y depilarme. Me puse ropa interior nuevita y linda, me vestí, con una pollera y una musculosa, y sandalias de taco. Todavía era verano, y quería estar linda, pero más o menos casual. Era raro prepararse para un encuentro al mediodía. Me maquillé, pero no demasiado. Me perfumé. Y me senté a esperar. Un rato más tarde sonó mi celular. Era él, avisándome que llegaba un poquito más tarde. Así que seguí esperándolo un rato más. Debo confesar que odio que me hagan esperar. Y aunque me moría de ganas de verlo, ésto de levantarme temprano para prepararme para un encuentro de éstos… no me estaba cerrando mucho. La verdad es que no son las mismas ganas las del mediodía que las de la noche. Más aún cuando uno dispone de una o dos horas para prepararse para el otro, mientras que el otro en cuestión, solo nos dedica un ratito de esos que le sobran, del mediodía. En algún momento había pensado en cocinarle, para que almorzara conmigo. Pero después lo pensé mejor. ¿Cocinarle? Pero yo estoy totalmente loca. ¿Quién es para que yo le cocine? Nonono. Totalmente no. No se lo merecía. No todavía al menos. Así que me preparé y solo lo esperé, sin comidita casera. Un rato más tarde sonó el timbre y bajé a abrirle. Ahí estaba él, en la puerta de mi casa, vestido con el uniforme de su trabajo. Seguía teniendo esos ojos verdísimos, hermosos. Pero de golpe, así, a plena luz del mediodía ya no me parecía tan lindo. Nos saludamos con un beso en la mejilla y subimos al ascensor. La situación era un poco incómoda. Hacía casi un mes que no nos veíamos y no sabíamos mucho de que hablar. Lo invité a pasar y le ofrecí algo de tomar. Un vaso de agua, no suelo tener mucho más en mi casa. Tenía en la mano la gorrita, con la marca de la empresa en la que trabajaba bordada, y su uniforme con la chombita bordada igual. Yo lo había escuchado que trabajaba para esa empresa, pero había supuesto que tenía un cargo más importante. Pero no, salía con la camioneta a levantar los pedidos en los comercios, ya no sonaba tan interesante. Hablamos de un par de trivialidades más, un poco incómodos los dos. Sabíamos a qué había venido, pero de golpe no resultaba tan natural. Hablamos de trabajo, de intereses y otras cosas. De golpe descubrí que no teníamos tanto en común. A él no le gustaban mucho los libros, segun sus palabras, no leía ni el diario. Respecto a sus estudios, había hecho un profesorado en educación física que no había terminado y luego se había dedicado a trabajar. Y no mucho más. Seguimos charlando un poco más, sentados a la mesa de mi living, mientras nos íbamos acercando de a poquito, hasta que finalmente nos besamos…

Ir a Post siguiente: 120. Hakuna Matata (3).

118. Hakuna Matata

Para los que no recuerden la expresión “Hakuna Matata”… fijense acá y acá.

Por supuesto que a El Lento no volví a verlo. Charlamos un par de veces más como buenos amigos, pero ante sus invitaciones a salir o al cine, yo siempre estaba ocupada, o enferma o cansada, hasta que él mismo se cansó de invitarme. Y la cosa quedó ahí. Debo decir además, que nunca volví a tener noticias del Cacho de Carne tampoco. Simplemente nunca más me llamó, ni yo a él, tal como me lo había prometido, aunque más adelante volviera a aparecer de una manera u otra. Ya lo contaré a su tiempo. Un día, posiblemente antes de lo que pasó con el lento y el enfermito (disculpen el desorden pero la memoria a veces no retiene tanto detalle) recibí un mensaje de texto de un número desconocido. Era a la tardecita y yo estaba en la calle, yendo para mi casa. El mensaje decía:

¿Como anda la psicóloga más linda de Buenos Aires?

Nada más que eso. Y yo no tenía ni la menor idea de quién lo enviaba. Aunque para ser sincera… lo sospechaba. Respondí.

Bien, gracias… ¿Pero quién sos? No tengo tu número registrado…

A los pocos minutos recibo su respuesta:

Adiviná…

Me dijo haciéndose el misterioso… Y lo pensé. ¿Y si arriesgaba y me equivocaba? ¡Qué verguenza! Pero no había mucha opción. No recordaba haberle dado mi número a nadie, y menos a alguien que no me hubiera dado el suyo a cambio, tenía que ser él. Le contesté:

mmmm… ¿El Rey León en persona?

Arriesgué. Y se lo dije tal cual lo escribo acá, era una especie de chiste…

Jajaja… sí, como andas linda?

Me contestó. Así que era él, finalmente había aparecido… Le contesté, un tanto osada:

Todo bien, dice mi gata que quiere conocerte…

No se porqué, pero después de lo desastroso que había sido nuestro último encuentro y aún sabiendo que estaba casado, todavía tenía ganas de volver a verlo. Sería el recuerdo de esos ojos verdísimos, la sensación de que teníamos algunas cosas en común, o la esperanza que con más tiempo y en lugar más cómodo las cosas fueran totalmente diferentes. No se porqué, pero este tipo me gustaba. Sus mensajes habían logrado ponerme nerviosa y me moría de ganas de volver a verlo. Unos instantes más tarde su respuesta me dejó sin aire:

Jajaja… decile que yo también, ¿Me invitás?

Intercambiamos un par de mensajes más para ponernos de acuerdo con los horarios. Él vivía en provincia pero trabajaba en capital, la idea era encontrarnos algún día en su horario de almuerzo, en mi casa. Arreglamos para el día que yo tenía libre al mediodía, en esa época entraba a trabajar a las 15.00. Me aclaró podía llamarlo o mandarle mensajes cuando quisiera, pero siempre antes de las 16.00, porque sino podía meterlo en problemas. Le dije que por supuesto no hacía falta la aclaración, que no lo iba a molestar. Mi intención no era causarle problemas a nadie. Así que quedamos para el miércoles siguiente, a eso de las 12.00, en mi casa. Le dí la dirección y no me quedó otra que esperar… Mientras volvía a casa me temblaban las piernas de la ansiedad…

Ir a Post siguiente: 119. Hakuna Matata (2).

109. Volviendo a la rutina (2)

Última semana de febrero de 2008

Ya había vuelto a la rutina y el lunes había que volver a trabajar. Tenía mis dudas que El Rey Leon volviera a llamarme y la idea que me rondaba la cabeza era que hacer con el Cacho de Carne. ¿Llamar o no llamar? Por un lado me daba bastante bronca su actitud de no contestar mi mensaje despues de tanto tiempo y ni dar señales de vida. Por otro lado habíamos quedado en que lo llamaba yo, no podía esperar que él lo hiciera. Lo iba a llamar, pero no pensaba hacerlo ese mismo lunes. No quería quedar como una desesperada. Aunque la cabeza me carcomía. Así que esperé. De paso esperaba a ver si él se decidía a aparecer, pero no. Pasó el lunes, pasó el martes y llegó el miércoles. Cada vez me daban menos ganas de llamarlo, pero habíamos quedado en algo y yo siempre cumplo con mi palabra. Así que el miércoles a la noche agarré mi celular y marqué su número. Sonó, una, dos, tres veces… nadie atendía. Dejé sonar una cuarta y quinta… nada. No le iba a dejar un mensaje en el contestador. Odio los mensajes grabados. Corté. Y lo odié. Mientras pensaba que hacer hablaba con mis amigas por msn.

Des

-Es un hijo de puta, no me contestó el mensaje, ahora no me atiende. ¿A qué está jugando?

La Morocha

-No seas tonta, esperá un rato y volvelo a intentar, capaz que está ocupado…

Des

-Puede ser amiga, pero no creo. Igual lo voy a volver a intentar. Esperame ahi…

Y volví a intentarlo, habían pasado unos 20 minutos. Volví a marcar, desde mi celular, él debía tener registrado el número. Y otra vez sonó, una, dos …cinco veces, y corté.

Des

-Otra vez no me atiende Morocha! Ya fue. Se está haciendo el lindo conmigo y eso a mí no me va…

La Morocha

-Y… quien sabe, no? Pero no habían quedado bien la otra vez?

Des

-Sí! Por eso no entiendo nada, había estado re cariñoso cuando se fue… parecía que daba para…

La Morocha

-Estos hombres, Des… ¿Quién los entiende?

Des

-No se, amiga. A mí me suena a que me está queriendo demostrar algo. Primero me dice que “él no es un cacho de carne” y después me coge y desaparece…

Ahora el “Cacho de Carne” soy yo???

La Morocha

Jajajaja…. Bueno, no te lo tomes así, él se la pierde..

Des

Más vale qué él se la pierde! Yo no soy un Cacho de Carne de nadie!!! Además ni siquiera me cogió tan bien…

Igual voy a hacer un último intento y lo doy de baja…

Le dije a La Morocha. Y Lo intenté por última vez. Volví a marcar su número pero esta vez desde el teléfono fijo de casa. Él no tenía ese número y quería ver si atendía, al menos por curiosidad. Pero fue igual. Sonó, sonó, y nunca atendieron. Eso es todo, me dije. No pienso llamar a nadie más de tres veces sin que me contesten, si le intereso, tendrá registradas las llamadas perdidas y me llamará él. Lo que es yo, esa historia ya la di de baja en mi cabeza, a otra cosa…

Ir a Post siguiente: 110. El regreso…

108. Volviendo a la rutina

Domingo 24 de febrero de 2008

Se habían acabado las vacaciones, eso era todo. Después de dormir un par de horas nos levantamos, desayunamos y armamos los bolsitos. El día estaba lindo así que nos fuimos para la playa, nuestro micro salía a la tarde. Les conté toda la aventura de la noche anterior, que no había resultado tal como la imaginaba. Igual seguía pensando en esos ojitos verdes. Hacía un tiempo que venía rondandome la idea de que un hombre casado era lo mejor que podía conseguir: No me iba a volver loca, ni a hacer escenitas de celos, para eso tenía a la otra. Conmigo solo sexo y pasarla bien, una vez cada tanto. La idea sonaba bien, era una fantasía interesante. Total enamorarme no estaba en mis planes. Ya me estaba dando miedo que cada vez que me enamoraba de alguien terminaba siendo un idiota o un enfermito. Pero las dudas rondaban mi cabeza. ¿Qué onda este flaco? No me había dado su número, ¿Me llamaría? No me quedaba otra que esperar. Respecto al sexo… sólo pensaba que podía mejorar, y mis amigas estaban de acuerdo en eso. En la playa nos encontramos con Toto y Ricardo, que seguían intentando levantarse a La Colo y la Morocha, pero esta vez traían refuerzos. Estaba el hermano de alguno de ellos, un flaco musculoso y de pelo largo, que se la pasó toda la tarde mostrando lo marcaditos que tenía los abdominales y contando que era profe de gimnasia (como si a mi me importara… Yo había empezado el profesorado en algun momento y lo había dejado poco antes de recibirme, conozco el ambiente y no me tienta!). Tenía novia además, pero no parecía importarle demasiado. O sí, no sé. Porque lo que es yo, no le di ni bola, pobre flaco. Mi cabeza rondaba entre El Rey Leon, y El Cacho de Carne. La cercanía a la vuelta a Buenos Aires me había recordado mi promesa de llamarlo a la vuelta. Pero él no había respondido mi mensaje en casi diez largos días. ¿Qué tenía que hacer? ¿Llamar o no llamar? Dudas y más dudas. Me daba tanta bronca llamarlo, pero sabía que iba a terminar haciéndolo. Finalmente Toto y Ricardo, jugando a los noviecitos con mis amigas nos pasaron a buscar con el auto por el hotel, cargaron los bolsitos y nos dejaron en la estación. Nunca me cayeron del todo bien, pero debo confesar que se portaron como dos caballeros. Subimos al micro rumbo a Baires y al fin de nuestras vacaciones. La habíamos pasado muy bien juntas y se había empezado a afianzar lo que sería una larga amistad. Fue un viaje largo, y como suele pasar no me pude dormir. Tenía muy pocas ganas de volver a mis actividades laborales rutinarias y muchas dudas en la cabeza, pero ya las resolvería en el transcurso de esa semana. En el medio del viaje, ahora recuerdo, pasó algo muy raro. Mientras todos dormían, ya tarde a la noche, dos señoras al otro lado del pasillo hablaban y hablaban mirando unas fotos. En un momento una de ellas se acerca y me muestra una foto, y me dice:

-Mirá esta foto, las sacamos con un celular, ¿Vos que ves acá?

-Hay dos personas de frente, y una medio de espaldas entre los dos, con capucha…

Era un figura blanca medio borrosa que se veía en el medio…

-¿Viste?? Nosotras vemos algo parecido, pero ahí solo estaban mi nieta y su marido, será un fantasma?

-Que raro… ¿La habrán revelado mal?

Fue lo único que atiné a decir, y preferí no decir más nada. Yo no creo en esas cosas…

Ir a Post siguiente: 109. Volviendo a la rutina (2).

107. El Rey Leon (3)

Advertencia: no apto para menores…

Estábamos en el estacionamiento del boliche, sin un solo auto alrededor. Estaba muy oscuro todavía, serían las cuatro y algo de la madrugada. Nos acomodamos en el asiento de atrás y empezamos a besarnos y a tocarnos con mucha intensidad: teníamos algo pendiente de la noche anterior. Me saqué las sandalias de taco alto que tenía y las revoleé por ahí, junto con mi cartera, de la cual solo saqué un preservativo y se lo dí. Lentamente le abrí el cierre del pantalón y me agaché. Empecé a chupársela mientras él me quitaba parte de la ropa. Las cosas estaban un tanto complicadas porque él tenía una rodilla lastimada y casi no podía flexionar la pierna, y en un auto no da para sacarse toda la ropa. Así que nos acomodamos como pudimos, así a medio vestir. Yo me flexioné hacia adelante, en el espacio entre los dos asientos delanteros apoyandome como podía y el empezó a penetrarme por atrás, todavía medio sentado, obviamente, después de ponerse el preservativo. Se movía como podía, un tanto descoordinadamente, pero cada vez con mayor intensidad, hasta que en pocos minutos acabó. No estaba mal, pero tampoco era maravilloso y debo decir que fue bastante más breve de lo que me esperaba. La noche anterior había sido más prometedora. Apenas terminó empezó a vestirse nuevamente, así que yo hice lo mismo, juntando mis pantalones y mis zapatos que estaba desparramados por todo el auto. En cuanto terminó me dió un beso y dijo:

-¿Vamos?

Le contesté que sí, bastante desilusionada de que eso fuera todo. Pero suponiendo que en una situación más cómoda las cosas podían ser mejores. O al menos eso quería creer. Me llevó hasta la avenida y abrió la puerta para que me subiera en uno de los remises que esperaban en la puerta del boliche. Me dió un beso y dijo:

-Hablamos.

Le contesté que sí, aunque sabía que finalmente no me había dado su teléfono supongo que por temor a que una llamada mía lo metiera en problemas. Así que tendría que esperar un llamado de él. Me bajé del auto, con una sensación agridulce en la garganta. A veces no sé qué es peor, si desilusionarse o quedarse con las dudas. Pero veamos los aspectos positivos: la noche anterior me había quedado con las ganas, al menos me había sacado de encima esa sensación. Y por otra parte a mis 29 años, nunca lo había hecho en un auto, ¡siempre hay una primera vez! Había conseguido lo que creía que quería, pero ¿Estaba satisfecha? A decir verdad las cosas no habían resultado tal como esperaba, y lo más probable era que nunca me llamara, para comprobar si de alguna manera podía ser mejor. Con esa sensación ambigua en el pecho me subí al taxi y me fui al hotel, a dormir un par de horitas antes de levantarme para armar el bolsito y partir, esta vez de vuelta a Buenos Aires y la rutina de todos los días…

Ir a Post siguiente: 108. Volviendo a la rutina.