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Reencuentros

 

Freud dice que el encuentro con el Objeto, el Objeto de Deseo, el Objeto de Amor, es siempre en el fondo un reencuentro. Una reedición de aquellas Primeras Experiencias de Satisfacción, de los primeros Amores. Por lo general los Psicoanalistas cuando hablamos de éstas cosas pensamos en el Edipo. “Siempre se vuelve al primer amor” dicen. Las primeras figuras de amor: Mamá, Papá. Pero las figuras son eso: figuras, funciones, espacios vacíos. Y por tanto son también intercambiables.

Pasé años y años de Diván tratando de entender QUÉ buscaba. Por qué siempre elegía hombres tan diferentes a Papá. Mi viejo, un tipo cabeza dura, laburador, un poco básico para algunas cosas. Inteligente pero con los pies muy sobre la tierra. Y sin embargo yo siempre me enganchaba con cualquiera que me vendiera un pedacito de nube y una excusa para volar. Primero un Músico, después un Cineasta, después un Escritor. Todos bohemios, soñadores, chamuyeros, infantiles, VAGOS.

Casi casi el opuesto a Papá.

El único rasgo de Mi Padre que siempre me resultó irresistible en los hombres son los ojos claros. Me puede un par de ojos claros, cuanto más expresivos mejor. Pero ¿Y el resto? ¿Qué es lo que busco? ¿Por qué tan perdida?

En el último tiempo sin análisis y en mis ratos de reflexión a solas empecé a pensar que yo elegía en Identificación a mi Padre. En vez de buscar un Hombre-como-él… era YO la que asumía ese rol. La que laburaba, producía, tenía los pies bien la tierra. Típico de la Histeria, diría algún colega Francés, asumir la posición Femenina en Identificación al Padre, al Hombre (con razón nuestra vida es un quilombo)… Pero y entonces ¿Qué busco? ¿A quién?

En estos últimos días, y en las charlas con un Caballero que me tiene algo atontada se me vino algo a la cabeza.

Y recién termino de hacer Clic.

Lo que se llamaría un Insight.

No es Papá. No es Mamá.

Es EL Hombre. Es EL Padre (de mi Madre). Aquel al cuál ella probablemente nunca soltó y no se canse nunca de llorar, aunque hace más de 30 años que ya no esté en éste mundo. Un tipo Excepcional. O excepcionalmente idealizado por ella, que es la que me transmitió lo que no es posible recordar. Él, que falleció a mis 4 años, del cual guardo apenas dos o tres recuerdos, probablemente encubridores. Él que era un Romántico total, un tipo culto, lector, conocedor de las letras, la filosofía, el arte, la historia. Él que me hacía escuchar a Vivaldi o sentarme durante horas a mirar bien de cerca las rosas para aprender a apreciar la belleza, o se pasaba tardes enteras contándome cuentos. Eso es lo que busco. Ese abuelo que -según las palabras de mi madre- me adoraba. Su primer nieta, a sus 72 años, el amorcito de su vida, como decía él. Esta nena es tan linda y tan dulce -decía- que alguna vez va a hacer muy feliz a un hombre.

¿Cómo olvidarse de ésas palabras de las que, sin embargo, hasta hace unos días no me acordaba?

Ilegalmente triste.

Mañana es el Día de la Madre, día en el que, salvo que hayas perdido recientemente a tu madre, no está permitido ponerse triste. Mi Madre está viva y goza de buena salud. No tengo “motivos” para estar triste. Pero como a mi me chupa un huevo lo que piense el resto del mundo lo digo igual.

El día de la Madre me pone triste.

       JÓDANSE.

Y si les molesta no sigan leyendo.

Si les interesa les cuento porqué.

Tengo recuerdos. Muchos recuerdos. De muchos Días de la Madre. Recuerdo levantarnos temprano con mi Papá y mi Hermana. Luego con mi Papá y mis dos Hermanas. Mientras Mamá dormía, en voz baja y cuchicheando preparar un buen desayuno, con bandeja para comer en la cama. Con la complicidad y la alegría de preparar una sorpresa, de agasajar a alguien querido. Recuerdo a Papá salir despacito a comprar medialunas. O Flores. O las dos cosas. Recuerdo ir caminando los tres o los cuatro, entre risitas ahogadas y cuchicheos, llevando la bandeja, las flores, el regalo. Recuerdo despertar a Mamá con el desayuno en la cama, las flores y el regalo cantando todos a coro

Felíz Día, Mamaaaaaa, Feliz Diiiiiaaaa mamaaaaaaaaaa, Feliz Diiiiiiiaaa, Feliz Diiiiiaaaaa, Feliz Diiiiaaa Mamaaaaaaaaa

Son recuerdos felices, cálidos y alegres. Mucho antes de las peleas y los gritos, mucho antes de que mis padres se separan. Todo eso tan lindo y tan pegado en mi memoria al “Día de la Madre”, eso que me gustaría experimentar, al menos una vez en la vida.

Eso que SE BIEN que NUNCA me va a pasar.

Déjenme estar triste en paz.

Y no me jodan.