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100. Mal humor y recuerdos adolescentes (2)

Como venía contando, aquella madrugada del año noventa y pico, a mis escasos 16 (que parecían menos) volví caminando triste y sola hasta el departamento de mis viejos en la costa. Seguí triste durante gran parte de ese año, rememorando aquellos besos y su perfume, asociado a la vista del amanecer en el mar. La escena parecía cada vez más romántica en mi recuerdo. Pero era chica y no entendía nada. Simplemente no entendía qué había pasado. Solo muchos años más tarde pude comprender la escena completa, cuando recordé el diálogo que habíamos tenido en el balcón antes que se fuera para siempre. Era algo así:

Él:

-Sos muy linda…

Yo

-¿En serio?

Le preguntaba anonadada, mientras me ponía colorada. Era super tímida y además me sentía feísima con mis anteojitos de nerd.

Él:

-Sí, obvio. ¿Nunca te lo dijeron?

Yo

-No… jijiji

Le volvía a contestar mientras seguía poniendome colorada y tenía esa molesta risita nerviosa. Ahí apoyé mi cabeza contra su hombro y me relajé, olía tan bien…

Él:

-¿No querés que vayamos a la playa?

Yo

-¿A la playa? ¿Para qué?

Preguntaba yo en mi inocencia, sin comprender el motivo de su propuesta (que ahora me parece tan obvio). No entendía mucho, pero en aquella época decía que “no” con la misma facilidad que en el último año había aprendido a decir que “sí”, y además en su propuesta algo me olía mal…

Él:

-No sé, para estar juntos un rato… ¿Qué te parece?

Yo

-No. No me parece.

Le contesté, por supuesto él insistió un rato pensando que podría llegar a convencerme, pero soy bastante cabeza dura y la insistencia no es un buen recurso conmigo. Seguí diciéndole que no, seguramente con alguna excusa estúpida e infantil como “mis viejos no me dejan” o “no puedo volver tan tarde”. Por supuesto la escena siguió como ya todos sabemos. Me dió un par de besos más, y como yo seguía firme en mi postura me dijo algo así como:

-Esperame acá, voy a buscar a mis amigos y de paso busco un papel para anotar tu teléfono, ya vuelvo…

Y nunca volvió. Me fui a dormir bastante angustiada, después de este compartir este recuerdo con mis amigas, y pensando si todo mi acting de los últimos meses, de andar de flaco en flaco y dejándolos plantados cuando se me cantaba como si fueran objetos no sería una pequeña venganza mía contra tipos como ése de mi recuerdo adolescente. El Rubio solo me había hecho recordar, pero el enojo no era con él…

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99. Mal humor y recuerdos adolescentes

Esa madrugada entonces me volví sola al hotel, en un taxi, cada vez de peor humor. Estaba enojada con El Rubio por ser tan brusco conmigo y tan insistente. Odio la gente insistente, cuando digo “No” es “No”, y de alguna manera me había sentido forzada un poco, cosa que no me pasaba hace mucho, casi desde mi adolescencia. Llegué al hotel y me senté a mirar el amanecer por la ventana del pasillo del hotel, que daba a la playa. Al rato llegaron mis amigas, muertas de risa desde el boliche. Les conté mi aventura con El Rubio y se quedaron sorprendidas, no entendían porqué estaba tan enojada, y en parte yo tampoco. Se veía claramente que mi enojo era desproporcionado, y si bien él se había portado como un tarado, tampoco era para tanto. Me quedé pensando qué habría pasado para reaccionar así. Lo primero que me pasó por la cabeza fue que El Rubio me había ubicado en un lugar distinto al que últimamente me resultaba tan cómodo. De alguna manera hasta ese momento, era yo la que decidía hasta dónde llegar y dónde se terminaban los jueguitos. Había adoptado una posición más masculina en la que era yo la que ponía al otro en la posición de objeto y de alguna manera los usaba, y cuando me cansaba los descartaba. Siempre me sentí más cómoda cuando era yo la que controlaba la situación. En cambio con El rubio las cosas se habían dado exactamente al revés. Creo que lo que más me enojo fue que no demostró el más mínimo interés por saber nada de mí: no me preguntó ni mi edad, ni a qué me dedicaba, ni dónde vivía, todo había girado alrededor de él. Incluso me había dado su tarjeta con su teléfono sin siquiera pedirme el mío. Que no se lo hubiera dado, por otro lado. Pero una cosa es decidir no darle mi número a alguien y otra muy distinta es que ni te lo pidan. Estaba bien claro que yo quedaba en lugar de un objeto bonito para manosear un rato y nada más, y de última presionar a ver hasta dónde cedía. Ahí recordé otra escena similar que me había ocurrido de mi adolescencia. Tenía 16 años y estaba de vacaciones con mi familia en otro balneario de la costa. Había ido a bailar con amigas a la noche. Ahí conocí un chico y estuvimos besándonos un rato en el balcón del boliche que daba al mar. Estaba amaneciendo. Debería aclarar que en aquel momento de mi vida yo era casi lo opuesto a lo que cuento en este blog. Super tímida, muy inhibida, vivía diciendo que “no”. Sólo había besado a alguien una vez en mi vida y no había sido la mejor experiencia de mi vida, y de eso ya había pasado casi un año. Estaba con este chico en el balcón del boliche, a los besos, y se sentía maravilloso. Recuerdo un abrazo en el que yo apoyaba la cabeza en su hombro y sentía su perfume, casi creía que estaba enamorada. En eso este chico me dice que se iba a buscar a los amigos y volvía en un rato, y yo lo esperé, y lo esperé, pero nunca volvió. No nos habíamos dado los teléfonos (y en esa época no existía el mail). Lo esperé en el balcón, después adentro, bajé a la planta baja y seguí esperandolo un buen rato en la puerta, pero nunca apareció. Mis amigas ya se habían ido y recuerdo volver caminando a mi casa, ya de día, y muy triste…

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98. Por fin, Vacaciones (5)

Me dejé llevar entonces, de la manito por El Rubio al sector VIP del boliche. Que no era más que un mugroso entrepiso, a pocos escalones de distancia de la pista, poblado de mesas y sillones y cerrado unicamente por una soguita. Estaba cerrado y no había nadie, pero se veía toda la pista, así como desde la pista se veía todo lo que pasaba apenas unos metros más arriba. Nos sentamos en un sillón y empezamos a besarnos cada vez con mayor intensidad, mientras El Rubio metía sus manos primero por encima de mi minifalda de jean y mi musculosa, y luego directamente por debajo, sin ningún disimulo. Ahí lo paré. Una cosa es el “¿Porqué no?” por el que me venía guiando hasta ahora y otra muy diferente es hacer un espectaculo publico de eso. No señor. Si querés tener sexo comigo al menos dignate a invitarme a un lugar más cómodo y más íntimo, ¿shows gratis?? No, gracias. Le dije entonces que se ubicara, que estábamos a la vista de todo el mundo y se tranquilizó un poco, pero a los pocos minutos volvió a la carga. Este chico no soportaba que le dijeran que no y no tenía sentido seguir discutiendo, así que me levanté y simplemente me fui, sin pronunciar palabra. Volví a la barra de afuera donde todavía estaba Juanjo, uno los chicos del boliche de los que nos habíamos hecho amigas. Le dije:

-Juanjo, tu amigo El Rubio es un desubicado.

A lo que recibí risas por toda respuesta, se ve que ya lo conocían. Pedí algo para tomar y seguí charlando con ellos en la barra. Después volví a la pista para ver qué estaban haciendo mis amigas, pero la cosa seguía más o menos de la misma manera. La Morocha estaba bailando con Toto y La Colo alternaba entre Ricardo y alguno de los pendejitos del hotel. De golpe siento que alguien me toma de la mano y me sorprendo. Me doy vuelta y lo veo al Rubio, pensé que me iba a preguntar porqué me fui, pero no fue así, Me llevó para la barra de afuera y empezó a besarme nuevamente como si no pasara nada. Yo no entendía mucho. Al rato empieza a hablarme al oído:

-Linda, no querés venir a la casa conmigo?

Me decía mientras me acariciaba la espalda y más abajo también.

-¿Vos decís a la “casa de gran Hermano”? Ahí donde duermen 20 en 4 habitaciones???

Le pregunté sorprendida. No podía pensar en un lugar menos íntimo…

-Sí, porqué no?

Me contestó, aparentemente no me entendía, o le importaba muy poco comprender…

-Ni en pedo -le contesté- No me parece un lugar muy íntimo y no da.

Y directamente, busqué mi cartera y me fui. Definitivamente era un idiota o todo le daba igual, pero a mí no. Me fui hasta la calle, paré un taxi y me volví al hotel, cada vez más enojada con la situación y sin entender demasiado porqué…

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97. Por fin, Vacaciones (4)

Esa misma noche fuimos al boliche, como ya se estaba haciendo costumbre. Al rato cayeron los pendejos del hotel, que nos habían escuchado decir durante la cena que íbamos a estar en ese boliche, que por otro lado es el más grande de ese balneario de la costa, y creo que el único que estaba abierto a esa altura de la temporada todos los días de la semana. Empezamos a bailar en grupo, nosotras tres con los chicos del hotel, y los RRPP del boliche de los que nos habíamos hecho amigas iban y venían.  La Colo y La Morocha ya le habían echado el ojo cada una a uno de los pendejitos. A mi no me convencían, eran de verdad muy pendejos, apenas pasaban los veinte. Seguimos bailando mientras tomábamos uno que otro trago y nos moríamos de risa, hasta que vemos entrar a los dos dormidos de la playa: Toto y Ricardo, que se unieron al grupo y empezaron a bailar con La Colo y La Morocha. La situación empezaba a ponerse rara y me escapé, las dejé tranquilas que vieran que onda. A mi no había nada que me interesara por ahí. Me fui a la barra de afuera a tomar algo con mis amigos RRPP del boliche, que me presentaron a otro, El Rubio. El Rubio era también relaciones públicas de ese boliche de la costa y de otro muy top de capital, en palermo. Me dió su tarjeta (¿Porqué será que los RRPP andan dando tarjetitas por ahí como si fueran importantes??) y empezamos a hablar. Estaba bueno, aunque los rubios en general no son mi estilo. Tenía lindos ojos azules, buen bronceado y una sonrisa perfecta, aunque era medio petisito. Y yo estaba taaaan aburrida mientras mis amigas se entretenian entre lerdos y pendejos que me quedé hablando con él. Me contaba de la casa donde paraban los chicos que trabajan en el boliche a la que cómicamente habían bautizado “la casa de gran hermano”. Una casa grande en la que todos tenían que convivir, y contaba anecdotas de la convivencia, el desorden, la ropa, las comidas. Mientras  se daba chapa contándome que él era el encargado del VIP. ¿A quién carajo le importa nene? ¡Trabajás en un boliche, no te la des de importante! Pensaba para mí, pero seguía hipnotizada por sus ojos azules y su blanca y enorme sonrisa. Empezó a darme unos besos ahí nomas en la barra y lo dejé, no estaba mal y de paso me levantaba un poco la autoestima. Un poco más tarde me invitó a conocer el salón VIP, y lo dudé un poco, pero me agarró de la mano y me llevó, y yo lo seguí…

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