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Triste, Solitario…

Agosto de 2013.

-¿De verdad estás en lo de Franco?

Decía mi mensaje. Su respuesta no se hizo esperar.

-Si… ¿Por?

-Ya lo sé. Encontré algo… ¿De verdad estás en lo de Franco?

-…no.

-Vení a casa. Tenemos que hablar.

Dije, con el corazón latiendo a milquinientos por hora.

Y esperé, esperé y esperé. Algo. Una respuesta.

Hasta que finalmente apareció, después de cinco o diez larguísimos minutos.

-Voy. Estoy lejos, voy a demorar un poco. Si querés hago un bolso y me voy.

-No. Primero quiero que hablemos.

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Volver… (IV)

Agosto de 2013.

Llegó la mañana del sábado y él se fue para la casa de Franco. Temprano. Para ayudarlo a prender el fuego.

Y las dudas seguían acumulándose en mi cabeza. Algo me sonaba raro. De golpe empecé a atar cabos. Recordé que justo la semana anterior se había ido el viernes a la tarde con la excusa de una Reunión del Partido y había vuelto de madrugada. Y sin ir más lejos… la semana anterior… ¡también! Yo nunca había desconfiado… nunca había sido celosa. Ni siquiera aquel día cuando viajando en el tren a la mañana y por casualidad antes de mandarle un mensaje me apareció que su ultima conexión había sido a las tres de la mañana. A las tres de la mañana en un día de semana, cuando yo dormía hace un rato largo ¿Con quién carajo hablaba? ¿Y para qué se fue tan temprano? ¿Si las veces que fuimos a asados en la casa de Franco nunca comimos antes de las cuatro?

Mi cabeza empezaba a dar vueltas…

En cuanto el nene se durmió la siesta y tuve la casa tranquila y toda para mí… se me dió por buscar.

Yo nunca había buscado. Nunca le había revisado nada. Solo confiaba.

Pero ese día busqué. Metódicamente. Abrí su placard y revisé bolsillos, miré papeles. Revisé su cajón de la mesa de luz. Miré sus archivos en la computadora… Hasta que encontré su Bolso. Ese con el que iba y venía y en el que juntaba papelitos.

Lo abrí.

Saqué papelito por papelito.

Leí atentamente sin perder detalle.

Algo estaba buscando, aún no sabía qué, pero buscaba. Encontré su anotador. Él que se las daba de “escritor” andaba por todos lados con un anotador en su bolso donde apuntaba ideas, escenas, diálogos. Lo abrí y empecé a leer. Leí hojas y hojas de ideas sueltas, garabateadas con letra ilegible en trenes y subtes. Hasta ahí nada sospechoso…

Seguí pasando hojas hasta que encontré una diferente…

Mi corazón empezó a latir más fuerte y la cabeza me daba vueltas mientras leía una hoja escrita con letra prolijísima y fechada hacía un mes atrás. Era un poema, y por la fecha, claramente no era para mí. Lo leí y lo releí unas cuántas veces, tratando de entender lo que estaba pasando. Había cosas medio en clave, como de la complicidad de dos que se conocen y que yo no entendía, palabras raras, bien a su estilo. Y terminaba en un hermoso

Te amo

Soy tuyo

y vos sos mía….

que se me quedó atragantado…

Volver… (III)

Julio / Agosto  de 2013

Mis días pasaban de charla en charla en Badoo, de pelea en pelea con él, de llanto en llanto cuando tenía un rato a solas, entre el nene y el trabajo. Esos ratitos de charla irrelevante (o no tanto) con desconocidos eran lo único que me desconectaba de mi espantosa realidad. Mis días por esa época eran básicamente levantarme, llevar a mi hijo al jardín, previa discusión matutina, limpiar, ordenar, trabajar, ir a buscar a mi hijo al jardín, romperme la cabeza para pagar las cuentas, volverme loca para conseguir más trabajo, discutir con él que a todo esto estaba tirado mirando series en la compu, seguir trabajando, lavarme la cara para que no se note que estuve llorando, disimular.

Una mierda, bah.

Lo peor de todo es que no lograba entender. No lograba entender porqué él que hasta hace unos meses me decía que me amaba de un día para el otro dejó de hacerlo. No lograba entender porqué eran tan vagas sus respuestas a mis preguntas, porqué no se acercaba, porque no lo intentaba, porque no…

Supuse que tal vez estaba deprimido. Hacía rato que estaba sin trabajar, lo veía mucho tirado, mucho de mal humor. Le sugerí que empezara terapia. Incluso le conseguí una colega que se ofreció a atenderlo gratis en un hospital público sin que tuviera que esperar meses por un turno.

-Sí, en la semana la llamo…

Dijo, y nunca llamó.

-No me rompas las pelotas…

Fue la única respuesta que obtuvo mi inútil insistencia.

Estaba completamente desorientada.

Pero también seguía enojada, dolida, cansada, frustrada. Una combinación altamente explosiva.

Uno de esos días, como en una charla casual, me dijo

-Éste sábado es el cumple de Franco, hace un asado en la casa. Imagino que no vas a querer venir…

-No…

Le contesté inocentemente. Su amigo Franco me resulta, (perdón por la redundancia) francamente desagradable. Un Cheto insoportable, egocéntrico como él solo capaz de estar hablando un rato largo de cuánto gastó en ésto o aquello o de sus viajes por el mundo. Capaz de estar horas lloriqueando porque una minita no le dio bola y absolutamente borrado cuando se engancha con una nueva. No me lo fumaba, y él lo sabía.

En ese momento no me dí cuenta, pero algo me empezaba a picar…

algo… algo… no me cerraba…