Archivo de la etiqueta: Llorar

Neeeext…

Agosto-Septiembre de 2013

Obviamente no me iba a quedar de brazos cruzados llorando por nadie que no mereciera una lágrima mía (ni de nadie). Tenía pensado empezar a salir y disfrutar de la vida y si no era con el Moro iba a ser con algún otro. Así que seguí chateando. De paso me mantenía distraída y con la atención puesta en el celular más que con lo que pasaba en mi casa, dónde la convivencia se tornaba algo cada vez más insoportable. Un día apareció Richard. Un abogado que decía tener 45 añitos, Rubio, canoso y con unos ojos verdes más que interesantes. Después de un par de buenas charlas quedamos en vernos el fin de semana siguiente. Yo había quedado en encontrarme con dos amigas en el Botánico y el señor se ofreció a pasar a buscarme por ahí más tarde.

Y así fue. Me junté con las amigas, charlamos, despotricamos contra los hombres como siempre hacemos cuando nos encontramos y cuando empezaba a bajar el sol nos sentamos a tomar un café en el bar que está justo enfrente. Le mandé un mensaje para avisarle dónde estaba y un rato después, cuando mis amigas ya estaban por irse me manda un mensaje.

Estoy llegando, es un auto negro.

Nos quedamos mirando y de golpe aparece un auto negro impresionante. Yo no se nada de autos, pero éste de lejos se notaba que no era un autito cualquiera. Saludo a mis amigas y con un poco de nervios me acerco a su auto. No estoy acostumbrada a subirme al auto de un tipo que no conozco y la verdad es que me da un poco de miedito. Pero me hago la valiente y subo. Nos saludamos. Es un tipo agradable, elegante, pero parece tener diez o quince años más que el de la foto que vi en su perfil. Y mi cabeza no para. Pienso. Yo tengo 34, el dice tener 45, pero ¿será verdad? ¿O se le habrán caído algunos por el camino? ¿Y si tuviera diez más de los que dice? Es casi la edad que tiene mi papá….

Arranca el auto y vamos a tomar algo en un bar de Palermo. Tenemos una charla muy agradable a pesar de que yo estoy algo nerviosa. Me cuenta de sus viajes, de su hija, de su trabajo. Yo le cuento algunas cosas también. Y lo escucho contar sus viajes por el mundo, sus gustos caros, sus insinuaciones de cómo le gusta agasajar a la mujer que está con él mientras me mira fijo… y pienso -puta madre, porqué no me podré sentir atraída por un tipo así alguna vez….

(des) Moro (nada) …IV

Agosto de 2013.

Siguieron unos cuantos mensajes en los que intentamos ponernos de acuerdo, pero era al pedo. Parecía que hablábamos dos idiomas diferentes. Yo intentaba explicarle que no iba a ir a su casa porque no lo conocía, que me parecía bastante cómoda su postura y que de última yo iba a ir a su casa cuando estuviera segura de lo que quería hacer, y no antes. Que invitarme a su casa para mi era casi, casi como citarme en el telo. El me decía que no era tan así, que por ir a su casa no estaba obligada a nada y que si yo quería cenaba y me iba. Pero no entendía que yo no lo conocía. Y que no iba a ir a su casa. Yo le decía que hagamos algo antes. Y que si nos daban ganas no iba a tener problema en ir a su casa. El se puso en cabezadura. Que no, que ya nos conocemos, que no es necesario.

Y así siguió la conversación un rato hasta que me harté, puteé, revoleé el teléfono, lloré. Si, como ustedes bien leen. Lloré. Me juré que no iba a llorar por el padre-de-mi-hijo y estaba llorando (de bronca) por un pelotudo que ni siquiera conocía. Así de chiflada estoy.

No le contesté más. Y no nos vimos.

No voy a ir a la casa de un tipo que no conozco.

Es el colmo de la comodidad y yo no soy el delivery del 0-800-Minita.

He dicho.

(des) Moro (nada) …II

Agosto de 2013

(ya pasó tanto?)

Subí a su auto con algo de desconfianza. Hacía siglos que no salía con nadie y resonaba aún en mi cabeza aquel cuentito de “no te subas al auto de un desconocido” pero en el fondo ya no me importaba. Al fin y al cabo ¿Qué podía pasar?

El Moro empezó a dar vueltas por el barrio, que yo aún no conocía tanto. Manejó unas cuadras para un lado, unas cuadras para el otro. Dimos vueltas, charlamos, escuchamos música. Era agradable. Me sentía cómoda con él aunque apenas lo conociera. Después de unas cuantas vueltas finalmente estacionó a la vuelta de mi casa.

Nos miramos.

Se acercó muy lentamente, olió mi perfume.

Y me dió un beso suave y dulce, de esos que hacía tanto que no me daban.

Era una sensación tan agradable…

Me dejé llevar, me relajé. Me perdí en ese beso que era casi casi lo que estaba necesitando. Pero no pude evitarlo, las lágrimas vinieron corriendo al encuentro, aunque nadie quisiera encontrarlas en ese preciso momento. Me las tragué como pude, pero ya no pude seguir.

Para disimular un poco lo que me estaba pasando lo abracé. Me quedé un rato con la cabeza apoyada en su hombro, pensando. O tratando de pensar. En realidad mi cabeza era una licuadora de pensamientos, recuerdos, sensaciones agradables y angustias todo mezclado.

Seguimos un rato mas así, besandonos por momentos apasionadamente, por momentos yo me separaba para tomar aire y no largar toda la angustia que me comía por dentro.

Hasta que El Moro, en uno de esos besos cada vez más intensos que nos dejaban sin aliento preguntó

-¿Querés que vayamos a otro lado?

Quería. Si quería. Pero a la vez no quería. No era el momento. Era mucho, demasiado para un solo día.

-Me parece que es mucho para hoy. Si querés lo dejamos para la próxima… ¿querés que nos veamos la semana que viene?

-Si te pones ese perfume y me besas así, ningún problema…

Dijo, y me bajé. Entré al edificio, temblando. Lloré como una estúpida en el ascensor. Me quedé parada en la puerta de mi casa con la llave en la mano pensando cómo hacer para entrar y verlo a él.

Hasta que finalmente respiré hondo y abrí la puerta.

Lo encontré, como era esperable sentado frente al televisor.

Y ahi dije la frase más estúpida que podría haber dicho en ese momento. Me permití una última debilidad.

-¿Me podés dar un abrazo?

Le pedí. El sin preguntar nada se acercó y me abrazó. Y lloré, lloré y lloré. Lloré a lágrima viva, lloré a chorros. Dejé salir todas las lágrimas que tenía atragantadas. Y me fui a dormir llorando.

(des) Moro (nada)

Agosto de 2013.

Me metí en la ducha y lloré mientras el ruido del agua que caía me amparaba. Salí tragándome las lagrimas y me vestí como pude. Hacía milenios que no salía con nadie y no tenía la más mínima idea de cómo había que vestirse para salir en pleno invierno. Me puse algo que me pareció medianamente decente, me perfumé, me peiné y salí rumbo al bar de la esquina. Llegué bastante antes de la hora que habíamos acordado. Me senté, pedí un café y mientras lo tomaba y ojeaba el reloj me preguntaba ¿Qué carajo hago acá? A lo que rápidamente me respondía -Salir de ahí. En mi casa el aire era irrespirable y yo definitivamente necesitaba una bocanada de aire fresco. O pensar en otra cosa o como carajo quieran llamarlo.

El Moro llegó relativamente puntual, vestido de negro, con lentes oscuros y una gorra, que se sacó apenas llegó hasta la mesa. Era tal cual lo había visto en sus fotos. Un tipo común, flaco alto, con la cabeza rapada y una cara que no era ni fea ni hermosa.

Nos saludamos y me preguntó

-Me vas a contar que pasó que te decidiste a encontrarnos así de un día para el otro?

Lo dudé un poco antes de responderle, porque no me parecía que era el tema apropiado para hablar en una primera salida, pero siendo un poco sincera conmigo misma, no creía que pudiera hablar de otra cosa en ese momento. Apreté la garganta para no llorar, y como pude le conté los eventos de ese mismo día. Él escuchó respetuosamente intercalando algunas preguntas de vez en cuando hasta que terminé de contar.

-O sea que ésta es una cita por despecho? -Preguntó a continuación

-No… no… lo sé -dije -Si fuera así… ¿Te molestaría?

-No -dijo riendo -Sólo quería saberlo

Seguimos hablando un rato más, de otras cosas. Me contó de su hija, algo de su vida, yo le conté algunas cosas de la mía. Terminamos nuestros cafés y pedimos otros mientras seguíamos hablando. Era agradable pensar en otras cosas por un rato que no fueran las miserias de mi historia, aunque no podía dejar de tenerlas presentes a modo de nudo en la garganta. Un rato más tarde salimos y el aire frío en la cara fue una sensación muy interesante. Caminamos un poco hasta que llegamos a su auto y me invitó a subir.

Lo dudé…