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110. El regreso…

Primeros días de Marzo de 2008

Un día como cualquier otro, salía del trabajo, tarde como siempre. Me tomé el colectivo de siempre, en la esquina de siempre y viajaba tranquilamente, hasta que algo raro me nubló la vista. Me refregué los ojos para ver nuevamente: no podía ser. Justo al lado del colectivo de siempre, en la calle de siempre, veo una auto que me resultaba llamativamente familiar. Era el auto del Enfermito. No podía ser, me fijé de nuevo, solo para estar segura. Pero ese auto era inconfundible. Blanco y viejo, bastante roto y con detalles claramente reconocibles. Tenía los faroles de atrás pintados de plateado y recordaba de memoria la patente. Definitivamente era él. Y yendo para el lado de mi casa. El corazón se me salía del pecho de la angustia. ¿Estaba yendo para mi casa? ¿Qué hacía? ¿Me seguía? ¿Tendría la llave de abajo todavía? ¿Me estaba volviendo paranoica? Me paré y me fui para el lado de adelante del colectivo, para ver que hacía. Seguía derecho por la misma calle del colectivo hasta que lo pasó y lo perdí de vista. Al bajar del colectivo en la esquina de mi casa miré para todos lados, para ver si lo veía. Pero no lo ví. Seguía angustiada. Era como ver un fantasma, después de tanto tiempo. Bah, en realidad no era tanto, solo un poco más de tres meses. Pero había pasado tanta agua debajo del puente que creí que no iba a volver a saber de él. En realidad después de los mails no había vuelto a tener noticias suyas. Solamente algunas madrugadas en las que el telefono de mi casa sonó y al atender, solo silencio del otro lado. Solamente podía ser él. Pero nada más. Después de unas horas de asustarme y putearlo y pensar que hacer me tranquilicé y decidí no hacer nada. Por ahora no había pasado nada, solo verlo. O a su auto más bien. ¿Y si lo había vendido? Ahí quedaron las cosas hasta ese mismo sábado. Habíamos quedado en salir con las chicas y nos juntamos en casa. Comimos algo, tomamos unos vinos, nos pusimos lindas y nos divertimos. El plan era ir a bailar a un bolichito cerca de casa en el que conocíamos a uno de los rrpp y entrabamos siempre gratis. Salimos a eso de la 1 y pico con rumbo al boliche y en cuanto abrí la puerta… casi me muero. Ahí nomás, estacionado en la puerta de mi casa, su auto. Se me aflojaron las rodillas y me quedé petrificada mirándolo, mientras mis amigas me preguntaba qué pasaba.

-Colo, haceme el favor, no puedo ni mirar, fijate si la patente es la de él.

Le dije a mi amiga y le indiqué el número de patente. Después de escuchar su confirmación me angustié más todavía.

-¿Qué hace acá? ¡Justo acá! ¡En la puerta de mi casa!! ¿Qué hago? ¿Hay alguien en el auto?

-No hay nadie amiga, lo ves por ahí? -Me preguntó La Colo…

Miré a mi alrededor, la vereda de enfrente y las esquina y no vi ninguna silueta conocida..

-No, no lo veo… andará por ahí? ¿Tendrá la llave de abajo de casa todavía? ¿Estará dentro del edificio?? -pregunté.

-Nena tendrías que ir a hacer la denuncia, mirá si te hace algo?? -dijo Caro.

-No, Caro… ¿qué me va a hacer? Es un enfermito pero no es un violento… No creo que me haga nada. Tal vez vendió el auto y no es él… Aunque sería mucha casualidad que se lo haya vendido a algún vecino…

Con la ayuda de mis amigas junté fuerzas, respiré hondo y salimos para el boliche, aunque la onda ya no era la misma. No podía dejar de pensar en distintas hipótesis y el efecto del alcohol se había desvanecido como un suspiro. Y por más que lo intenté y lo intenté, esa noche no hubo caso de volver a emborracharme…

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108. Volviendo a la rutina

Domingo 24 de febrero de 2008

Se habían acabado las vacaciones, eso era todo. Después de dormir un par de horas nos levantamos, desayunamos y armamos los bolsitos. El día estaba lindo así que nos fuimos para la playa, nuestro micro salía a la tarde. Les conté toda la aventura de la noche anterior, que no había resultado tal como la imaginaba. Igual seguía pensando en esos ojitos verdes. Hacía un tiempo que venía rondandome la idea de que un hombre casado era lo mejor que podía conseguir: No me iba a volver loca, ni a hacer escenitas de celos, para eso tenía a la otra. Conmigo solo sexo y pasarla bien, una vez cada tanto. La idea sonaba bien, era una fantasía interesante. Total enamorarme no estaba en mis planes. Ya me estaba dando miedo que cada vez que me enamoraba de alguien terminaba siendo un idiota o un enfermito. Pero las dudas rondaban mi cabeza. ¿Qué onda este flaco? No me había dado su número, ¿Me llamaría? No me quedaba otra que esperar. Respecto al sexo… sólo pensaba que podía mejorar, y mis amigas estaban de acuerdo en eso. En la playa nos encontramos con Toto y Ricardo, que seguían intentando levantarse a La Colo y la Morocha, pero esta vez traían refuerzos. Estaba el hermano de alguno de ellos, un flaco musculoso y de pelo largo, que se la pasó toda la tarde mostrando lo marcaditos que tenía los abdominales y contando que era profe de gimnasia (como si a mi me importara… Yo había empezado el profesorado en algun momento y lo había dejado poco antes de recibirme, conozco el ambiente y no me tienta!). Tenía novia además, pero no parecía importarle demasiado. O sí, no sé. Porque lo que es yo, no le di ni bola, pobre flaco. Mi cabeza rondaba entre El Rey Leon, y El Cacho de Carne. La cercanía a la vuelta a Buenos Aires me había recordado mi promesa de llamarlo a la vuelta. Pero él no había respondido mi mensaje en casi diez largos días. ¿Qué tenía que hacer? ¿Llamar o no llamar? Dudas y más dudas. Me daba tanta bronca llamarlo, pero sabía que iba a terminar haciéndolo. Finalmente Toto y Ricardo, jugando a los noviecitos con mis amigas nos pasaron a buscar con el auto por el hotel, cargaron los bolsitos y nos dejaron en la estación. Nunca me cayeron del todo bien, pero debo confesar que se portaron como dos caballeros. Subimos al micro rumbo a Baires y al fin de nuestras vacaciones. La habíamos pasado muy bien juntas y se había empezado a afianzar lo que sería una larga amistad. Fue un viaje largo, y como suele pasar no me pude dormir. Tenía muy pocas ganas de volver a mis actividades laborales rutinarias y muchas dudas en la cabeza, pero ya las resolvería en el transcurso de esa semana. En el medio del viaje, ahora recuerdo, pasó algo muy raro. Mientras todos dormían, ya tarde a la noche, dos señoras al otro lado del pasillo hablaban y hablaban mirando unas fotos. En un momento una de ellas se acerca y me muestra una foto, y me dice:

-Mirá esta foto, las sacamos con un celular, ¿Vos que ves acá?

-Hay dos personas de frente, y una medio de espaldas entre los dos, con capucha…

Era un figura blanca medio borrosa que se veía en el medio…

-¿Viste?? Nosotras vemos algo parecido, pero ahí solo estaban mi nieta y su marido, será un fantasma?

-Que raro… ¿La habrán revelado mal?

Fue lo único que atiné a decir, y preferí no decir más nada. Yo no creo en esas cosas…

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106. El Rey Leon (2)

Entramos al salón principal del boliche, donde había conocido al Rey Leon la noche anterior. Lo busqué por todos lados, pero no lo vi. Nos quedamos bailando por ahí un rato, pero seguía sin aparecer, y como era temprano, la música que pasaban era medio horrible, pura música electrónica. Salimos al patio central y entramos a otro salón, que tenía un restoran, y después de cenar se armaba para bailar. Había poca gente ahí, pero la música era más divertida. Nos quedamos bailando ahí. Y ahí lo ví, tomando algo con sus amigos a unos pocos pasos. Lo ví, me vió, pero no dijo nada, ni se acercó. Yo tampoco lo hice, solo le sostenía la mirada y seguía bailando. Bailé con algún pesado que andaba cargoseando por ahí, mientras él me miraba, fijamente. Yo no entendía mucho qué pasaba, pero sabía que estaba ahí, mirando, así que esperé. Al rato vino a saludarme y me dio un beso en la mejilla. -Qué raro…- pensé. Pero bailamos juntos un rato, mientras sus amigos daban vueltas por ahí. Mientras bailaba me dijo al oído:

-Nos vemos más tarde en la pista, mis amigos van para allá.

Y se fue. Me quedé medio perpleja, pero no me quedaba otra que seguirle el juego. Nos quedamos bailando un rato por ahí, y luego le pedí a La Colo y La Morocha que me acompañaran de nuevo a la pista central. Ahí estaba él, bailando cerca del lugar de la noche anterior. Nos quedamos bailando cerquita, y de vuelta, miraba, pero no se acercaba. Yo ya no entendía nada. Un rato más tarde sus amigos se fueron a comprar algo para tomar y él se acercó, y me dijo:

-Perdoname, pero estoy con mi cuñado acá, vino hoy… en cuanto pueda zafar te busco.

Y volvió a irse. Y ahí entendí todo. No quedaba otra que esperar. Que mierda esto de la clandestinidad, pero no pensaba perderme esos ojazos verdísimos por ese detallito, en fin. Un rato más tarde me agarró de la mano y me llevó para afuera.

-Ya se fue a dormir, por suerte.

Dijo, y me encajó un beso que me dejó sin aliento.

-¿Dónde vamos?

Preguntó. Yo esa noche me había puesto un par de preservativos en la cartera, para evitar el problemita de la noche anterior. Pero no tenía ni la menor idea de cómo resolver el problemita del lugar.

-Ni idea, ¿qué se te ocurre?

Le pregunté.

-Vos seguime…

Dijo, y volvió a llevarme hacia el camping, pero esta vez con las llaves de la camioneta en la mano. Subimos al auto, arrancó, puso algo de música y empezó a manejar. Dió un par de vueltas hasta que llegó al estacionamiento del boliche, que estaba bastante vacío, y muy oscuro. Todavía no amanecía y la camioneta tenía vidrios polarizados…

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105. El Rey Leon

Sábado 23 de febrero de 2008

Me tiré a dormir una horita y ya había que levantarse a hacer los bolsos. Era nuestro último día en el hotel, aunque habíamos decidido quedarnos hasta el domingo para aprovechar el fin de semana. Así que hicimos el bolsito y nos mudamos a un hotelito a 2 cuadras que habíamos reservado por esa noche. Desayunamos después de armar los bolsos y caminamos las dos cuadras, hasta el otro hotel. Era un hotel barato, pero tolerable, aunque los colchones dejaban mucho que desear. Apenas llegamos al hotel, lo primero que hice fue meterme en la cama. Estaba muerta de cansancio y el día estaba horrible, nublado y con pinta de largarse a llover en cualquier momento, así que me metí abajo de las sábanas y ahí me quedé hasta la tarde, por primera vez en todas las vacaciones. La Colo y La Morocha se habían ido al centro a comprar alfajores. Cuando volvieron, les conté toda la historia del Rey Leon, con una sensación muy ambigua en el pecho. Por algún motivo, creía que éramos una especie de alma gemela, estaba totalmente embobada con sus ojos verdísimos y con la afinidad que creía que teníamos. Por otro lado recordaba que era casado y que me había pedido mi número pero no me había dado el suyo, con lo cual, existía la posibilidad de que desapareciera de golpe y sin avisar.

-No seas boluda, nena, seguro lo vas a ver hoy a la noche…

Me decían mis amigas, y yo les contestaba que sí, pero tenía algunas dudas. Supongo que todavía me duraba la inseguridad despertada de un largo letargo por la escenita con el rubio y los recuerdos posteriores. La Colo y La Morocha me pusieron al día de sus aventuras de la noche anterior. La Colo había terminado con el pendejo en alguna habitación del hotel, pasandola bien. Se pasaron los teléfonos pero el pendejo vivía en el sur, por lo cual, la historia quedó ahí. La Morocha…  había tomado de más, y no se acordaba de lo que había pasado, así que estuvimos riendonos gran parte del día conjeturando que pudo haber sucedido. Por ahora me reservo de contar cómo la encontré aquella noche, ya veremos si ella se anima a contarlo… Nos duchamos y nos cambiamos para salir. Era la ultima noche de vacaciones teníamos que aprovecharla, además con la excusa de la carrera de golpe la costa se había superpoblado de hombres, y esa era un oportunidad que no podíamos dejar pasar así nomás. Cenamos en el centro y nos fuimos a tomar algo, y más tarde al boliche. Llegamos temprano pero ya había bastante gente…

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104. Ella baila sola (3)

Salimos del boliche de la mano, ante la mirada atónica de Juanjo, que me vio entrar sola y de mal humor. No me importó nada. Seguimos caminando y justo al lado del boliche estaba la entrada de un camping. Estaba a punto de amanecer. Caminamos hasta donde estaban acampando El Rey Leon y sus amigos, entre los arbolitos. Eran varios en dos carpas y había una camioneta estacionada cerca de la entrada de las carpas. Me quedé ahí esperandolo mientras el chequeaba cual era la situación, esperando que alguna de las dos estuviese desocupada. Aunque la experiencia de tener sexo con un desconocido en una carpa, mientras sus amigos estaban en la otra, justo al lado, no me parecía demasiado tentadora. Volvió al rato contándome que los amigos ya estaban dormidos,  las dos carpas estaban ocupadas y no tenía la llave de la camioneta. Nos dimos unos besos ahí, apoyados sobre la camioneta, amparados en la media luz. Todavía no terminaba de amanecer. Los besos se fueron poniendo cada vez más intensos y algunas manos se iban deslizando por aquí y por allá. Le pregunté si tenía preservativos y me dijo que no. Yo tampoco tenía encima, y a partir de ese momento me hice una nota mental de no volver a salir sin al menos un preservativo en la cartera, aunque debo confesar que casi nunca lo cumplí. Puedo ser muy osada para algunas cosas, pero soy prudente: le dije que no. No parecía un lugar muy apropiado, pero aún así, sin un preservativo no me iba a dejar tocar ni un pelo: así no. Hay que cuidarse. Apenas lo conocía y lo poco que sabía de él era que era casado. No cerraba por ningun lado. Pero lo odié un poco, la verdad, me habían dado ganas, y la situación aventurera del camping era de alguna forma tentadora. Hubiera sido un broche de oro para terminar de una vez por todas con mi mal humor. Seguimos franeleando un poco contra la puerta de la camioneta, pero yo ya sabía que no iba a pasar. En cuanto terminó de amanecer le pregunté:

-¿Qué hacemos?

-Me muero de ganas de… -Me contestó.

-Si, yo también, pero así no. -le dije-  ¿Querés que nos veamos mañana?

-Dale, pasame tu teléfono

lo anotó en su celular, y me acompañó hasta la avenida, donde me tomé un taxi para ir hasta el hotel. Quedamos en vernos a la noche siguiente en el mismo boliche, para terminar lo que habíamos empezado. No me dió su número, pero prometió avisarme si por algun motivo no podía ir. Me subí al taxi y me dejé llevar hasta el hotel. En cuanto entré a la habitación me encontré con La Morocha, totalmente dormida, y La Colo no estaba por ningún lado. Me imaginé que debía estar pasándola bien, y me acosté a dormir…

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101. Mal humor y recuerdos adolescentes (3)

Así que me fui a dormir, de madrugada, angustiada y de mal humor. Dormí un par de horitas nomás, hasta que sonó el despertador anunciando la hora de ir a desayunar, como todas las mañanas. Me levanté mejor pero con un humor ligeramente sombrío. El día transcurrió como todos los demás, playa, caminata, pileta a la tarde y luego volver a la playa. Después de tanto chamuyar con los pendejitos del hotel, esa noche finalmente, La Colo y La Morocha habían arreglado un encuentro en grupo. Después de la cena, nos íbamos a juntar, nosotras tres y ellos, que creo que eran tres o cuatro, en la playita frente al hotel, con una guitarra y bebidas. Así lo hicimos, juntamos unos pesos entre todos con los que ellos se ocuparon de comprar algunas bebidas, y nos sentamos todos en la playa, bajo la luz de la luna. Habían traído unas botellas de plástico cortadas en las que prepararon fernet en una y vodka mezclado con jugo de frutas en la otra. Creo que fue el vaso menos glamoroso en el que tomé en mi vida, pero bueno, cosas que pasan por juntarse con pendejos, no? Empezaron a tocar la guitarra y a cantar, canciones de esas que “sabemos todos”. Mis amigas por supuesto se prendieron y empezaron a cantar con ellos, mientras pasaban las bebidas. Yo empezaba a sentirme cada vez más incómoda con la situación. Por empezar hacía bastante frío, de noche en la playa con el culo en la arena helada. Por otro lado, eso de tomar de una botella cortada, con pendejos que ni sé quienes son, no me estaba gustando mucho, y el alcohol no me estaba pegando. Y por si fuera poco, esto de hacer fogón cantando cancioncitas me hacía morir de la verguenza, sobre todo porque yo, como viví mis adolescencia dentro de un táper, ni me sabía las letras. Y cantar en público era demasiado! Para peor La Colo y La Morocha estaba cada vez más borrachitas y poniendose cariñosas cada una con uno de los pendejitos, y yo empezaba a sentirme de más. Era casi como una regresión a mi adolescencia, con el recuerdo de esa sensación de estar viendo siempre la joda de los otros desde afuera. A cada instante que pasaba me sentía más incómoda, mientras mis amigas me preguntaba qué me pasaba, y yo les respondía que no se preocuparan. Pero en cuanto empezaron a los besos y a revolcarse con sus respectivos pendejos la cosa ya me superó. Así que me levanté y me fui, caminé hasta la puerta del hotel y me senté en uno de los bancos que había del lado de afuera. Habíamos quedado en ir a bailar después de la joda en la playa, pero ya veía que no iba a ser posible. Me quedé ahí sentada tratando de entender qué me pasaba, y de separar lo de la noche anterior, lo de ésta y mis recuerdos adolescentes. Todo se mezclaba. En eso se acerca otro de los pendejos y se sienta al lado mío, dándome charla. Le seguí el juego un rato pero me cansó, no tenía ganas de estar con nadie y menos con él. Subí a la habitación del hotel a cambiarme los zapatos, agarré mi cartera y caminé hasta el centro a tomarme el micrito que iba hacia el boliche, sola. Bailar era lo único que podía cambiarme el humor…

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98. Por fin, Vacaciones (5)

Me dejé llevar entonces, de la manito por El Rubio al sector VIP del boliche. Que no era más que un mugroso entrepiso, a pocos escalones de distancia de la pista, poblado de mesas y sillones y cerrado unicamente por una soguita. Estaba cerrado y no había nadie, pero se veía toda la pista, así como desde la pista se veía todo lo que pasaba apenas unos metros más arriba. Nos sentamos en un sillón y empezamos a besarnos cada vez con mayor intensidad, mientras El Rubio metía sus manos primero por encima de mi minifalda de jean y mi musculosa, y luego directamente por debajo, sin ningún disimulo. Ahí lo paré. Una cosa es el “¿Porqué no?” por el que me venía guiando hasta ahora y otra muy diferente es hacer un espectaculo publico de eso. No señor. Si querés tener sexo comigo al menos dignate a invitarme a un lugar más cómodo y más íntimo, ¿shows gratis?? No, gracias. Le dije entonces que se ubicara, que estábamos a la vista de todo el mundo y se tranquilizó un poco, pero a los pocos minutos volvió a la carga. Este chico no soportaba que le dijeran que no y no tenía sentido seguir discutiendo, así que me levanté y simplemente me fui, sin pronunciar palabra. Volví a la barra de afuera donde todavía estaba Juanjo, uno los chicos del boliche de los que nos habíamos hecho amigas. Le dije:

-Juanjo, tu amigo El Rubio es un desubicado.

A lo que recibí risas por toda respuesta, se ve que ya lo conocían. Pedí algo para tomar y seguí charlando con ellos en la barra. Después volví a la pista para ver qué estaban haciendo mis amigas, pero la cosa seguía más o menos de la misma manera. La Morocha estaba bailando con Toto y La Colo alternaba entre Ricardo y alguno de los pendejitos del hotel. De golpe siento que alguien me toma de la mano y me sorprendo. Me doy vuelta y lo veo al Rubio, pensé que me iba a preguntar porqué me fui, pero no fue así, Me llevó para la barra de afuera y empezó a besarme nuevamente como si no pasara nada. Yo no entendía mucho. Al rato empieza a hablarme al oído:

-Linda, no querés venir a la casa conmigo?

Me decía mientras me acariciaba la espalda y más abajo también.

-¿Vos decís a la “casa de gran Hermano”? Ahí donde duermen 20 en 4 habitaciones???

Le pregunté sorprendida. No podía pensar en un lugar menos íntimo…

-Sí, porqué no?

Me contestó, aparentemente no me entendía, o le importaba muy poco comprender…

-Ni en pedo -le contesté- No me parece un lugar muy íntimo y no da.

Y directamente, busqué mi cartera y me fui. Definitivamente era un idiota o todo le daba igual, pero a mí no. Me fui hasta la calle, paré un taxi y me volví al hotel, cada vez más enojada con la situación y sin entender demasiado porqué…

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97. Por fin, Vacaciones (4)

Esa misma noche fuimos al boliche, como ya se estaba haciendo costumbre. Al rato cayeron los pendejos del hotel, que nos habían escuchado decir durante la cena que íbamos a estar en ese boliche, que por otro lado es el más grande de ese balneario de la costa, y creo que el único que estaba abierto a esa altura de la temporada todos los días de la semana. Empezamos a bailar en grupo, nosotras tres con los chicos del hotel, y los RRPP del boliche de los que nos habíamos hecho amigas iban y venían.  La Colo y La Morocha ya le habían echado el ojo cada una a uno de los pendejitos. A mi no me convencían, eran de verdad muy pendejos, apenas pasaban los veinte. Seguimos bailando mientras tomábamos uno que otro trago y nos moríamos de risa, hasta que vemos entrar a los dos dormidos de la playa: Toto y Ricardo, que se unieron al grupo y empezaron a bailar con La Colo y La Morocha. La situación empezaba a ponerse rara y me escapé, las dejé tranquilas que vieran que onda. A mi no había nada que me interesara por ahí. Me fui a la barra de afuera a tomar algo con mis amigos RRPP del boliche, que me presentaron a otro, El Rubio. El Rubio era también relaciones públicas de ese boliche de la costa y de otro muy top de capital, en palermo. Me dió su tarjeta (¿Porqué será que los RRPP andan dando tarjetitas por ahí como si fueran importantes??) y empezamos a hablar. Estaba bueno, aunque los rubios en general no son mi estilo. Tenía lindos ojos azules, buen bronceado y una sonrisa perfecta, aunque era medio petisito. Y yo estaba taaaan aburrida mientras mis amigas se entretenian entre lerdos y pendejos que me quedé hablando con él. Me contaba de la casa donde paraban los chicos que trabajan en el boliche a la que cómicamente habían bautizado “la casa de gran hermano”. Una casa grande en la que todos tenían que convivir, y contaba anecdotas de la convivencia, el desorden, la ropa, las comidas. Mientras  se daba chapa contándome que él era el encargado del VIP. ¿A quién carajo le importa nene? ¡Trabajás en un boliche, no te la des de importante! Pensaba para mí, pero seguía hipnotizada por sus ojos azules y su blanca y enorme sonrisa. Empezó a darme unos besos ahí nomas en la barra y lo dejé, no estaba mal y de paso me levantaba un poco la autoestima. Un poco más tarde me invitó a conocer el salón VIP, y lo dudé un poco, pero me agarró de la mano y me llevó, y yo lo seguí…

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96. Por fin, Vacaciones! (3)

Una de esas tardes, estabamos las tres tomando mate en la playa, cuando se acerca un flaco a dejarnos invitaciones para un boliche. Lo invitamos a tomar unos mates y se quedó un rato charlando. Nos invitó para esa noche al boliche. Era un boliche grande, un complejo, que estaba cerca de ahí, aunque había que ir caminando. Salían micros desde el centro a la noche. Fuimos. Como era ya cerca del final de febrero había muy poca gente, así que nos hicimos amigotas de los chicos de relaciones públicas del boliche, y no solo entrábamos gratis sino que nos invitaban a tomar lo que quisiéramos. El boliche estaba bueno, aunque siempre medio vacío, pero nos entreteníamos bailando en el medio de la pista, casi solas. A partir de ahí empezamos a ir al mismo lugar todas las noches. Al día siguiente nos levantábamos temprano como siempre y seguíamos con nuestra rutina matutina: caminata y avistaje de bañeros. Ese día en nuestra caminata, nos cruzamos con dos flacos musculosos y bastante lindos que venían caminando adelante de nosotras. Uno de ellos tenía una bermuda de un color naranja bastante llamativo por lo que se hacía difícil perderlos de vista. Los miramos, nos miraron y siguieron caminando. Nosotras también. En un momento se pararon, uno de ellos se metió en el mar mientras el otro lo esperaba afuera, nosotras seguimos nuestra caminata, sin dejar de mirarlos, fijamente a veces. Los pasamos, pero ellos seguían con ritmo parejo atrás nuestro. Seguimos nuestro camino rumbo al muelle hasta que nos paramos nosotras. Yo me fui a meter al mar, a ver si alguno de ellos se avivaba y decía algo, cuando salí descubro que nos habían pasado, y … nada. Seguimos caminando un rato hasta que nos cansamos y nos dimos la vuelta, pero ellos dieron la vuelta también, y nos seguían de atrás esta vez. Otra vez nos paramos y nos sentamos un rato sobre la arena, a ver si alguno se animaba a decir algo, pero nada.

-No hay caso chicas, son dos dormidos!!

Les dije, ya me estaba cansando de ese jueguito. ¿Cómo pueden ser taaan vuelteros? ¿No era obvia la situación?. Pero seguimos caminando, todavía faltaba para llegar a la playa de nuestro hotel. Ellos estaban adelante nuestro ahora, en un momento se pararon en una playa y los cruzamos, y ahí me cansé y les dije algo yo, alguna pavada, para iniciar la conversación. No me gustaban mucho, pero a La Colo y La Morocha sí, así que las dejé hablando y me fuí a meter al mar. Cuando salí seguían charlando, parecían chicos tímidos. Eran primos, Toto y Ricardo, de capital los dos. Y seguían sin avanzar demasiado, no pidieron teléfonos ni referencias. Antes de seguir caminando, les hicimos saber a qué boliche pensábamos ir esa noche… por si alguno de los dos se avivaba, alguna vez. Y nos fuimos.

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95. Por fin, Vacaciones! (2)

Llegamos a la costa temprano en la mañana del sábado, y así como estábamos, muertas de cansancio del viaje, dejamos los bolsitos en el hotel y nos fuimos a desayunar a un barcito en la playa. Nuevamente miré mi celular y por supuesto: ni noticias de una respuesta suya. El teléfono gozaba de buena salud y tenía señal. Mala suerte, simplemente no había querido responderme. Empezaba a replantearme seriamente si se merecía mi llamado a la vuelta, pero como siempre, aparecía la justificación: tal vez no pudo contestarme y lo hace después… Ni yo me lo creía, pero postergar las conclusiones a veces tranquiliza, y no pensaba amargarme las vacaciones pensando en él! Lo primero que hice, después de un año agotador fue correr hasta la orilla y meter mis patitas en el agua. Luego, saciados mis primeros instintos playeros, pude dedicarme a un delicioso desayuno con medialunas mirando el mar, y una deliciosa charla de esas de chicas, en las que nos dedicamos a despellejar a nuestros respectivos “ex”. Es que algunos nos la hacen taaan fácil! Por supuesto después, fuimos al hotel, nos acomodamos, nos cambiamos y nos fuimos a la playa. El hotel del sindicato estaba lindo y a solo una cuadra del mar, así que nos pasamos toda la tarde disfrutando bajo el sol. Si bien era sábado y las tres nos moríamos por salir de parranda esa noche, al volver de la playa nos duchamos para ir a cenar en el hotel y automáticamente caíamos desmayadas de cansancio en nuestras respectivas camitas. A partir del día siguiente empezó nuestra rutina. Despertarnos tempranito para desayunar en el hotel, luego a la playa, a hacer la caminata matutina con avistaje de bañeros: el deporte más interesante del verano. Ibamos con la radio encendida y cantando, muertas de risa. Luego parábamos en alguna playita para almorzar algo, o lo hacíamos en el barcito del hotel junto a la pileta, que dicho sea de paso, estaba manejado por el personal del hotel: varios pendejos, bastante facheritos algunos. Bastante aburridos estaban los nenes, porque el pasaje habitual del hotel se componía por parejas de edad media o gente mayor directamente, o familias. Las únicas solteras alborotadoras eramos nosotras. Así que cerveza va, cerveza viene, siempre se delizaba alguna charla, una miradita, o alguna sonrisa por aquí y por allá. Mis amigas miraban sin asco, yo les decía:

-Chicas, pero no son muy pendejos?

-Estamos en la costa, nena, acá todos son muy pendejos!

Me contestaban, mientras nos moríamos de risa. La rutina seguía en la playa toda la tarde, luego a ducharnos para ir a cenar en el comedor del hotel, donde seguían las risitas y las miraditas con los chicos del hotel. Y después ir a algún boliche, a bailar un rato…

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