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25. Que las hay, las hay…

-Contame… -le dije intrigada.

-Una tarde hace una semana o dos, estaba caminando por París. Recién había salido de un museo y venía paseando. En eso se me acercó un hindú, con turbante y todo. Se me quedó mirando muy fijo y después empezó a hablar… Me dijo:

-Tu cuerpo duerme de noche, pero tu mente no descansa.

-Decime algo que yo no sepa…

Le contesté, pero siguió hablando

-Vas a vivir muchos años. El dinero va a ir y venir, pero nunca te va a faltar…

Siguió mirandome, mientras yo me quedaba en silencio, un tanto desconfiado y agregó

-Tenés el corazón frío. Pero todo eso va a cambiar el mes próximo. Tu vida va a dar un vuelco.

Yo estaba sorprendido porque algunas de las cosas que dijo eran tal cual… pero seguía desconfiando un poco. Entonces me puso un papelito doblado en cuatro en la mano y me dijo:

-Todavía no lo abras. Decí una flor.

-Tulipanes

Contesté sin pensar demasiado. Me pidió que abriera el papelito y lo leí. Estaba anotado mi nombre exacto increiblemente, bien escrito, siempre tengo que deletrearlo, mi fecha de nacimiento y abajo decía “Tulipanes”. ¡No lo podía creer! Miré para todos lados para ver si era un joda, pero no…

-Qué raro! ¿Y qué más pasó? -le pregunté, muerta de curiosidad.

-Nada más. Me pidió unos Euros pero no tenía. Así que me dijo que nos íbamos a volver a encontrar y si lo que me dijo era verdad, yo lo iba a invitar un almuerzo.

-Si lo que me dijiste es cierto, te invito dos. -le contesté.

-¡No te lo puedo creer! Qué escena tan rara… ¿y vos pensas qué…?

No pude terminar de formular la pregunta.

-Y… el mes próximo empieza en unos días…

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108. Volviendo a la rutina

Domingo 24 de febrero de 2008

Se habían acabado las vacaciones, eso era todo. Después de dormir un par de horas nos levantamos, desayunamos y armamos los bolsitos. El día estaba lindo así que nos fuimos para la playa, nuestro micro salía a la tarde. Les conté toda la aventura de la noche anterior, que no había resultado tal como la imaginaba. Igual seguía pensando en esos ojitos verdes. Hacía un tiempo que venía rondandome la idea de que un hombre casado era lo mejor que podía conseguir: No me iba a volver loca, ni a hacer escenitas de celos, para eso tenía a la otra. Conmigo solo sexo y pasarla bien, una vez cada tanto. La idea sonaba bien, era una fantasía interesante. Total enamorarme no estaba en mis planes. Ya me estaba dando miedo que cada vez que me enamoraba de alguien terminaba siendo un idiota o un enfermito. Pero las dudas rondaban mi cabeza. ¿Qué onda este flaco? No me había dado su número, ¿Me llamaría? No me quedaba otra que esperar. Respecto al sexo… sólo pensaba que podía mejorar, y mis amigas estaban de acuerdo en eso. En la playa nos encontramos con Toto y Ricardo, que seguían intentando levantarse a La Colo y la Morocha, pero esta vez traían refuerzos. Estaba el hermano de alguno de ellos, un flaco musculoso y de pelo largo, que se la pasó toda la tarde mostrando lo marcaditos que tenía los abdominales y contando que era profe de gimnasia (como si a mi me importara… Yo había empezado el profesorado en algun momento y lo había dejado poco antes de recibirme, conozco el ambiente y no me tienta!). Tenía novia además, pero no parecía importarle demasiado. O sí, no sé. Porque lo que es yo, no le di ni bola, pobre flaco. Mi cabeza rondaba entre El Rey Leon, y El Cacho de Carne. La cercanía a la vuelta a Buenos Aires me había recordado mi promesa de llamarlo a la vuelta. Pero él no había respondido mi mensaje en casi diez largos días. ¿Qué tenía que hacer? ¿Llamar o no llamar? Dudas y más dudas. Me daba tanta bronca llamarlo, pero sabía que iba a terminar haciéndolo. Finalmente Toto y Ricardo, jugando a los noviecitos con mis amigas nos pasaron a buscar con el auto por el hotel, cargaron los bolsitos y nos dejaron en la estación. Nunca me cayeron del todo bien, pero debo confesar que se portaron como dos caballeros. Subimos al micro rumbo a Baires y al fin de nuestras vacaciones. La habíamos pasado muy bien juntas y se había empezado a afianzar lo que sería una larga amistad. Fue un viaje largo, y como suele pasar no me pude dormir. Tenía muy pocas ganas de volver a mis actividades laborales rutinarias y muchas dudas en la cabeza, pero ya las resolvería en el transcurso de esa semana. En el medio del viaje, ahora recuerdo, pasó algo muy raro. Mientras todos dormían, ya tarde a la noche, dos señoras al otro lado del pasillo hablaban y hablaban mirando unas fotos. En un momento una de ellas se acerca y me muestra una foto, y me dice:

-Mirá esta foto, las sacamos con un celular, ¿Vos que ves acá?

-Hay dos personas de frente, y una medio de espaldas entre los dos, con capucha…

Era un figura blanca medio borrosa que se veía en el medio…

-¿Viste?? Nosotras vemos algo parecido, pero ahí solo estaban mi nieta y su marido, será un fantasma?

-Que raro… ¿La habrán revelado mal?

Fue lo único que atiné a decir, y preferí no decir más nada. Yo no creo en esas cosas…

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107. El Rey Leon (3)

Advertencia: no apto para menores…

Estábamos en el estacionamiento del boliche, sin un solo auto alrededor. Estaba muy oscuro todavía, serían las cuatro y algo de la madrugada. Nos acomodamos en el asiento de atrás y empezamos a besarnos y a tocarnos con mucha intensidad: teníamos algo pendiente de la noche anterior. Me saqué las sandalias de taco alto que tenía y las revoleé por ahí, junto con mi cartera, de la cual solo saqué un preservativo y se lo dí. Lentamente le abrí el cierre del pantalón y me agaché. Empecé a chupársela mientras él me quitaba parte de la ropa. Las cosas estaban un tanto complicadas porque él tenía una rodilla lastimada y casi no podía flexionar la pierna, y en un auto no da para sacarse toda la ropa. Así que nos acomodamos como pudimos, así a medio vestir. Yo me flexioné hacia adelante, en el espacio entre los dos asientos delanteros apoyandome como podía y el empezó a penetrarme por atrás, todavía medio sentado, obviamente, después de ponerse el preservativo. Se movía como podía, un tanto descoordinadamente, pero cada vez con mayor intensidad, hasta que en pocos minutos acabó. No estaba mal, pero tampoco era maravilloso y debo decir que fue bastante más breve de lo que me esperaba. La noche anterior había sido más prometedora. Apenas terminó empezó a vestirse nuevamente, así que yo hice lo mismo, juntando mis pantalones y mis zapatos que estaba desparramados por todo el auto. En cuanto terminó me dió un beso y dijo:

-¿Vamos?

Le contesté que sí, bastante desilusionada de que eso fuera todo. Pero suponiendo que en una situación más cómoda las cosas podían ser mejores. O al menos eso quería creer. Me llevó hasta la avenida y abrió la puerta para que me subiera en uno de los remises que esperaban en la puerta del boliche. Me dió un beso y dijo:

-Hablamos.

Le contesté que sí, aunque sabía que finalmente no me había dado su teléfono supongo que por temor a que una llamada mía lo metiera en problemas. Así que tendría que esperar un llamado de él. Me bajé del auto, con una sensación agridulce en la garganta. A veces no sé qué es peor, si desilusionarse o quedarse con las dudas. Pero veamos los aspectos positivos: la noche anterior me había quedado con las ganas, al menos me había sacado de encima esa sensación. Y por otra parte a mis 29 años, nunca lo había hecho en un auto, ¡siempre hay una primera vez! Había conseguido lo que creía que quería, pero ¿Estaba satisfecha? A decir verdad las cosas no habían resultado tal como esperaba, y lo más probable era que nunca me llamara, para comprobar si de alguna manera podía ser mejor. Con esa sensación ambigua en el pecho me subí al taxi y me fui al hotel, a dormir un par de horitas antes de levantarme para armar el bolsito y partir, esta vez de vuelta a Buenos Aires y la rutina de todos los días…

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106. El Rey Leon (2)

Entramos al salón principal del boliche, donde había conocido al Rey Leon la noche anterior. Lo busqué por todos lados, pero no lo vi. Nos quedamos bailando por ahí un rato, pero seguía sin aparecer, y como era temprano, la música que pasaban era medio horrible, pura música electrónica. Salimos al patio central y entramos a otro salón, que tenía un restoran, y después de cenar se armaba para bailar. Había poca gente ahí, pero la música era más divertida. Nos quedamos bailando ahí. Y ahí lo ví, tomando algo con sus amigos a unos pocos pasos. Lo ví, me vió, pero no dijo nada, ni se acercó. Yo tampoco lo hice, solo le sostenía la mirada y seguía bailando. Bailé con algún pesado que andaba cargoseando por ahí, mientras él me miraba, fijamente. Yo no entendía mucho qué pasaba, pero sabía que estaba ahí, mirando, así que esperé. Al rato vino a saludarme y me dio un beso en la mejilla. -Qué raro…- pensé. Pero bailamos juntos un rato, mientras sus amigos daban vueltas por ahí. Mientras bailaba me dijo al oído:

-Nos vemos más tarde en la pista, mis amigos van para allá.

Y se fue. Me quedé medio perpleja, pero no me quedaba otra que seguirle el juego. Nos quedamos bailando un rato por ahí, y luego le pedí a La Colo y La Morocha que me acompañaran de nuevo a la pista central. Ahí estaba él, bailando cerca del lugar de la noche anterior. Nos quedamos bailando cerquita, y de vuelta, miraba, pero no se acercaba. Yo ya no entendía nada. Un rato más tarde sus amigos se fueron a comprar algo para tomar y él se acercó, y me dijo:

-Perdoname, pero estoy con mi cuñado acá, vino hoy… en cuanto pueda zafar te busco.

Y volvió a irse. Y ahí entendí todo. No quedaba otra que esperar. Que mierda esto de la clandestinidad, pero no pensaba perderme esos ojazos verdísimos por ese detallito, en fin. Un rato más tarde me agarró de la mano y me llevó para afuera.

-Ya se fue a dormir, por suerte.

Dijo, y me encajó un beso que me dejó sin aliento.

-¿Dónde vamos?

Preguntó. Yo esa noche me había puesto un par de preservativos en la cartera, para evitar el problemita de la noche anterior. Pero no tenía ni la menor idea de cómo resolver el problemita del lugar.

-Ni idea, ¿qué se te ocurre?

Le pregunté.

-Vos seguime…

Dijo, y volvió a llevarme hacia el camping, pero esta vez con las llaves de la camioneta en la mano. Subimos al auto, arrancó, puso algo de música y empezó a manejar. Dió un par de vueltas hasta que llegó al estacionamiento del boliche, que estaba bastante vacío, y muy oscuro. Todavía no amanecía y la camioneta tenía vidrios polarizados…

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105. El Rey Leon

Sábado 23 de febrero de 2008

Me tiré a dormir una horita y ya había que levantarse a hacer los bolsos. Era nuestro último día en el hotel, aunque habíamos decidido quedarnos hasta el domingo para aprovechar el fin de semana. Así que hicimos el bolsito y nos mudamos a un hotelito a 2 cuadras que habíamos reservado por esa noche. Desayunamos después de armar los bolsos y caminamos las dos cuadras, hasta el otro hotel. Era un hotel barato, pero tolerable, aunque los colchones dejaban mucho que desear. Apenas llegamos al hotel, lo primero que hice fue meterme en la cama. Estaba muerta de cansancio y el día estaba horrible, nublado y con pinta de largarse a llover en cualquier momento, así que me metí abajo de las sábanas y ahí me quedé hasta la tarde, por primera vez en todas las vacaciones. La Colo y La Morocha se habían ido al centro a comprar alfajores. Cuando volvieron, les conté toda la historia del Rey Leon, con una sensación muy ambigua en el pecho. Por algún motivo, creía que éramos una especie de alma gemela, estaba totalmente embobada con sus ojos verdísimos y con la afinidad que creía que teníamos. Por otro lado recordaba que era casado y que me había pedido mi número pero no me había dado el suyo, con lo cual, existía la posibilidad de que desapareciera de golpe y sin avisar.

-No seas boluda, nena, seguro lo vas a ver hoy a la noche…

Me decían mis amigas, y yo les contestaba que sí, pero tenía algunas dudas. Supongo que todavía me duraba la inseguridad despertada de un largo letargo por la escenita con el rubio y los recuerdos posteriores. La Colo y La Morocha me pusieron al día de sus aventuras de la noche anterior. La Colo había terminado con el pendejo en alguna habitación del hotel, pasandola bien. Se pasaron los teléfonos pero el pendejo vivía en el sur, por lo cual, la historia quedó ahí. La Morocha…  había tomado de más, y no se acordaba de lo que había pasado, así que estuvimos riendonos gran parte del día conjeturando que pudo haber sucedido. Por ahora me reservo de contar cómo la encontré aquella noche, ya veremos si ella se anima a contarlo… Nos duchamos y nos cambiamos para salir. Era la ultima noche de vacaciones teníamos que aprovecharla, además con la excusa de la carrera de golpe la costa se había superpoblado de hombres, y esa era un oportunidad que no podíamos dejar pasar así nomás. Cenamos en el centro y nos fuimos a tomar algo, y más tarde al boliche. Llegamos temprano pero ya había bastante gente…

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104. Ella baila sola (3)

Salimos del boliche de la mano, ante la mirada atónica de Juanjo, que me vio entrar sola y de mal humor. No me importó nada. Seguimos caminando y justo al lado del boliche estaba la entrada de un camping. Estaba a punto de amanecer. Caminamos hasta donde estaban acampando El Rey Leon y sus amigos, entre los arbolitos. Eran varios en dos carpas y había una camioneta estacionada cerca de la entrada de las carpas. Me quedé ahí esperandolo mientras el chequeaba cual era la situación, esperando que alguna de las dos estuviese desocupada. Aunque la experiencia de tener sexo con un desconocido en una carpa, mientras sus amigos estaban en la otra, justo al lado, no me parecía demasiado tentadora. Volvió al rato contándome que los amigos ya estaban dormidos,  las dos carpas estaban ocupadas y no tenía la llave de la camioneta. Nos dimos unos besos ahí, apoyados sobre la camioneta, amparados en la media luz. Todavía no terminaba de amanecer. Los besos se fueron poniendo cada vez más intensos y algunas manos se iban deslizando por aquí y por allá. Le pregunté si tenía preservativos y me dijo que no. Yo tampoco tenía encima, y a partir de ese momento me hice una nota mental de no volver a salir sin al menos un preservativo en la cartera, aunque debo confesar que casi nunca lo cumplí. Puedo ser muy osada para algunas cosas, pero soy prudente: le dije que no. No parecía un lugar muy apropiado, pero aún así, sin un preservativo no me iba a dejar tocar ni un pelo: así no. Hay que cuidarse. Apenas lo conocía y lo poco que sabía de él era que era casado. No cerraba por ningun lado. Pero lo odié un poco, la verdad, me habían dado ganas, y la situación aventurera del camping era de alguna forma tentadora. Hubiera sido un broche de oro para terminar de una vez por todas con mi mal humor. Seguimos franeleando un poco contra la puerta de la camioneta, pero yo ya sabía que no iba a pasar. En cuanto terminó de amanecer le pregunté:

-¿Qué hacemos?

-Me muero de ganas de… -Me contestó.

-Si, yo también, pero así no. -le dije-  ¿Querés que nos veamos mañana?

-Dale, pasame tu teléfono

lo anotó en su celular, y me acompañó hasta la avenida, donde me tomé un taxi para ir hasta el hotel. Quedamos en vernos a la noche siguiente en el mismo boliche, para terminar lo que habíamos empezado. No me dió su número, pero prometió avisarme si por algun motivo no podía ir. Me subí al taxi y me dejé llevar hasta el hotel. En cuanto entré a la habitación me encontré con La Morocha, totalmente dormida, y La Colo no estaba por ningún lado. Me imaginé que debía estar pasándola bien, y me acosté a dormir…

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103. Ella baila sola (2)

Bajé a bailar con él, y hablamos un rato mientras bailábamos. Seguía mirándome fijo con sus ojos verdísimos, y una sonrisa picarona. Me contó que tenía 33 años y que trabajaba en una empresa grande. Le pregunté si estaba ahí de vacaciones y me dijo que no, que había venido a la carrera, era fanático de las motos. Le pregunté entonces a dónde se había ido de vacaciones y me dijo:

-Estuve en Cariló unos días.

En pocos segundos mi cabeza empezó a trabajar. Cariló es un lugar muy familiar, tenés 33 años, dudo que te hayas ido con tus papás… entonces… lo que seguía era casi obvio.

-En familia, ¿no?

-Sí…

-Dudo que la familia sean papá y mamá, estás casado?

-…

-Estas casado… ok.

-Bueno, casado no… pero…

-Ok, se entiende. De última es problema tuyo, a mí no me importa…

Seguimos bailando y charlando de otros temas. Me contó que había tenido un accidente con su moto, y tenía la pierna lastimada, le costaba un poco bailar. Pero seguía haciendolo. Estaba parando con unos amigos en un camping cercano al boliche. Un rato más tarde me invitó a tomar algo. Le dije que sí, pero que fuéramos a la barra de afuera, que era más tranqui. Adentro hacía mucho calor. Nos sentamos a tomar algo afuera, mirando la luna. Él pidió una cerveza, yo un agua mineral. Y seguimos charlando. Teníamos mucha afinidad en algunas cosas. Hablamos de los signos, de características de personalidad, que teníamos muy en común. Y no se cómo terminamos hablando de gatos. Siempre me gustaron los gatos y ya dije que tengo uno tatuado en el homóplato derecho, se lo mostré y se rió.

-No te lo puedo creer, yo tengo una pantera tatuada en el mismo lugar, me encantan los felinos…

Dijo, y empezó a hablar de la personalidad de los felinos, casi me muero porque sentí que me leía el pensamiento

-Me encantan, son super inteligentes, muy independientes, sensuales…

Decía que se sentía identificado con la personalidad de los felinos, las mismas boludeces que yo a veces digo, los gatos y yo nos entendemos.

-De hecho, las iniciales de mi nombre son  R E Y, como el rey león

Dijo, y nos reimos bastante, su nombre no me gustaba mucho, así que a partir de ese momento le dije “gatito” o “rey leon” medio en broma. Cada vez me gustaba más, y odiaba más el hecho de que fuera casado, pero esa noche estaba solo, y yo no engañaba a nadie. A todo esto “el cacho de carne” nunca había contestado mi mensaje, asi que… libertad total.  Nos dimos unos cuantos besos y me seguía mirando con sus ojos verdísimos hasta que me dijo:

-¿Vamos?

El problema era a dónde. Yo estaba en una habitación de hotel con dos amigas, él en un camping con otros tres. Y encima tenía que levantarse tempranito para ir a la carrera. Pero me agarró de la manito y me dijo:

-Seguime…

Y no pude negarme…

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102. Ella baila sola

Viernes 22 de febrero de 2008

Llegué al centro caminando y de mal humor, aunque con cada paso el peso se iba alivianando. Me encontré con Juanjo, el RRPP del boliche y viajamos juntos, él preguntaba por La Colo. Era obvio que le gustaba, pero ella no le daba ni bola, salvo una noche que así, medio borracha, le dió un par de besos, pero después nada. Para ser sincera, debo decir que Juanjo era simpatiquísimo, pero bastante feito. Llegamos al boliche y estaba lleno. Era viernes y justo ese fin de semana había una carrera de motos, o algo así. Así que la costa de golpe se había llenado de hombres. Buenísimo. En cuanto escuché la musica mi mal humor empezó a ceder, lentamente. Estar solo en un boliche es raro, pero no necesariamente algo malo. Uno se siente todavía más libre. ¿A quién le puede importar lo que haga? Empecé a bailar,  descargando la mala onda de ese día raro. Al rato pusieron rock & roll, y cada vez me entusiasmaba más. Amo bailar, y he tomado clases de salsa, de tango y de rock en varias oportunidades. De golpe una mano: alguien me saca a bailar. Ni siquiera miré. Salí a bailar con un pendejo que se defendía bastante bien. No es fácil en un boliche toparse con gente que sabe bailar, pero cada tanto pasa. Bailamos un rato, y sin decir ni hola me encajó un beso. Le seguí el juego un rato, pero en pocos minutos empezaba a sentirme asfixiada, era demasiado, me abrazaba fuerte, me besaba con fuerza… ahhh. Quería escaparme. Lo alejé un poco y seguí bailando, mientras él empezó a hablar, sin parar. A preguntar y preguntar. Y contaba sus cosas. Yo casi ni lo escuchaba. Era pendejo y no estaba bueno, así que en cuanto me pidió el teléfono me fui sin decir ni chau. Por supuesto que un rato más tarde me encontró en la otra punta del boliche y empezó a pedirme explicaciones, qué porqué te fuiste así, porqué no me das bola, dame tu teléfono así nos vemos mañana y blablabla. No me dejó otra: tuve que ponerme en asquerosa:

-No flaco, gracias. No me interesa. No insistas.

Y me volví a ir. Al rato estaban poniendo salsa, y yo bailaba, ya con una sonrisa, al costado de la pista que estaba unos escalones más abajo, llena. En un momento veo una mano que sobresale de la pista con un vaso y me invita a tomar algo. Agradezco y digo que no. Esa noche no tenía ganas de tomar. Cuando miro para ese lado veo al dueño de esa mano, mirándome fijamente con unos inmensos ojos verdosos. Era alto, canoso, con una sonrisa hermosa. Volvió a hacerme un gesto con la mano para que bajara a bailar con él y así lo hice. Estuvimos un rato bailando y hablando. Bailaba bastante bien y era muy simpático. Y me miraba fijo con esos ojos verdes…

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101. Mal humor y recuerdos adolescentes (3)

Así que me fui a dormir, de madrugada, angustiada y de mal humor. Dormí un par de horitas nomás, hasta que sonó el despertador anunciando la hora de ir a desayunar, como todas las mañanas. Me levanté mejor pero con un humor ligeramente sombrío. El día transcurrió como todos los demás, playa, caminata, pileta a la tarde y luego volver a la playa. Después de tanto chamuyar con los pendejitos del hotel, esa noche finalmente, La Colo y La Morocha habían arreglado un encuentro en grupo. Después de la cena, nos íbamos a juntar, nosotras tres y ellos, que creo que eran tres o cuatro, en la playita frente al hotel, con una guitarra y bebidas. Así lo hicimos, juntamos unos pesos entre todos con los que ellos se ocuparon de comprar algunas bebidas, y nos sentamos todos en la playa, bajo la luz de la luna. Habían traído unas botellas de plástico cortadas en las que prepararon fernet en una y vodka mezclado con jugo de frutas en la otra. Creo que fue el vaso menos glamoroso en el que tomé en mi vida, pero bueno, cosas que pasan por juntarse con pendejos, no? Empezaron a tocar la guitarra y a cantar, canciones de esas que “sabemos todos”. Mis amigas por supuesto se prendieron y empezaron a cantar con ellos, mientras pasaban las bebidas. Yo empezaba a sentirme cada vez más incómoda con la situación. Por empezar hacía bastante frío, de noche en la playa con el culo en la arena helada. Por otro lado, eso de tomar de una botella cortada, con pendejos que ni sé quienes son, no me estaba gustando mucho, y el alcohol no me estaba pegando. Y por si fuera poco, esto de hacer fogón cantando cancioncitas me hacía morir de la verguenza, sobre todo porque yo, como viví mis adolescencia dentro de un táper, ni me sabía las letras. Y cantar en público era demasiado! Para peor La Colo y La Morocha estaba cada vez más borrachitas y poniendose cariñosas cada una con uno de los pendejitos, y yo empezaba a sentirme de más. Era casi como una regresión a mi adolescencia, con el recuerdo de esa sensación de estar viendo siempre la joda de los otros desde afuera. A cada instante que pasaba me sentía más incómoda, mientras mis amigas me preguntaba qué me pasaba, y yo les respondía que no se preocuparan. Pero en cuanto empezaron a los besos y a revolcarse con sus respectivos pendejos la cosa ya me superó. Así que me levanté y me fui, caminé hasta la puerta del hotel y me senté en uno de los bancos que había del lado de afuera. Habíamos quedado en ir a bailar después de la joda en la playa, pero ya veía que no iba a ser posible. Me quedé ahí sentada tratando de entender qué me pasaba, y de separar lo de la noche anterior, lo de ésta y mis recuerdos adolescentes. Todo se mezclaba. En eso se acerca otro de los pendejos y se sienta al lado mío, dándome charla. Le seguí el juego un rato pero me cansó, no tenía ganas de estar con nadie y menos con él. Subí a la habitación del hotel a cambiarme los zapatos, agarré mi cartera y caminé hasta el centro a tomarme el micrito que iba hacia el boliche, sola. Bailar era lo único que podía cambiarme el humor…

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100. Mal humor y recuerdos adolescentes (2)

Como venía contando, aquella madrugada del año noventa y pico, a mis escasos 16 (que parecían menos) volví caminando triste y sola hasta el departamento de mis viejos en la costa. Seguí triste durante gran parte de ese año, rememorando aquellos besos y su perfume, asociado a la vista del amanecer en el mar. La escena parecía cada vez más romántica en mi recuerdo. Pero era chica y no entendía nada. Simplemente no entendía qué había pasado. Solo muchos años más tarde pude comprender la escena completa, cuando recordé el diálogo que habíamos tenido en el balcón antes que se fuera para siempre. Era algo así:

Él:

-Sos muy linda…

Yo

-¿En serio?

Le preguntaba anonadada, mientras me ponía colorada. Era super tímida y además me sentía feísima con mis anteojitos de nerd.

Él:

-Sí, obvio. ¿Nunca te lo dijeron?

Yo

-No… jijiji

Le volvía a contestar mientras seguía poniendome colorada y tenía esa molesta risita nerviosa. Ahí apoyé mi cabeza contra su hombro y me relajé, olía tan bien…

Él:

-¿No querés que vayamos a la playa?

Yo

-¿A la playa? ¿Para qué?

Preguntaba yo en mi inocencia, sin comprender el motivo de su propuesta (que ahora me parece tan obvio). No entendía mucho, pero en aquella época decía que “no” con la misma facilidad que en el último año había aprendido a decir que “sí”, y además en su propuesta algo me olía mal…

Él:

-No sé, para estar juntos un rato… ¿Qué te parece?

Yo

-No. No me parece.

Le contesté, por supuesto él insistió un rato pensando que podría llegar a convencerme, pero soy bastante cabeza dura y la insistencia no es un buen recurso conmigo. Seguí diciéndole que no, seguramente con alguna excusa estúpida e infantil como “mis viejos no me dejan” o “no puedo volver tan tarde”. Por supuesto la escena siguió como ya todos sabemos. Me dió un par de besos más, y como yo seguía firme en mi postura me dijo algo así como:

-Esperame acá, voy a buscar a mis amigos y de paso busco un papel para anotar tu teléfono, ya vuelvo…

Y nunca volvió. Me fui a dormir bastante angustiada, después de este compartir este recuerdo con mis amigas, y pensando si todo mi acting de los últimos meses, de andar de flaco en flaco y dejándolos plantados cuando se me cantaba como si fueran objetos no sería una pequeña venganza mía contra tipos como ése de mi recuerdo adolescente. El Rubio solo me había hecho recordar, pero el enojo no era con él…

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