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Un cuento triste.

Érase una vez una bella princesa que vivía recluída en lo alto de una alta torre en un viejo castillo… Bueno, en realidad no era ni tan bella, ni tan princesa, era una mujer hecha y derecha, con sus miles de defectos y algunas virtudes, pero con varias ideas propias. Y en realidad no era una torre ni un castillo… pero a los efectos de éste cuento haremos algunas licencias poéticas.

Érase una vez, una bella princesa que vivía encerrada en lo alto de una alta torre. La princesa se había cortado su largo pelo por miedo a que algún príncipe descarado osase treparse por su ventana. Hacía largo rato que ya no le interesaban los príncipes. Al fin y al cabo ¿qué merito tiene un príncipe más que haber nacido en cunita de oro y calzar elegantes trajes y bellas sonrisas? No, hace rato que no soñaba con príncipes valientes, sino con caballeros trabajadores y responsables (lo cual al fin y al cabo resulta más complicado que soñar con unicornios multicolores…)

Bueno, entonces… Érase una vez una princesa que vivía encerrada en lo alto de una torre, con su pelo bien corto, por las dudas, y con su corazón bien guardado en una cajita de cristal. Después de algunos golpes, moretones y raspones, había decidido resguardarlo lejos de la mirada de los incautos, y en el fondo del freezer para que se conservase mejor.

Resumiendo: Érase una vez una princesa que vivía en lo alto de una torre, con su pelo bien corto y su corazón bien guardado en una cajita de cristal en el freezer. Pero con wifi, por las dudas. Sucedió que un día, llegó a su puerta, o a su ventana, o a su pantalla, un esbelto y alto caballero, con una hermosa sonrisa que la dejó un poco atontada, como no podía ser de otra manera. O muy atontada. Tanto que a fuerza de mensajes, llamados telefónicos, palabras lindas y encuentros, la convenció de sacar su ajado corazón del freezer, y abrir la cajita de cristal. La princesa primero intentó resistirse a sus encantos, pero el caballero se lo tomaba como un desafío, e insistía con sus gestos. Mientras tanto el helado corazón de la princesa empezaba a derretirse, lentamente.

Érase una vez una tonta princesa, que se hacía la fría y la mala, pero que se dejó convencer por un apuesto y alto caballero de sacar su corazón del freezer antes de tiempo. Ella sabía que se estaba apurando, pero sabía también que no podía evitarlo. Hacía tanto que no sentía su corazón latir dentro de su pecho que… le resultaba tan tentador soñar un poco…

Érase una vez una tonta princesa que recordó rápidamente porqué había guardado su corazón en una cajita de cristal en el freezer. Recordó prontamente que muchos caballeros aman los desafíos, y cuanto más alta sea la torre en la que se encierra la princesa, y más frío esté su corazón, más se empecinan en descongelarlo con palabras dulces y tiernos abrazos, pero más velozmente se aburren cuando lo encuentran al alcance de su mano y a temperatura ambiente.

Érase una vez una tonta y triste princesa que volvió a guardar su maltrecho corazón en una cajita de cristal y bien al fondo del freezer, mientras mojaba el piso de su torre con dos o tres lágrimas congeladas, jurándose no volver a sacarlo de ahí por un largo tiempo (y deseando que no fuera cierto).

Fin.

 

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