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… y final.

Agosto de 2013.

No sé si puedo reproducir lo que pasó después. No porque fuera nada extraordinario, pero fue tan duro, tan doloroso, que ya no puedo (o no quiero) recordarlo. Lo poco que recuerdo es que llegó, se sentó enfrente mío. Hablamos. Yo con pocas palabras, apretando los dientes, con cuatro nudos en la garganta. Tratando de no llorar, de no gritar, de no putear. Hablamos. Me contó que estaba viéndose con alguien. Me dijo que hacía poco tiempo, a lo sumo un mes. No le creí. Ni importó. Me dijo que la conoció en una de las marchas a las que él siempre iba con su grupito político. Que estuvieron en contacto, que hace poco empezaron a verse. No dijo más, no pregunté mas, no quería saber. Tragándome mi orgullo decidí darle una oportunidad.

Una.

Pregunté

-¿Estás SEGURO?

-¿De qué?

-De ésto. De que por ésto vale la pena perder una familia. Mirá que de acá no hay vuelta atrás…

-No lo sé…

-Te lo voy a preguntar una vez más… ¿Vos estás seguro?

–         …       no…    …no lo sé…

Dijo, tras un largo silencio pensativo.

-Para mí es suficiente respuesta.

Le contesté, y para mí ése fue el final.

No estaba arrepentido, no se había equivocado, no pedía perdón. No había nada que perdonar. Tampoco se si hubiera podido, o querido… Estaba enojada, dolida, furiosa. Pero era un final. Al menos un explicación.

Le pedí que no se fuera todavía, que se quedara un tiempo hasta que nos organizáramos bien. Con los horarios, con el nene. Todavía sentía que no podía sola. No de un día para el otro al menos. No quería idas y venidas, quería poner las cosas en orden porque cuando se fuera iba a ser definitivo.

-Ah… eso sí. No te creas que sos el único que tiene derecho a salir… Ahora nos vamos a turnar. Si vos salís una semana, yo salgo la otra. ¿O te crees que soy tu baby sitter para que salgas de joda? De ahora en más nos turnamos.

Y ahora… te vas a quedar cuidando al nene porque yo me doy una ducha y voy a salir…

Le largué mientras le mandaba un mensaje al Moro preguntándole si quería ir a tomar un café…

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Triste, Solitario…

Agosto de 2013.

-¿De verdad estás en lo de Franco?

Decía mi mensaje. Su respuesta no se hizo esperar.

-Si… ¿Por?

-Ya lo sé. Encontré algo… ¿De verdad estás en lo de Franco?

-…no.

-Vení a casa. Tenemos que hablar.

Dije, con el corazón latiendo a milquinientos por hora.

Y esperé, esperé y esperé. Algo. Una respuesta.

Hasta que finalmente apareció, después de cinco o diez larguísimos minutos.

-Voy. Estoy lejos, voy a demorar un poco. Si querés hago un bolso y me voy.

-No. Primero quiero que hablemos.

Volver… (III)

Julio / Agosto  de 2013

Mis días pasaban de charla en charla en Badoo, de pelea en pelea con él, de llanto en llanto cuando tenía un rato a solas, entre el nene y el trabajo. Esos ratitos de charla irrelevante (o no tanto) con desconocidos eran lo único que me desconectaba de mi espantosa realidad. Mis días por esa época eran básicamente levantarme, llevar a mi hijo al jardín, previa discusión matutina, limpiar, ordenar, trabajar, ir a buscar a mi hijo al jardín, romperme la cabeza para pagar las cuentas, volverme loca para conseguir más trabajo, discutir con él que a todo esto estaba tirado mirando series en la compu, seguir trabajando, lavarme la cara para que no se note que estuve llorando, disimular.

Una mierda, bah.

Lo peor de todo es que no lograba entender. No lograba entender porqué él que hasta hace unos meses me decía que me amaba de un día para el otro dejó de hacerlo. No lograba entender porqué eran tan vagas sus respuestas a mis preguntas, porqué no se acercaba, porque no lo intentaba, porque no…

Supuse que tal vez estaba deprimido. Hacía rato que estaba sin trabajar, lo veía mucho tirado, mucho de mal humor. Le sugerí que empezara terapia. Incluso le conseguí una colega que se ofreció a atenderlo gratis en un hospital público sin que tuviera que esperar meses por un turno.

-Sí, en la semana la llamo…

Dijo, y nunca llamó.

-No me rompas las pelotas…

Fue la única respuesta que obtuvo mi inútil insistencia.

Estaba completamente desorientada.

Pero también seguía enojada, dolida, cansada, frustrada. Una combinación altamente explosiva.

Uno de esos días, como en una charla casual, me dijo

-Éste sábado es el cumple de Franco, hace un asado en la casa. Imagino que no vas a querer venir…

-No…

Le contesté inocentemente. Su amigo Franco me resulta, (perdón por la redundancia) francamente desagradable. Un Cheto insoportable, egocéntrico como él solo capaz de estar hablando un rato largo de cuánto gastó en ésto o aquello o de sus viajes por el mundo. Capaz de estar horas lloriqueando porque una minita no le dio bola y absolutamente borrado cuando se engancha con una nueva. No me lo fumaba, y él lo sabía.

En ese momento no me dí cuenta, pero algo me empezaba a picar…

algo… algo… no me cerraba…