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08. Will you be my Valentine?

Estaba bailando con mis amigas, tratando de olvidar el hecho de que mi celular nunca sonó, ni siquiera un mísero mensajito. De golpe, contra el marco de puerta, y con cara de aburrido, veo un bombón de apenas un metro de altura. Le hago señas para que se acerque, y viene, me toma de la mano, y le pregunto si quiere bailar. Me dice que si y levanta los bracitos para que le haga upa. Lo levanto. Mientras bailamos un rato, le pregunto:

-¿Cómo te llamás?

-Valentín -me contesta con vocecita tímida.

-¿Y cuántos añitos tenés?

Levanta tres deditos de la mano derecha y me los muestra, con carita de sueño.

-¿Querés ir con tu mamá?

-No…

Me contesta e instantáneamente apoya su cabecita sobre mi hombro y me abraza, como si nos conociéramos de toda la vida. Fue el abrazo más puro y tierno que me dieron en mucho tiempo. Y en ese preciso momento entendí todo. Me sentí una tarada total, esperando una muestra de interés de un flaco que claramente no podía darme nada. Que nunca iba a valorar nada simplemente porque no le interesaba. Solo quería coger conmigo. Y nada más. Y a veces ni siquiera eso. ¿Qué mierda hacía yo, esperando, rogando que apareciera, para darme lo que le sobraba? Basta. Basta de esperar lo que no hay, yo me merezco más que eso -pensé. ¿Que mierda hago esperando a un idiota que no tiene nada para darme? Lo que yo quiero es otra cosa. Quiero alguien que pueda abrazarme con la pureza y la sinceridad de un niño. Alguien que me quiera. ¿Porqué no? Si yo me lo merezco… Pensé, mientras se me escapaba una lagrimita, y seguía disfrutando de ese abrazo. Obviamente, no volví a mirar mi celular en toda la noche. No valía la pena, ni pensaba volver a verlo, yo me merecía algo más. Me quedé con valentín, hablamos, bailamos, tomamos coca y comimos torta. Más tarde conocí a Pitu, la mamá de Valentín. Era una amiga de La Morocha. Hablamos un rato de su hijo:

-¿Cómo me ves de nuera? Tenemos solo 26 añitos de diferencia….

Le pregunté riéndome, y ella se rió también. Antes de irse, Valentín me preguntó mi nombre, me dió un besote y un abrazo de esos que derriten el alma. A los pocos días, La Morocha me llamó para contarme, que fue a la casa de Pitu para mostrarle las fotos y videos del cumpleaños, y que Valentín cada vez que me veía en una foto decía:

-Esa es Des, mi NOVIA…

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07. Reflexiones…

En el post anterior mencioné como al pasar que para ese momento muchas cosas habían cambiado para mí. Que ya estaba cansada de la joda y las aventuritas de una noche. Pero me parece que no termina de quedar claro porqué y hay muchas cosas que todavía no conté. Voy a intentar explicarlo un poco, si es que se puede. Hubo muchos sucesos en la historia de ese año y medio que relato acá que me hicieron detenerme y pensar un poco. Primero, la historia del “Cacho de Carne” que me hizo pensar que a veces hablar de más no está tan bueno, y también que ir tanto al frente es una buena forma de evitar (conciente o inconcientemente) empezar una relación con alguien, conocer y dejarse conocer. Una especie de auto complot. Después, la historia con “El Rey León“, me hizo entender que no tengo ganas de estar en el último lugar en la vida de alguien. Que no tengo ganas de ser la que espera que el otro disponga de un mínimo ratito para mí. Así no me dan ganas. Pero hay otras cosas que todavía no conté y me gustaría desarrollar un poquito más. Una historia que me marcó mucho y me hizo cambiar mi forma de pensar fue la que pasó a fines de Junio de 2008. Era el cumpleaños de La Morocha, y yo venía viéndome con un flaco cada tanto, en una relación “sin compromiso”. Al menos así lo planteaba él, porque a decir verdad, no cumplía ni el más mínimo de los compromisos, ni siquiera el llamarme cuando me decía -Te llamo-. Sin embargo, cuando se dignaba a aparecer, y después que a mí se me pasara el enojo, se tomaba el atrevimiento de quedarse a dormir en mi casa. Esta situación estaba empezando a hartarme. Primero porque si hay algo que odio es que me dejen plantada. Y quedarme esperando que alguien me llame cuando en realidad nunca tuvo la más mínima intención de hacerlo ya me parece una tomada de pelo. Y encima… ¿dormir en mi casa como si fuera un hotel? Esto ya era demasiado. Para peor cuando él se quedaba a dormir no había forma de que yo pegara un ojo, y ya estaba cansando de ir a trabajar sin dormir. Ese sábado que La Morocha festejaba su cumpleaños, por supuesto había quedado en llamarme. Ya me había colgado la noche anterior, y ese mismo sábado me avisó, por mensaje de texto:

Tengo ensayo, termino tarde. Te llamo cuando salgo a ver si te paso a buscar por el cumpleaños.

Así que me fui al cumpleaños de mi amiga, enojadísima y sabiendo de alguna manera que el flaco no iba a aparecer en toda la noche. Aunque de rato en rato miraba mi celular para ver si había alguna novedad. Obviamente sin resultado alguno. Entonces, comí y bailé y tomé con mis amigas, tratando de olvidarme del celular, del idiota en cuestión y de mi propio malhumor. Estaba enojada conmigo misma por darle más importancia de la que tenía a semejante tarado. Hasta que lo conocí a Valentín…

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110. El regreso…

Primeros días de Marzo de 2008

Un día como cualquier otro, salía del trabajo, tarde como siempre. Me tomé el colectivo de siempre, en la esquina de siempre y viajaba tranquilamente, hasta que algo raro me nubló la vista. Me refregué los ojos para ver nuevamente: no podía ser. Justo al lado del colectivo de siempre, en la calle de siempre, veo una auto que me resultaba llamativamente familiar. Era el auto del Enfermito. No podía ser, me fijé de nuevo, solo para estar segura. Pero ese auto era inconfundible. Blanco y viejo, bastante roto y con detalles claramente reconocibles. Tenía los faroles de atrás pintados de plateado y recordaba de memoria la patente. Definitivamente era él. Y yendo para el lado de mi casa. El corazón se me salía del pecho de la angustia. ¿Estaba yendo para mi casa? ¿Qué hacía? ¿Me seguía? ¿Tendría la llave de abajo todavía? ¿Me estaba volviendo paranoica? Me paré y me fui para el lado de adelante del colectivo, para ver que hacía. Seguía derecho por la misma calle del colectivo hasta que lo pasó y lo perdí de vista. Al bajar del colectivo en la esquina de mi casa miré para todos lados, para ver si lo veía. Pero no lo ví. Seguía angustiada. Era como ver un fantasma, después de tanto tiempo. Bah, en realidad no era tanto, solo un poco más de tres meses. Pero había pasado tanta agua debajo del puente que creí que no iba a volver a saber de él. En realidad después de los mails no había vuelto a tener noticias suyas. Solamente algunas madrugadas en las que el telefono de mi casa sonó y al atender, solo silencio del otro lado. Solamente podía ser él. Pero nada más. Después de unas horas de asustarme y putearlo y pensar que hacer me tranquilicé y decidí no hacer nada. Por ahora no había pasado nada, solo verlo. O a su auto más bien. ¿Y si lo había vendido? Ahí quedaron las cosas hasta ese mismo sábado. Habíamos quedado en salir con las chicas y nos juntamos en casa. Comimos algo, tomamos unos vinos, nos pusimos lindas y nos divertimos. El plan era ir a bailar a un bolichito cerca de casa en el que conocíamos a uno de los rrpp y entrabamos siempre gratis. Salimos a eso de la 1 y pico con rumbo al boliche y en cuanto abrí la puerta… casi me muero. Ahí nomás, estacionado en la puerta de mi casa, su auto. Se me aflojaron las rodillas y me quedé petrificada mirándolo, mientras mis amigas me preguntaba qué pasaba.

-Colo, haceme el favor, no puedo ni mirar, fijate si la patente es la de él.

Le dije a mi amiga y le indiqué el número de patente. Después de escuchar su confirmación me angustié más todavía.

-¿Qué hace acá? ¡Justo acá! ¡En la puerta de mi casa!! ¿Qué hago? ¿Hay alguien en el auto?

-No hay nadie amiga, lo ves por ahí? -Me preguntó La Colo…

Miré a mi alrededor, la vereda de enfrente y las esquina y no vi ninguna silueta conocida..

-No, no lo veo… andará por ahí? ¿Tendrá la llave de abajo de casa todavía? ¿Estará dentro del edificio?? -pregunté.

-Nena tendrías que ir a hacer la denuncia, mirá si te hace algo?? -dijo Caro.

-No, Caro… ¿qué me va a hacer? Es un enfermito pero no es un violento… No creo que me haga nada. Tal vez vendió el auto y no es él… Aunque sería mucha casualidad que se lo haya vendido a algún vecino…

Con la ayuda de mis amigas junté fuerzas, respiré hondo y salimos para el boliche, aunque la onda ya no era la misma. No podía dejar de pensar en distintas hipótesis y el efecto del alcohol se había desvanecido como un suspiro. Y por más que lo intenté y lo intenté, esa noche no hubo caso de volver a emborracharme…

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109. Volviendo a la rutina (2)

Última semana de febrero de 2008

Ya había vuelto a la rutina y el lunes había que volver a trabajar. Tenía mis dudas que El Rey Leon volviera a llamarme y la idea que me rondaba la cabeza era que hacer con el Cacho de Carne. ¿Llamar o no llamar? Por un lado me daba bastante bronca su actitud de no contestar mi mensaje despues de tanto tiempo y ni dar señales de vida. Por otro lado habíamos quedado en que lo llamaba yo, no podía esperar que él lo hiciera. Lo iba a llamar, pero no pensaba hacerlo ese mismo lunes. No quería quedar como una desesperada. Aunque la cabeza me carcomía. Así que esperé. De paso esperaba a ver si él se decidía a aparecer, pero no. Pasó el lunes, pasó el martes y llegó el miércoles. Cada vez me daban menos ganas de llamarlo, pero habíamos quedado en algo y yo siempre cumplo con mi palabra. Así que el miércoles a la noche agarré mi celular y marqué su número. Sonó, una, dos, tres veces… nadie atendía. Dejé sonar una cuarta y quinta… nada. No le iba a dejar un mensaje en el contestador. Odio los mensajes grabados. Corté. Y lo odié. Mientras pensaba que hacer hablaba con mis amigas por msn.

Des

-Es un hijo de puta, no me contestó el mensaje, ahora no me atiende. ¿A qué está jugando?

La Morocha

-No seas tonta, esperá un rato y volvelo a intentar, capaz que está ocupado…

Des

-Puede ser amiga, pero no creo. Igual lo voy a volver a intentar. Esperame ahi…

Y volví a intentarlo, habían pasado unos 20 minutos. Volví a marcar, desde mi celular, él debía tener registrado el número. Y otra vez sonó, una, dos …cinco veces, y corté.

Des

-Otra vez no me atiende Morocha! Ya fue. Se está haciendo el lindo conmigo y eso a mí no me va…

La Morocha

-Y… quien sabe, no? Pero no habían quedado bien la otra vez?

Des

-Sí! Por eso no entiendo nada, había estado re cariñoso cuando se fue… parecía que daba para…

La Morocha

-Estos hombres, Des… ¿Quién los entiende?

Des

-No se, amiga. A mí me suena a que me está queriendo demostrar algo. Primero me dice que “él no es un cacho de carne” y después me coge y desaparece…

Ahora el “Cacho de Carne” soy yo???

La Morocha

Jajajaja…. Bueno, no te lo tomes así, él se la pierde..

Des

Más vale qué él se la pierde! Yo no soy un Cacho de Carne de nadie!!! Además ni siquiera me cogió tan bien…

Igual voy a hacer un último intento y lo doy de baja…

Le dije a La Morocha. Y Lo intenté por última vez. Volví a marcar su número pero esta vez desde el teléfono fijo de casa. Él no tenía ese número y quería ver si atendía, al menos por curiosidad. Pero fue igual. Sonó, sonó, y nunca atendieron. Eso es todo, me dije. No pienso llamar a nadie más de tres veces sin que me contesten, si le intereso, tendrá registradas las llamadas perdidas y me llamará él. Lo que es yo, esa historia ya la di de baja en mi cabeza, a otra cosa…

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108. Volviendo a la rutina

Domingo 24 de febrero de 2008

Se habían acabado las vacaciones, eso era todo. Después de dormir un par de horas nos levantamos, desayunamos y armamos los bolsitos. El día estaba lindo así que nos fuimos para la playa, nuestro micro salía a la tarde. Les conté toda la aventura de la noche anterior, que no había resultado tal como la imaginaba. Igual seguía pensando en esos ojitos verdes. Hacía un tiempo que venía rondandome la idea de que un hombre casado era lo mejor que podía conseguir: No me iba a volver loca, ni a hacer escenitas de celos, para eso tenía a la otra. Conmigo solo sexo y pasarla bien, una vez cada tanto. La idea sonaba bien, era una fantasía interesante. Total enamorarme no estaba en mis planes. Ya me estaba dando miedo que cada vez que me enamoraba de alguien terminaba siendo un idiota o un enfermito. Pero las dudas rondaban mi cabeza. ¿Qué onda este flaco? No me había dado su número, ¿Me llamaría? No me quedaba otra que esperar. Respecto al sexo… sólo pensaba que podía mejorar, y mis amigas estaban de acuerdo en eso. En la playa nos encontramos con Toto y Ricardo, que seguían intentando levantarse a La Colo y la Morocha, pero esta vez traían refuerzos. Estaba el hermano de alguno de ellos, un flaco musculoso y de pelo largo, que se la pasó toda la tarde mostrando lo marcaditos que tenía los abdominales y contando que era profe de gimnasia (como si a mi me importara… Yo había empezado el profesorado en algun momento y lo había dejado poco antes de recibirme, conozco el ambiente y no me tienta!). Tenía novia además, pero no parecía importarle demasiado. O sí, no sé. Porque lo que es yo, no le di ni bola, pobre flaco. Mi cabeza rondaba entre El Rey Leon, y El Cacho de Carne. La cercanía a la vuelta a Buenos Aires me había recordado mi promesa de llamarlo a la vuelta. Pero él no había respondido mi mensaje en casi diez largos días. ¿Qué tenía que hacer? ¿Llamar o no llamar? Dudas y más dudas. Me daba tanta bronca llamarlo, pero sabía que iba a terminar haciéndolo. Finalmente Toto y Ricardo, jugando a los noviecitos con mis amigas nos pasaron a buscar con el auto por el hotel, cargaron los bolsitos y nos dejaron en la estación. Nunca me cayeron del todo bien, pero debo confesar que se portaron como dos caballeros. Subimos al micro rumbo a Baires y al fin de nuestras vacaciones. La habíamos pasado muy bien juntas y se había empezado a afianzar lo que sería una larga amistad. Fue un viaje largo, y como suele pasar no me pude dormir. Tenía muy pocas ganas de volver a mis actividades laborales rutinarias y muchas dudas en la cabeza, pero ya las resolvería en el transcurso de esa semana. En el medio del viaje, ahora recuerdo, pasó algo muy raro. Mientras todos dormían, ya tarde a la noche, dos señoras al otro lado del pasillo hablaban y hablaban mirando unas fotos. En un momento una de ellas se acerca y me muestra una foto, y me dice:

-Mirá esta foto, las sacamos con un celular, ¿Vos que ves acá?

-Hay dos personas de frente, y una medio de espaldas entre los dos, con capucha…

Era un figura blanca medio borrosa que se veía en el medio…

-¿Viste?? Nosotras vemos algo parecido, pero ahí solo estaban mi nieta y su marido, será un fantasma?

-Que raro… ¿La habrán revelado mal?

Fue lo único que atiné a decir, y preferí no decir más nada. Yo no creo en esas cosas…

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106. El Rey Leon (2)

Entramos al salón principal del boliche, donde había conocido al Rey Leon la noche anterior. Lo busqué por todos lados, pero no lo vi. Nos quedamos bailando por ahí un rato, pero seguía sin aparecer, y como era temprano, la música que pasaban era medio horrible, pura música electrónica. Salimos al patio central y entramos a otro salón, que tenía un restoran, y después de cenar se armaba para bailar. Había poca gente ahí, pero la música era más divertida. Nos quedamos bailando ahí. Y ahí lo ví, tomando algo con sus amigos a unos pocos pasos. Lo ví, me vió, pero no dijo nada, ni se acercó. Yo tampoco lo hice, solo le sostenía la mirada y seguía bailando. Bailé con algún pesado que andaba cargoseando por ahí, mientras él me miraba, fijamente. Yo no entendía mucho qué pasaba, pero sabía que estaba ahí, mirando, así que esperé. Al rato vino a saludarme y me dio un beso en la mejilla. -Qué raro…- pensé. Pero bailamos juntos un rato, mientras sus amigos daban vueltas por ahí. Mientras bailaba me dijo al oído:

-Nos vemos más tarde en la pista, mis amigos van para allá.

Y se fue. Me quedé medio perpleja, pero no me quedaba otra que seguirle el juego. Nos quedamos bailando un rato por ahí, y luego le pedí a La Colo y La Morocha que me acompañaran de nuevo a la pista central. Ahí estaba él, bailando cerca del lugar de la noche anterior. Nos quedamos bailando cerquita, y de vuelta, miraba, pero no se acercaba. Yo ya no entendía nada. Un rato más tarde sus amigos se fueron a comprar algo para tomar y él se acercó, y me dijo:

-Perdoname, pero estoy con mi cuñado acá, vino hoy… en cuanto pueda zafar te busco.

Y volvió a irse. Y ahí entendí todo. No quedaba otra que esperar. Que mierda esto de la clandestinidad, pero no pensaba perderme esos ojazos verdísimos por ese detallito, en fin. Un rato más tarde me agarró de la mano y me llevó para afuera.

-Ya se fue a dormir, por suerte.

Dijo, y me encajó un beso que me dejó sin aliento.

-¿Dónde vamos?

Preguntó. Yo esa noche me había puesto un par de preservativos en la cartera, para evitar el problemita de la noche anterior. Pero no tenía ni la menor idea de cómo resolver el problemita del lugar.

-Ni idea, ¿qué se te ocurre?

Le pregunté.

-Vos seguime…

Dijo, y volvió a llevarme hacia el camping, pero esta vez con las llaves de la camioneta en la mano. Subimos al auto, arrancó, puso algo de música y empezó a manejar. Dió un par de vueltas hasta que llegó al estacionamiento del boliche, que estaba bastante vacío, y muy oscuro. Todavía no amanecía y la camioneta tenía vidrios polarizados…

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105. El Rey Leon

Sábado 23 de febrero de 2008

Me tiré a dormir una horita y ya había que levantarse a hacer los bolsos. Era nuestro último día en el hotel, aunque habíamos decidido quedarnos hasta el domingo para aprovechar el fin de semana. Así que hicimos el bolsito y nos mudamos a un hotelito a 2 cuadras que habíamos reservado por esa noche. Desayunamos después de armar los bolsos y caminamos las dos cuadras, hasta el otro hotel. Era un hotel barato, pero tolerable, aunque los colchones dejaban mucho que desear. Apenas llegamos al hotel, lo primero que hice fue meterme en la cama. Estaba muerta de cansancio y el día estaba horrible, nublado y con pinta de largarse a llover en cualquier momento, así que me metí abajo de las sábanas y ahí me quedé hasta la tarde, por primera vez en todas las vacaciones. La Colo y La Morocha se habían ido al centro a comprar alfajores. Cuando volvieron, les conté toda la historia del Rey Leon, con una sensación muy ambigua en el pecho. Por algún motivo, creía que éramos una especie de alma gemela, estaba totalmente embobada con sus ojos verdísimos y con la afinidad que creía que teníamos. Por otro lado recordaba que era casado y que me había pedido mi número pero no me había dado el suyo, con lo cual, existía la posibilidad de que desapareciera de golpe y sin avisar.

-No seas boluda, nena, seguro lo vas a ver hoy a la noche…

Me decían mis amigas, y yo les contestaba que sí, pero tenía algunas dudas. Supongo que todavía me duraba la inseguridad despertada de un largo letargo por la escenita con el rubio y los recuerdos posteriores. La Colo y La Morocha me pusieron al día de sus aventuras de la noche anterior. La Colo había terminado con el pendejo en alguna habitación del hotel, pasandola bien. Se pasaron los teléfonos pero el pendejo vivía en el sur, por lo cual, la historia quedó ahí. La Morocha…  había tomado de más, y no se acordaba de lo que había pasado, así que estuvimos riendonos gran parte del día conjeturando que pudo haber sucedido. Por ahora me reservo de contar cómo la encontré aquella noche, ya veremos si ella se anima a contarlo… Nos duchamos y nos cambiamos para salir. Era la ultima noche de vacaciones teníamos que aprovecharla, además con la excusa de la carrera de golpe la costa se había superpoblado de hombres, y esa era un oportunidad que no podíamos dejar pasar así nomás. Cenamos en el centro y nos fuimos a tomar algo, y más tarde al boliche. Llegamos temprano pero ya había bastante gente…

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104. Ella baila sola (3)

Salimos del boliche de la mano, ante la mirada atónica de Juanjo, que me vio entrar sola y de mal humor. No me importó nada. Seguimos caminando y justo al lado del boliche estaba la entrada de un camping. Estaba a punto de amanecer. Caminamos hasta donde estaban acampando El Rey Leon y sus amigos, entre los arbolitos. Eran varios en dos carpas y había una camioneta estacionada cerca de la entrada de las carpas. Me quedé ahí esperandolo mientras el chequeaba cual era la situación, esperando que alguna de las dos estuviese desocupada. Aunque la experiencia de tener sexo con un desconocido en una carpa, mientras sus amigos estaban en la otra, justo al lado, no me parecía demasiado tentadora. Volvió al rato contándome que los amigos ya estaban dormidos,  las dos carpas estaban ocupadas y no tenía la llave de la camioneta. Nos dimos unos besos ahí, apoyados sobre la camioneta, amparados en la media luz. Todavía no terminaba de amanecer. Los besos se fueron poniendo cada vez más intensos y algunas manos se iban deslizando por aquí y por allá. Le pregunté si tenía preservativos y me dijo que no. Yo tampoco tenía encima, y a partir de ese momento me hice una nota mental de no volver a salir sin al menos un preservativo en la cartera, aunque debo confesar que casi nunca lo cumplí. Puedo ser muy osada para algunas cosas, pero soy prudente: le dije que no. No parecía un lugar muy apropiado, pero aún así, sin un preservativo no me iba a dejar tocar ni un pelo: así no. Hay que cuidarse. Apenas lo conocía y lo poco que sabía de él era que era casado. No cerraba por ningun lado. Pero lo odié un poco, la verdad, me habían dado ganas, y la situación aventurera del camping era de alguna forma tentadora. Hubiera sido un broche de oro para terminar de una vez por todas con mi mal humor. Seguimos franeleando un poco contra la puerta de la camioneta, pero yo ya sabía que no iba a pasar. En cuanto terminó de amanecer le pregunté:

-¿Qué hacemos?

-Me muero de ganas de… -Me contestó.

-Si, yo también, pero así no. -le dije-  ¿Querés que nos veamos mañana?

-Dale, pasame tu teléfono

lo anotó en su celular, y me acompañó hasta la avenida, donde me tomé un taxi para ir hasta el hotel. Quedamos en vernos a la noche siguiente en el mismo boliche, para terminar lo que habíamos empezado. No me dió su número, pero prometió avisarme si por algun motivo no podía ir. Me subí al taxi y me dejé llevar hasta el hotel. En cuanto entré a la habitación me encontré con La Morocha, totalmente dormida, y La Colo no estaba por ningún lado. Me imaginé que debía estar pasándola bien, y me acosté a dormir…

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101. Mal humor y recuerdos adolescentes (3)

Así que me fui a dormir, de madrugada, angustiada y de mal humor. Dormí un par de horitas nomás, hasta que sonó el despertador anunciando la hora de ir a desayunar, como todas las mañanas. Me levanté mejor pero con un humor ligeramente sombrío. El día transcurrió como todos los demás, playa, caminata, pileta a la tarde y luego volver a la playa. Después de tanto chamuyar con los pendejitos del hotel, esa noche finalmente, La Colo y La Morocha habían arreglado un encuentro en grupo. Después de la cena, nos íbamos a juntar, nosotras tres y ellos, que creo que eran tres o cuatro, en la playita frente al hotel, con una guitarra y bebidas. Así lo hicimos, juntamos unos pesos entre todos con los que ellos se ocuparon de comprar algunas bebidas, y nos sentamos todos en la playa, bajo la luz de la luna. Habían traído unas botellas de plástico cortadas en las que prepararon fernet en una y vodka mezclado con jugo de frutas en la otra. Creo que fue el vaso menos glamoroso en el que tomé en mi vida, pero bueno, cosas que pasan por juntarse con pendejos, no? Empezaron a tocar la guitarra y a cantar, canciones de esas que “sabemos todos”. Mis amigas por supuesto se prendieron y empezaron a cantar con ellos, mientras pasaban las bebidas. Yo empezaba a sentirme cada vez más incómoda con la situación. Por empezar hacía bastante frío, de noche en la playa con el culo en la arena helada. Por otro lado, eso de tomar de una botella cortada, con pendejos que ni sé quienes son, no me estaba gustando mucho, y el alcohol no me estaba pegando. Y por si fuera poco, esto de hacer fogón cantando cancioncitas me hacía morir de la verguenza, sobre todo porque yo, como viví mis adolescencia dentro de un táper, ni me sabía las letras. Y cantar en público era demasiado! Para peor La Colo y La Morocha estaba cada vez más borrachitas y poniendose cariñosas cada una con uno de los pendejitos, y yo empezaba a sentirme de más. Era casi como una regresión a mi adolescencia, con el recuerdo de esa sensación de estar viendo siempre la joda de los otros desde afuera. A cada instante que pasaba me sentía más incómoda, mientras mis amigas me preguntaba qué me pasaba, y yo les respondía que no se preocuparan. Pero en cuanto empezaron a los besos y a revolcarse con sus respectivos pendejos la cosa ya me superó. Así que me levanté y me fui, caminé hasta la puerta del hotel y me senté en uno de los bancos que había del lado de afuera. Habíamos quedado en ir a bailar después de la joda en la playa, pero ya veía que no iba a ser posible. Me quedé ahí sentada tratando de entender qué me pasaba, y de separar lo de la noche anterior, lo de ésta y mis recuerdos adolescentes. Todo se mezclaba. En eso se acerca otro de los pendejos y se sienta al lado mío, dándome charla. Le seguí el juego un rato pero me cansó, no tenía ganas de estar con nadie y menos con él. Subí a la habitación del hotel a cambiarme los zapatos, agarré mi cartera y caminé hasta el centro a tomarme el micrito que iba hacia el boliche, sola. Bailar era lo único que podía cambiarme el humor…

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98. Por fin, Vacaciones (5)

Me dejé llevar entonces, de la manito por El Rubio al sector VIP del boliche. Que no era más que un mugroso entrepiso, a pocos escalones de distancia de la pista, poblado de mesas y sillones y cerrado unicamente por una soguita. Estaba cerrado y no había nadie, pero se veía toda la pista, así como desde la pista se veía todo lo que pasaba apenas unos metros más arriba. Nos sentamos en un sillón y empezamos a besarnos cada vez con mayor intensidad, mientras El Rubio metía sus manos primero por encima de mi minifalda de jean y mi musculosa, y luego directamente por debajo, sin ningún disimulo. Ahí lo paré. Una cosa es el “¿Porqué no?” por el que me venía guiando hasta ahora y otra muy diferente es hacer un espectaculo publico de eso. No señor. Si querés tener sexo comigo al menos dignate a invitarme a un lugar más cómodo y más íntimo, ¿shows gratis?? No, gracias. Le dije entonces que se ubicara, que estábamos a la vista de todo el mundo y se tranquilizó un poco, pero a los pocos minutos volvió a la carga. Este chico no soportaba que le dijeran que no y no tenía sentido seguir discutiendo, así que me levanté y simplemente me fui, sin pronunciar palabra. Volví a la barra de afuera donde todavía estaba Juanjo, uno los chicos del boliche de los que nos habíamos hecho amigas. Le dije:

-Juanjo, tu amigo El Rubio es un desubicado.

A lo que recibí risas por toda respuesta, se ve que ya lo conocían. Pedí algo para tomar y seguí charlando con ellos en la barra. Después volví a la pista para ver qué estaban haciendo mis amigas, pero la cosa seguía más o menos de la misma manera. La Morocha estaba bailando con Toto y La Colo alternaba entre Ricardo y alguno de los pendejitos del hotel. De golpe siento que alguien me toma de la mano y me sorprendo. Me doy vuelta y lo veo al Rubio, pensé que me iba a preguntar porqué me fui, pero no fue así, Me llevó para la barra de afuera y empezó a besarme nuevamente como si no pasara nada. Yo no entendía mucho. Al rato empieza a hablarme al oído:

-Linda, no querés venir a la casa conmigo?

Me decía mientras me acariciaba la espalda y más abajo también.

-¿Vos decís a la “casa de gran Hermano”? Ahí donde duermen 20 en 4 habitaciones???

Le pregunté sorprendida. No podía pensar en un lugar menos íntimo…

-Sí, porqué no?

Me contestó, aparentemente no me entendía, o le importaba muy poco comprender…

-Ni en pedo -le contesté- No me parece un lugar muy íntimo y no da.

Y directamente, busqué mi cartera y me fui. Definitivamente era un idiota o todo le daba igual, pero a mí no. Me fui hasta la calle, paré un taxi y me volví al hotel, cada vez más enojada con la situación y sin entender demasiado porqué…

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