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Ilegalmente triste.

Mañana es el Día de la Madre, día en el que, salvo que hayas perdido recientemente a tu madre, no está permitido ponerse triste. Mi Madre está viva y goza de buena salud. No tengo “motivos” para estar triste. Pero como a mi me chupa un huevo lo que piense el resto del mundo lo digo igual.

El día de la Madre me pone triste.

       JÓDANSE.

Y si les molesta no sigan leyendo.

Si les interesa les cuento porqué.

Tengo recuerdos. Muchos recuerdos. De muchos Días de la Madre. Recuerdo levantarnos temprano con mi Papá y mi Hermana. Luego con mi Papá y mis dos Hermanas. Mientras Mamá dormía, en voz baja y cuchicheando preparar un buen desayuno, con bandeja para comer en la cama. Con la complicidad y la alegría de preparar una sorpresa, de agasajar a alguien querido. Recuerdo a Papá salir despacito a comprar medialunas. O Flores. O las dos cosas. Recuerdo ir caminando los tres o los cuatro, entre risitas ahogadas y cuchicheos, llevando la bandeja, las flores, el regalo. Recuerdo despertar a Mamá con el desayuno en la cama, las flores y el regalo cantando todos a coro

Felíz Día, Mamaaaaaa, Feliz Diiiiiaaaa mamaaaaaaaaaa, Feliz Diiiiiiiaaa, Feliz Diiiiiaaaaa, Feliz Diiiiaaa Mamaaaaaaaaa

Son recuerdos felices, cálidos y alegres. Mucho antes de las peleas y los gritos, mucho antes de que mis padres se separan. Todo eso tan lindo y tan pegado en mi memoria al “Día de la Madre”, eso que me gustaría experimentar, al menos una vez en la vida.

Eso que SE BIEN que NUNCA me va a pasar.

Déjenme estar triste en paz.

Y no me jodan.

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62. Un deseo de Año Nuevo

del Otro Lado: Sombras a un costado. Vigésimonoveno.

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31 de Diciembre de 2008 (hace un poquito más de un año!)

Después de mucho desearlo, y gracias a la tan odiada crisis financiera pude por fin renunciar a mi esclavizante y horrible trabajo en el call center de un banco a cambio de una suma que no me salvaba la vida, pero por lo menos me permitía vivir unos cuantos meses tranquila. El año terminaba mejor de lo que había comenzado. No tan divertido, pero con más posibilidades. Animarme a largar lo seguro y jugármela a intentar vivir de mi profesión no había sido una decisión fácil. Me había costado muchas ansiedades y lágrimas, que no tenían un hombro amigo donde caer. Si, hubiera sido mucho más fácil decidirlo si no hubiera estado solita. Si mantener mi casa hubiera sido un proyecto de a dos. Pero últimamente los tipos que conocía parecían no valer la pena. No para más de un polvo o dos, por lo menos. Asi que seguía solita. Nada de volver a engancharme con un tarado, era mi lema del último año y por ahora venía funcionando.

La cena de año nuevo fue de lo más bizarra esa noche. Sigue leyendo 62. Un deseo de Año Nuevo